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Home Pensamientos Reflexiones Poemas Contacto ¿Dónde está Rita?
I Cuando bajé en la Terminal de Rosario, eran recién las siete de la mañana. Fui a uno de los barcitos más concurridos para desayunar porque aún escuchaba las palabras de mi madre al despedirme: -¡Insisto en que es una locura que vayas sola! No hay seguridad para una chica del campo en una ciudad grande. -¡Pero mamá, ni que fuera una pajuerana! ¿Te olvidas las veces que viajamos con Rita por el país y por el extranjero? Y nunca nos pasó nada. -Es distinto -me dijo porfiada- iban de a dos y con un itinerario. Ahora ni siquiera sabes por dónde empezar. Suspiré profundamente para evitar contestarle. Si le daba la mínima oportunidad, se subiría al ómnibus conmigo y me estorbaría la búsqueda en su afán de protegerme. Por eso, puse mi mejor cara de hija obediente y recé su sarta de recomendaciones: -Mamá: cuando llegue a Rosario me pondré inmediatamente en contacto con Alberto. Si no lo encuentro, buscaré a Juan. Dejo para lo último a Leo -la vi a punto de interrumpirme- ¡sí, mami, aunque sea un pedante lo iré a ver si no encuentro a los otros! -y antes de que pudiera abrir la boca:- y nunca me quedaré en ningún sitio poco concurrido. Amén. -Si viviera tu padre no serías tan descarada y yo no estaría sufriendo por tu suerte -se lamentó. La abracé amorosamente y la besé en las mejillas. ¡Mamita querida! Tan joven todavía y aferrada al recuerdo de mi padre como el único hombre posible en su vida. Me asió con fuerza y derramó las últimas palabras de advertencia: -Prometeme que si no encontrás a los padres, buscarás al hermano. Y que me llamarás todos los días. -Te lo prometo, mami -dije mientras subía al autobús. La saludé desde la ventanilla hasta que el coche dobló y nos perdimos de vista. Tenía cinco horas de viaje hasta Rosario porque la empresa entraba en todos los pueblos que estaban a la vera de la ruta; y tuve que salir a la madrugada, gracias a la atención de un amigo que trabaja en la estación del pueblo y me reservó un boleto devuelto, ya que no había más pasajes hasta la semana entrante. Yo no hubiera podido esperar una semana más para comunicarme con Rita. Telma, su madre, estaba desconsolada por la falta de noticias, y no podía recurrir a su hijo Leo porque el estúpido muchacho había cortado toda relación familiar cuando se fue a Rosario. Y si ahora tenía una empresa importante y le iba bien económicamente, era gracias a las joyas de las que se apropió la fatídica noche en que se peleó con su padrastro. Dennis no hizo la denuncia a la policía por las agresiones sufridas ni Telma por el robo de las alhajas, cosa que yo nunca pude comprender. Rita no quiso hablar de ese incidente con nadie y, siendo su mejor amiga, respeté ese deseo. Tenemos casi la misma edad, nos conocemos desde siempre, fuimos a las mismas escuelas y compartimos todas las experiencias propias de la niñez, la adolescencia y la juventud. ¿Cómo podría permanecer impasible ante su inexplicable ausencia? Si Dennis no estuviera de viaje, me dijo Telma, no habría pedido mi colaboración. Pero faltaban dos semanas para que regresara de Cuba adonde estaba por cuestiones de negocios. La madre de Rita es una mujer de la edad de mamá y, objetivamente, más hermosa. Se ve tan joven como su tercer marido, al que le lleva siete años. Tiene unos modos tan seductores que nadie se le resiste, y cuando me rogó que tratara de contactarme con su hija, no pude negarme. Además, mi amiga estaba bastante taciturna últimamente. Su carácter alegre se había ido apagando como su interés por conservar su esbelta figura. Tenía tendencia a rellenarse en lugares estratégicos, por lo que siempre la recordaba cuidando su dieta. Desde que viajaba a Rosario para cursar Administración de Empresas, algo había cambiado. La sorprendí varias veces comiendo alfajores y facturas con una especie de voracidad desconocida para alguien que evitaba cuidadosamente los excesos. Yo sospechaba que su ánimo estaba en relación directa con algún affaire amoroso que no quería compartir ni con su mejor amiga, es decir, yo, que