Floresta

Feryell

Debajo de los árboles descansan los pequeños jardines que bailan en compañía del tiempo; las pequeñas hojas mirando hacia el cielo despejado, que comienzan ascendiendo para después descender en la armonía de la naturaleza, ahí estáticas danzan en un espacio reducido bajo los altos árboles entre los climas templados. Las flores yacen descansando, durmiendo plácidas e inmóviles mientras la luz del Sol las arropa con terneza, libres del frío de una planta solitaria incapaz de abandonar su sitio, el lugar que comenzaron a nombrar como su hogar sin ser siquiera a cuestión de su propio mérito.
Las noches glaciales traen un recuerdo ineludible, y aunque el vasto conjunto de árboles no cubría del todo los rayos albos de la Luna, aquel jardín disfrutaba cada parte que estas le tocaban; mientras bailaba su danza inmóvil, al tiempo que los pétalos débiles de las flores se esfuerzan para cubrirse del aire gélido, las estrellas consiguen ver aquella unidad de flora reinando un fragmento de tierra en las sombra del tronco en su distintiva soledad.
Ahí, sin embargo, el vergel se sostenía de las raíces del árbol vecino. Sólo así podría sobrevivir, pues todavía tenía miedo de morir. Aún en su coreografía estática, las hojas junto a las flores se estremecen cada vez que el viento se apodera del seno de la atmósfera para expresar su furor, vehementes sus soples advierten el arribo de las nubes grises, aquellas que con pesar sollozan en nombre de la naturaleza y su devastación.
Y ahí, justo en ese conciso lugar, el pequeño jardín danza con fuerza, con más pasión, con más terror en su resplandor, más ágil y puro del que nunca en su vida inamovible pudo emprender. Solamente la incertidumbre y el amor cederían a ser parte de esos momentos para mezclarse en el visaje de sus movimientos agitados. Porque así el jardín, endeble y reducido, sentía que se movía hacia otra parte, un lugar donde no sólo los árboles reinaban los espacios verdosos en su imperio de troncos, sino también donde las luces refulgentes y débiles podrían tocarles, verles, acariciarles, notar su insignificante existencia.
Y esa... esa era su felicidad.
Sí...
Lo era.

"Feryell" significa Floresta.


Colaboración de Erubiel Beltrán

México
Ningún comentario