¿Dónde está Rita? 3
¿Dónde está Rita? 3

 

III/VI

El teléfono sonó más de diez veces mientras yo lanzaba desesperados S.O.S mentales para que atendiera. Cuando lo hizo, algo de su habitual serenidad se infiltró en mi calenturienta mollera:

-¿Diga?

-¡Antonia! Soy Ana, tu nieta preferida -esta broma perduraba desde mi niñez cuando me aludía así, siendo que soy su única nieta.

-¡Ana querida! Me dijo Belén que viajaste a Rosario y lo preocupada que está. Tené compasión de tu anciana abuela y llámala de vez en cuando para que no me persiga con sus delirios… -su voz clara y risueña no concordaba con su manifiesto reconocimiento de vejez.

-Abuela, cuando vuelva aclamaré tu juventud, pero en este momento necesito que me escuchés -le dije de un tirón.

-Contame -me invitó sin ambigüedad.

Traté de ser concisa y ordenada en el relato sin incluir mi juicio personal para que ella pudiera evaluar los acontecimientos objetivamente. Su buena memoria le permitió escucharme sin interrupciones. Cuando terminé de contarle el encuentro con Lidia, me tomé un respiro y esperé su opinión. Lo primero que dijo me desconcertó:

-¿Así que volviste a encontrar al amor de tu niñez?

-¿De qué hablás, Antonia? -modulé incómoda.

-De Leo. Pero ahora que me acuerdo, lo odiás -pausa- A ver si entendí. Hace dos semanas que Rita fue a Rosario a rendir materias de una carrera que no está cursando, nunca se comunicó con su padrastro, no apareció por casa de su padre, no se alojó en el hotel de siempre, estuvo acompañada de un hombre joven, hizo una amistad desacostumbrada y, lo más llamativo, le ocultó todo esto a su mejor amiga. ¿Voy bien? -el recuento había sido hecho rápida y acertadamente.

-Más que bien, Antonia. ¿Qué pensás?

-Lo que voy a decirte no te va a gustar. Lo de mejor amiga, corre por tu cuenta. Rita no se escapa de las generales de su madre que todo lo mide por conveniencia. Cuando le interesó tu amistad, la usó. Después, evidentemente, le convino el ocultamiento.
Yo trataba de digerir las crudas palabras de mi abuela. No podía aceptar la insensibilidad de Rita. Y si así fuera, ¿por qué no me previno? Eso fue lo que le dije:

-¿Por qué no me avisaste, abuela? -mi tono era de reproche.

-Porque no lo hubieras aceptado hasta este preciso instante. Algunas veces hay que golpearse contra las paredes para evitarlas. Pero no te apenes, que su conducta no depende de tus cualidades humanas que las tenés en abundancia, gracias al cielo -trató de confortarme.

Mis apreciaciones sobre la vida estaban siendo duramente cuestionadas. No había mejor amiga ni abuela colchón que me protegiera de las equivocaciones. Mi lengua yacía laxa despojada de la facultad de moverse, por lo que Antonia retomó la palabra:

-Anita… No sé en qué anda Rita, pero seguro que no hay motivo para alarmarse. No te conviene romper la conexión con la supuesta amiga hasta que te lleve hasta ella o compruebes que te mintió. Pero te encarezco que mañana no vayas sola. Pedile a Leo que te acompañe.

-¿Por qué a Leo y no a Juan? -le dije disgustada.

-Porque te vas a entender más con un joven que con un viejo, y porque si se presentan complicaciones está más calificado para defenderte.

-¡Escúchate como hablás! Pareciera que estoy sumergida en una serie policial… -le contesté sorprendida.

-Prométemelo. Y llámame tan pronto termine la reunión. ¡No me hagas rivalizar con mamá Belén! –pidió con una ansiedad desconocida en ella.

Reflexioné que lo que menos quería era intranquilizar a mi abuela, de modo que respondí:

-Está bien, Antonia. Iré con Leo y te volveré a llamar mañana –Hice una pausa- ¿Así que mi percepción de los afectos estaba totalmente distorsionada? –murmuré afligida.

-¡Con respecto a Rita solamente, corazón! No hay nada que pueda cambiar el amor que tu madre y yo te tenemos – declaró con fanatismo.