haciendo gala de mi proverbial discreción. Nunca le pregunté directamente qué pena sentimental estaba aumentando sus medidas y su desaliño. Me arrepiento de ello. Suspiré y observé las mesas a mi alrededor. Creo que todos teníamos esa cara de no haber descansado bien. Saqué el espejo de la cartera y miré la nariz brillosa y los ojos aturdidos de una mujer joven, bien parecida según los parámetros en boga, el pelo dorado revuelto que necesitaba un peine y la cara pálida que al menos merecía un toque de color en los labios. Llamé al mozo que vino de inmediato (se me daba por establecer excelentes relaciones con los mozos que nunca se hacían esperar) y le pagué dejándole una generosa propina. Después me dirigí al baño para borrar los restos de sueño de mi rostro. Cuando salí eran las ocho menos cuarto y me volví a sentar para tomar un café y planificar la pesquisa. Pero alteraría el orden. Esperaría hasta las nueve y trataría de conectarme con Juan, el primer marido de Telma y padre de Leo. Juan era un hombre muy agradable a diferencia de su hijo, y si sabía de Rita seguramente me lo diría o trataría de ayudarme. Consulté la agenda y ubiqué la dirección en la guía de calles con la que siempre me manejo en los lugares desconocidos. Cuando viajo, me gusta más trasladarme en transportes públicos que en taxis o remises, pero ahora no había tiempo para las veleidades del turismo. Tampoco quise llamar por teléfono para no darle la oportunidad de hacerse negar (después de tanto tiempo, vaya a saber si se acordaba de mí). La oficina estaba en pleno centro y a las nueve y cuarto tomé un taxi para concretar la primera etapa del plan. No había traído más que un bolso de mano porque estimaba que en el mismo día encontraría a Rita y, o nos volveríamos juntas, o estaríamos algunos días y sería la excusa perfecta para renovar mi guardarropas. Llegué ante un edificio de oficinas que tenía una pizarra, apenas ingresar al hall, con el listado de todas las empresas que estaban instaladas en ese lugar. Lo leí cuidadosamente y encontré que “Inmobiliaria Dumas” estaba en el octavo piso oficina 813. Los ascensores estaban al fondo del palier y cuando me acerqué a las puertas, saludé al portero que estaba detrás del mostrador de un pequeño privado en el lateral derecho. Bajé en el octavo piso y elegí caminar hacia la derecha tomando nota de los números de oficinas. Tuve que volver porque había optado por el lado equivocado y avancé más segura por la izquierda hasta que enfrenté el número 813. La entrada estaba cerrada con llave y golpeé dos veces. A través de los vidrios difusos, se perfiló una silueta que se agrandó hasta llegar a la puerta y se materializó al abrirla. Quedé frente a un hombre joven, de cuerpo atlético, elevada estatura y pelo oscuro que comenzaba a formar pequeños golfos simétricos a los costados de su cabeza. Su rostro era lejanamente familiar, pero no podía ubicarlo. El también me miró con fijeza, frunciendo el entrecejo como si estuviera haciendo un esfuerzo para recordar. Rompí el incómodo silencio: -Busco al señor Dumas. Juan, en bermudas y sandalias, se asomó desde una oficinita interior. Estaba tan flaco como siempre, el pelo canoso y la sonrisa cordial que lo caracterizaba. No tardó mucho en reconocerme. Abrió los brazos al tiempo que decía: -¡Pero si es mi bella Ana! Pasé al costado del joven y me refugié en la cálida bienvenida, como cuando era una niña y Juan venía todos los fines de semana a llevarse a su hijo. Me dio un ruidoso beso en la mejilla y me apartó para mirarme con detenimiento. -Te has convertido en la princesa que prometías –me dijo con cariño- ¿A qué debo el placer de tu visita? Antes de que pudiera contestar, escuché una voz a mis espaldas: -Con que es la pequeña lechuza. ¿Adónde dejaste los ojos y los dientes? Me volví ya segura de con quien me iba a encontrar. Leo, claro. Desde que se había ido, hacía catorce años, en su casa no se lo volvió a nombrar y se limpiaron todas sus fotografías. El desgarbado adolescente que recordaba estaba bastante alejado del fornido hombre que me miraba con sonrisa irónica y brazos cruzados. Seguía siendo tan detestable como a los dieciséis años, cuando se burlaba de mis toscos anteojos y me llamaba lechuza. Hacía diez años que me había librado de ese oprobio gracias a las lentes de contacto. Lo miré con el odio de mis once años martirizados de anteojos y prótesis dentales que tan lejos me ubicaban de los doce sin defectos de Rita. La perplejidad le hizo lanzar una carcajada que le iluminó el rostro con un atractivo impropio de un individuo sin escrúpulos. Le volví la espalda y respondí la pregunta de Juan: -Estoy buscando a Rita. Hace dos semanas que viajó a Rosario y una que no tenemos noticias. Telma está preocupada como yo, así que vine a ubicarla. Pensé que podría haberte contactado. Juan me observó casi apenado. -Hace años que no la veo, querida. E ignoraba que estuviera en la ciudad. Su declaración me sorprendió. Rita me había referido los encuentros con su padre y su ex padrastro cada semana que venía a estudiar a la ciudad. Antes de que pudiera reaccionar, intervino su hijo: -¿De modo que mi querida madre ya no cuenta con los servicios de su gigoló y te manda a investigar por ella? Apreté los labios para no contestarle. Después de todo su padre no estaba obligado a presenciar nuestro ríspido debate. Juan dijo conciliador: -Te ayudaremos en todo lo que podamos. Para empezar, ¿tenés alguna idea de dónde se alojó cuando vino? -Sí y no. Ella dejó la dirección del Hotel Riviera al que llamamos cuando pasaron tres días sin noticias. Allí nos dijeron que nunca había estado. Me pasé dos días llamando a todos los hoteles y alojamientos de Rosario para averiguar que no había parado en ninguno de ellos. Por último, pensé que podía haberse quedado en la casa de alguno de ustedes. -¿Y por qué no visitar primero al padre? –intervino la voz aborrecida con indudable lógica. -Porque primero quería cargarme las pilas con la persona más amable que conozco –repuse sin darme vuelta. -¡Gracias… lechuza! No olvidaré esta lisonja –la voz tenía un tono de burla regocijada. -¡Me refiero a tu papá, idiota! –el insulto brotó de mis labios tan incontenible como el giro que di para fulminarlo con la mirada. -¡Haya paz, niños! -la voz de Juan sonó divertida y a continuación volvió a interesarse en mí:- ¿Qué te hace pensar que Rita venía a visitarme? -Ella me lo dijo -expresé, confundida. -No sé por qué te mintió -manifestó con extrañeza- pero sí creo que debieras ver a su padre. ¿Pensaste en ello? Me sentí como una tonta ante padre e hijo, por lo que respondí con desparpajo: -Sí, pero no sé adonde vive -el embuste me nació espontáneamente. Juan se quedó pensativo y luego se dirigió a mi espalda, o sea, a su hijo: -Leo, yo debo esperar a la señora García para mostrarle
la casa de Funes. ¿Podrías acompañar a Ana hasta
lo de Alberto? -No hay problema -y me ofreció su brazo con una sonrisa:- ¿Vamos? Sin contestarle, le di un beso a Juan para agradecerle y enfilé hacia la puerta. “Encontrar a Rita es la premisa”, me repetí varias veces mientras caminaba hacia el ascensor sin mirar atrás. Pulsé el botón de llamada y me quedé observando el indicador luminoso. Cuando la puerta se abrió, me metí hasta el fondo y recién me di vuelta. El patán entró y se acomodó frente a mi, asido a las barandas laterales de la caja. Estaba desagradablemente cerca como para que no me perdiera su insoportable mueca sarcástica. Levanté altivamente la cabeza -así me pareció- y miré hacia el techo mientras duró el descenso. La máquina paró en la planta baja pero Leo siguió cerrándome el camino. Traté de que mi mirada fuera interrogante, no furiosa. -¿Tregua? -dijo desprendiendo la mano derecha de la baranda y ofreciéndomela. Vacilé y lo escruté buscando cualquier atisbo de burla. Sus ojos oscuros me miraron francamente y le tendí mi diestra sólo para poder salir del ascensor. La sostuvo un momento con firmeza y luego la llevó hasta sus labios sin dejar de mirarme. Fue un acto taimado que me dejó boquiabierta y echando fuego por las mejillas. Rescaté mi mano bruscamente y arremetí contra el impertinente que apenas pudo apartarse para que no lo atropellara. Llegué tan rápido a la vereda que tuve que esperarlo para