-Te creo, abuela. Yo las amo de igual manera. Te mando un beso y mañana te hablo. ¡Ah! Si le vas a decir algo a mamá, evítate problemas –le advertí.

-Déjalo por mi cuenta. Y cuídate, tesoro.

Colgué y una nueva Ana salió de la cabina. Estaba tan triste como si mi mejor amiga hubiera muerto. Pero no cejaría hasta encontrar su tumba, me comprometí. Era tiempo de volver con padre e hijo conque subí a un taxi y fui a buscarlos. Mi rostro melancólico impresionó a los dos hombres que se superpusieron en la pregunta:
-¿Qué pasó Ana?

Los miré abatida. Leo me tomó de los hombros y dijo animosamente:

-¿Quién le atusó las plumas a la lechuza? Decime que voy y le rompo el alma.

Lo miré sin ganas de festejar la salida, lo que hizo que tomara en serio mi estado de tribulación.

-Vamos, Ana -exigió- contanos que pasó.

Les relaté mis descubrimientos sin mencionar las palabras de la abuela en cuanto a Rita y Telma; después de todo compartían lazos de sangre y podían sentirse incomodados por sus observaciones. Juan, desde su silla giratoria, y Leo, sentado al borde del escritorio, me escucharon en silencio. Apenas terminé mi exposición, el padre opinó con una mueca:

-Esto me suena bastante artificioso -y dirigiéndose al hijo:- ¿Te parece que vaya sola a la entrevista?

-Por supuesto que la voy a acompañar -Leo aceptó la tácita solicitud de Juan.

-Lo que menos quiero es hacerles perder tiempo… -protesté sin mucha convicción.

-A propósito de tiempo ¿Te interesaría ver una exhibición de pinturas en el Museo Castagnino? -preguntó Leo pasando a otra cosa- Expone un amigo mío y le prometimos ir varias veces.

-Sí. ¿Son aceptables? -dije, recordando otras muestras artísticas del pueblo que me había forzado a presenciar.

-Si estás pensando en los poemas de Arturito o en las esculturas de doña Amparo, los cuadros de Lucas te parecerán pintados por Van Gogh -me adelantó con una risa.

La comparación me hizo sonreír, sobre todo al recordar el fervor con que los parientes de los mencionados artistas preparaban cada presentación.

Fuimos en auto porque el museo está ubicado a varias cuadras del micro centro, cerca del Parque Independencia. Juan pagó las entradas y nos dirigimos a la Sala donde se exponían las obras de Lucas. El lugar estaba bastante concurrido y Leo nos abrió paso hasta enfrentarnos con el artista. Debo admitir que se trataba de un morocho muy apuesto, seguramente con algunos años más que su amigo. Apenas divisó a Leo y a Juan, se disculpó con el grupo que lo rodeaba y vino hacia nosotros con una amplia sonrisa. A mí me dirigió una mirada casi interrogante mientras saludaba a los hombres:

-¡Por fin los Dumas me hacen el honor de visitarme! -apretó la mano de padre e hijo y se quedó mirándome a la espera de una presentación.

Yo estaba acostumbrada a causar efecto en el sexo opuesto, de modo que no me perturbé. Leo enunció:

-Ana, este es Lucas, el eximio pintor. Lucas, ella es Ana, una amiga de Tres Sendas.
Lucas, ni lerdo ni perezoso, estiró la cara para darme un beso en la mejilla.

-¡Encantado, Ana! Debe ser un pueblo fascinante si produce mujeres tan hermosas.
Yo largué una carcajada porque habitualmente no recibo piropos tan elaborados, pero eso no arredró a Lucas, que agregó:

-Espero que te lleves una buena impresión de mis obras -me hablaba desentendiéndose de los Dumas, como los había llamado.

-Como no entiendo mucho de pinturas, sólo te diré si me gustan o no.

-Entonces, espero que te gusten -y se alejó para que empezáramos el recorrido.

Leo nos hizo un gesto a Juan y a mí para iniciar la ronda. Los trabajos me gustaron y cobraron relevancia ante sus claros comentarios. Me deslumbró apreciar las pinturas trascendiendo sólo los sentidos, y me quedé con el deseo de aprender mucho más. Yo en lo único que hubiera podido encuadrarlas era en el arte abstracto, conjetura que se enriqueció con los aportes de Leo de tal manera, que final del circuito ya le hacía preguntas atinadas acerca de las que más me gustaban. No pude contener la curiosidad:

-¿Adónde aprendiste tanto sobre pintura?

Se encogió de hombros y me explicó con sencillez:

-Alguna vez transité por Humanidades.

¿Y…? -esperé que ampliara la información.

-Hice el profesorado de Historia del Arte.

-¿Y nunca te dedicaste a enseñar?

-Leo acostumbra a estudiar para su propio conocimiento -intervino Juan- Ahora está cursando Derecho.

-Pero eso concuerda con su actividad actual... -repuse, lamentando el desperdicio de su talento didáctico con respecto al arte.

-Podría ser un buen profesor para mujercitas rubias de pueblos fascinantes -me dijo Leo burlonamente.

Parece que no te gustó el interés que tu amigo me demostró. Vas a tener que sufrir un poco más -pensé, como si quisiera infundirle celos. Haciendo caso omiso a su propuesta le manifesté:

-Sos una caja de sorpresas. Enfermero, experto en arte, futuro abogado... ¿Qué me queda por descubrir?

-Otras habilidades que podrían sorprenderte mucho más –declaró con una sonrisa maliciosa que desalentó, por arriesgados, futuros interrogatorios.

-Me encantaría tener ese cuadro -lo señalé, cambiando de tema.

Hizo un gesto de asentimiento mientras observábamos la tela que me proyectaba hacia un paisaje ajeno a la realidad.

-¿Por qué éste y no otro? -quiso averiguar.

-Porque me sugiere un lugar adonde quisiera pero temería estar -lo dije espontáneamente sin estar segura de ser comprendida.

Leo me observó con la seriedad de quien escucha una confesión íntima. ¡Pero si yo misma no sabía lo que sentía! Mientras seguíamos enfrente del cuadro, se acercó su autor.

-Estuve recibiendo los elogios de Juan -dijo sin preámbulos- pero sin desmerecerlo, me gustaría escuchar la opinión de un entendido y de su linda pareja.

¡Otro más que me endosaba el rol de novia! No podía creerlo. Ni Leo ni yo enmendamos el error. El pintor escuchó la calificada crítica de su amigo y después me miró.

-Bueno -empecé- después de tan sesudo comentario mis sensaciones parecerán muy pobres.

Tendrías que haberme convocado en primer lugar…

Los varones protestaron al tiempo que resaltaban el valor de la intuición. Me sonreí porque a veces me brota esa veta histriónica que da por descontada la reacción del otro.

Mi papel era siempre el de una niña desamparada que solamente se confortaba con la conquista de su deseo.

Solía usar este recurso con mi papá, que tanto me adoraba, para conseguir un paseo o un juguete. O con mi mamá, para que me autorizara a concurrir a un baile, o con la abuela, para que me permitiera montar sus hermosos caballos. Hoy, con dos hombres a los que no era indiferente.

-¡Está bien, chicos! -intervine para cortar sus justificaciones. Y dirigiéndome a Lucas:- Me gustaron mucho y los percibí como la representación de numerosos sentimientos. Algunos me atrajeron y otros despertaron mi rechazo o mi melancolía. Tal vez los colores, las líneas, no sé… -terminé un poco confundida.

-Tu opinión es sumamente valiosa para mí -dijo Lucas- especialmente por la explicación que tanta gente evita dar. ¿Hubo alguno que te gustara más?

¡De nuevo la inquisición! Volví a contestar la pregunta:

-¡Éste! -y volví a señalarlo.

Los expertos cruzaron una mirada de entendimiento que me excluía. Molesta por no participar, les eché una mirada interrogante. Lucas me preguntó:

-¿Leíste los nombres en el catálogo?

-No. Nunca los leo para no dejarme influenciar por el autor.

La respuesta los hizo reír. El pintor, escrutando a Leo, dijo a continuación:

-Le puse “Ansiedad de una niña enamorada” tratando de plasmar las fantasías previas a la consumación sexual.

Mis mejillas ardieron ante la mirada consternada de los muchachos que me estarían considerando como una puritana fuera de época.

Traté de disimular mi turbación con una observación irrelevante:

-¿Y por qué no “Ansiedad de un joven enamorado”?