saber cuál era el paso siguiente. Acompasé la marcha a su andar parsimonioso que acompañaba con un despreocupado silbido. Así caminamos media cuadra hasta llegar a una playa de estacionamiento. Lo seguí hasta que abrió la puerta del acompañante de un moderno auto de color té metalizado, y la sostuvo sin dejar de silbar hasta que estuve acomodada. Dio la vuelta, se sentó al volante y siguió con el fastidioso sonido hasta que llegó a la ventanilla de pago. Allí abonó la estadía y bromeó con el encargado para luego partir hacia la casa del padre de Rita. -Alberto vive en Barrio Martin -me dijo como si le hubiera preguntado. -¡Ah! -Tiene un duplex con vista al río -siguió como si quisiera hacer una venta. -Hum… -¿Sabés lo que más me gusta de vos? La charla tan encantadora. Me hundí en el asiento haciendo caso omiso de su ironía. Entonces volvió al silbido inaguantable. Preferí hablarle antes que exponerme a una sordera prematura: -No imaginaba que tuvieras trato con tu padrastro -dije recordando su
carácter díscolo. -Tal vez eras muy chica para recordar que sólo tuve problemas con Dennis. Con Alberto siempre nos respetamos, y de vez en cuando nos vemos. Me devané los sesos para continuar un diálogo potable porque sentía que no tenía nada en común con este muchacho del presente. -Nunca aceptaste sus criterios de horarios -rememoré la música rockera que nos rompía los tímpanos a la madrugada, cuando me quedaba a dormir en casa de Rita. Soltó una carcajada alegre, seguramente de puro sadismo, al evocar tiempos pasados. -Todo eso terminó cuando accedió a no ponerme de pupilo en el Colegio San José. -¿Entonces no fue Rita la que te convenció regalándote su bicicleta? Rió más fuerte. Cuando se le pasó, repuso: -Ese fue un beneficio adicional. Vos sabés cuánto deseaba la bici de Juancho. ¡Ahora me acordaba! Apenas Rita se la regaló, hizo el cambio con su compañero de rugby, que a la vez quería agasajar a su novia. De modo que Rita se llevó una bronca bárbara cuando vio a Mimí paseándose con su rodado. Mimí estaba adelantada dos años y había sido electa reina de la escuela, competencia en la que Rita fue descalificada cuando descubrieron que había falseado su edad. De no ser así, seguramente habría ganado. Pero la revelación de Leo no hacía más que rubricar sus inclinaciones delictivas. ¡Aprovecharse así de su hermana! De su hermanastra, ¡bah!… -Tendría que haberlo imaginado -acoté al fin con acidez. -Eran juegos de niños -comentó con tono de nostalgia. No me iba a enternecer. ¡Pensar que cuando cumplió los dieciséis
años, cuatro meses antes de su fuga, gasté todos mis ahorros
para comprarme el vestido de gasa blanca que iba a lucir en su fiesta!
Los recuerdos me llevaron por delante. No pude contener una carcajada ante la evocación de mi lastimosa figura. Y ahí fue que lo absolví, porque a la distancia, yo había tenido su misma reacción. Él fue el desconcertado esta vez, a tal punto que se volvió para mirarme y casi se pasa un semáforo en rojo. Frenó de golpe y se quedó viendo cómo me abandonaba a la risa, con una expresión de complacencia a pesar de que no entendía mi súbito ataque. Arrancó antes de que pudiera hablar, entonces le aclaré: -Me vino a la memoria tu cumple de los dieciséis. ¿Te acordás cómo estaba vestida? -la risa me acometió nuevamente. Leo fue cuidadoso. No me acompañó en mi estallido. Me preguntó suavemente: -¿Todavía no me perdonaste? -¡Ahora te perdoné! ¡No puedo creer que me sintiera una diosa con tan ridículo atuendo! -afirmé con naturalidad. -Pero yo siempre lamenté que te fueras llorando de la fiesta -dijo sinceramente, e inquirió:- ¿Nunca te dijo tu mamá que me fui a disculpar esa misma noche? -Mi mamá se indignó de que “un mocoso ebrio”, como te designó urbanamente, fuera a tocar timbre a la cuatro de la mañana después de haber tenido que lidiar con su desconsolada hija. ¿Así que después de todo tenías tu corazoncito? pensé. -Es verdad, estaba bastante borracho pero me remordía la fuga de la lechucita, como te decía cariñosamente en esa época aunque te molestara –y anticipando mi protesta, agregó:- yo te veía como la mejor compañía que podía