Lucas tuvo la paciencia de dar una explicación a la tonta mujer que le cuestionaba su creación:

-Porque el paisaje hubiera sido muy distinto.

Me mordí el labio inferior y no hablé más.

El artista insistió en invitarnos a cenar pero Juan y Leo se disculparon apelando a que debían madrugar. Lucas nos despidió con un compromiso:

-La semana que viene no valdrán excusas. Les prepararé el mejor asado que hayan comido.

-Estoy seguro, viejo. Pero que sea un sábado –le pidió Leo.

Salimos a la noche cerrada. Mi silencio fue afablemente respetado por mis acompañantes y cuando llegamos a la casa decliné comer para ir a descansar.

-¿Cómo está tu pie? –se preocupó Leo.

-Mejor. Ya no me duele –dije honradamente.

Juan se acercó con un alfajor de maicena y una copa de leche fría:

-Si mal no recuerdo, este era un postre preferido cuando eras chica. Aunque no cenes, te ayudará a digerir el calmante –me estiró ambas cosas.

Antes de aceptarlos, le di un beso en la mejilla. Cuando era niña fantaseaba con que mi papá estaba lejos y le había encargado a Juan que cuidara de mamá y de mí.

Esta ilusión se prolongó hasta que Leo se fue y Juan no volvió por el pueblo.

Confieso que me llevó tiempo elaborar esta pérdida y presumo que responsabilicé al hijo por el alejamiento del padre. Me despedí de ambos y subí a ordenar mis pensamientos.

Lo primero que hice cuando entré al cuarto fue llamar a mamá. La actualicé, la tranquilicé, y me metí en la bañera. Sumergida en el agua perfumada con sales de lilas aflojé el cuerpo y las riendas de mi mente.

Me avergonzaba mi reacción ante las palabras de Lucas que no tenía por qué saber las evocaciones que había removido.

No hay casualidades, decía una ilustre terapeuta, sino causalidades. No es casual que esa pintura me hubiese trastornado si reflejaba la fantasía amorosa de una niña. Decir niña es decir virgen. Y yo lo era aunque no lo confesaría ni bajo tortura. Rita era la única que sabía de esta condición anómala de mis veinticinco años.

Y no es que no me hubiese manoseado con algún tipo ni que el universal mandato paterno me frustrara los intentos; sino que al momento de ir más allá del franeleo un rechazo inexplicable me impedía acceder al anhelado misterio. Sólo el fantasma de un amor idealizado interfiere en las relaciones.

Entonces ¿Cuál era el mío? Bajé las últimas barreras de contención y recordé mis cuatro años deslumbrados por el hermano mayor de mi amiga, las incansables escaramuzas para llamar su atención, la perseverancia de una mosca para estar siempre en el medio a pesar de ser ahuyentada, la ternura del niño para consolarme cuando me caí del árbol y me quebré la pierna, la paciencia con que me cargó sobre sus hombros hasta que me sacaron el yeso.

A medida que fuimos creciendo él se convirtió en un adolescente fastidiado por los caprichos de Rita y los míos. ¿Separé entonces la imagen preadolescente para preservarla del muchacho intolerante y la recluí en el limbo de los amores futuros?

Así pude odiar al Leo que nos evitaba, que se burlaba de nuestros primeros ensayos femeninos, que me humilló con su risa en la fiesta de cumpleaños, que cometió el robo de las joyas. Pero el que neutralizaba cualquier intento sensual acechaba desde su prisión autorizada.

Aceptar que esperaba a Leo como par amatorio me provocó un sosiego inesperado al esclarecer esa fracción inexplorada de mi vida. Ahora tengo dos desafíos -me dije. Encontrar a Rita y seducir a su hermano.

Terminé de bañarme y me puse el camisón nuevo.

Me miré en el espejo y sentí que tenía muchos puntos a favor, aún sin maquillaje y con el pelo oscurecido por el agua.

Rememoré los encuentros con mi amante (ese término, que me producía placenteros escalofríos, corría por mi cuenta a decir de Antonia) desde que lo vi en su oficina.

Tuve que admitir que no hubo animosidad de su parte aún frente a mis impertinencias y que varias veces experimenté la sensación de ser cortejada. Me dormí persuadi da de que en compañía de Leo me animaría a incursionar por el onírico paisaje del cuadro.

 

Colaboración de Carmen Retamero
Argentina

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