desear para mi hermana, y no fue un acto de crueldad mi risa, sino... ¡que me tomaste por sorpresa! –terminó contrito. La conversación se terminó porque estacionó el coche frente a un edificio de aspecto imponente, con balcones circulares de los que pendían floridas enredaderas. Bajé antes de que diera la vuelta; yo era una chica que se bastaba sola. Esperé a que cerrara el auto y lo secundé hasta la entrada del condominio. Un guardia de seguridad casi nos pide análisis de sangre para dejarnos pasar y admiré la templanza con que Leo contestaba su interrogatorio. ¡Yo lo habría mandado a la mierda! Al final, le pidió una contraseña que mi acompañante murmuró junto al portero eléctrico, lo que pareció dejar satisfecho al cancerbero. Con gesto pomposo abrió la puerta e hizo una reverencia mientras pasábamos. Me volví varias veces para admirar a semejante espécimen que no se encontraba por donde yo vivía. Sólo cuando se cerró la puerta del ascensor, Leo se permitió reír. Supongo que mi gesto de incredulidad acrecentó su diversión y, como si deseara frenar una explosión de mi parte, se apresuró a comentar: -Has conocido a Renato, el rey de los conserjes. Creo que lo trajeron del Agudo Ávila junto a su sicosis para combinar con los consorcistas. Cada vez que vengo agrega más preguntas antes de la consigna, por lo que estimo que dentro de poco no recibirán más visitas. Yo sabía que el Agudo Ávila era el loquero de la ciudad, por lo que no pedí explicaciones. Bajamos en el décimo piso, que tenía su entrada particular. Leo pulsó el timbre y la puerta se abrió de inmediato. Era obvio que el portero nos había anunciado. Alberto había engordado con el correr de los años y había perdido todo el pelo, salvo unos mechones que ascendían desde el occipital para adornar su frente. Vestía un kimono de seda y se veía sumamente acalorado. Nos recibió con una efusividad que no le conocía: -¡Leonardo, amigo! ¡Veo que por fin me has traído una novia! ¡Y es encantadora! ¿Habrá boda pronto? -y a continuación me tomó por los hombros y me zampó un estruendoso beso en la mejilla. -¡Más quisiera, Beto! -contestó el caradura- Pero esta joven es Ana, la amiga de Rita, ¿te acordás? -¡La lechucita! -proclamó Beto mirándome con detenimiento- ¡Quién diría lo bonita que se pondría! ¿Mi ominoso pasado seguiría pisándome los talones? Le prodigué la mueca de una sonrisa y miré la cara de Leo que exhibía una falsa expresión de inocencia. Bajé la cabeza y pasé al interior del departamento cuando el padre de Rita se hizo a un lado liberando la entrada. A través de una amplia puerta vidriada atisbé un inesperado fondo verde para un departamento ubicado en un décimo piso. Nos guió hacia el jardín armado en la terraza y bordeado de lajas que resguardaban el acceso a los ambientes interiores. Césped, árboles, arbustos floridos, pileta de natación alimentada por una cascada artificial y un quincho cubierto para que la lluvia no malograra ningún asado. Una pérgola circular techada de enredaderas resguardaba del sol las amplias reposeras desparramadas sobre el camino de lajas y una mesa de hierro labrado y tapa de mármol blanco con varios sillones acolchados. -¡Pónganse cómodos! -dijo, y a continuación gritó:- ¡María, María…! Una mujer madura y de aspecto severo respondió a los gritos: -¿Señor? -y reparando en nosotros, saludó:- Tengan ustedes buenos días. -¡Buenos días! -respondimos Leo y yo a coro. -María, haga el favor de traer un refresco para mis invitados -pidió Alberto cortésmente. La mujer puso los brazos en jarras y le espetó: -¡Decídase, señor! ¡O le arreglo la casa o le hago de mozo! Su patrón la miró fijamente e hizo un gesto para despedirla. Ella se volvió con brío al interior de la casa. Alberto nos dijo en tono de confidencia: -Si no fuera tan prepotente sería una excelente mujer. ¡No hay quien limpie como ella! Pero cuando cumple una función, no le pidan que haga otra. En fin… yo les traeré el refresco. Leo y yo le juramos que no apetecíamos nada, lo que pareció aliviarlo, pues inmediatamente se sentó. -Alberto, -le dije- he venido a buscar a Rita y espero que usted pueda decirme dónde está. -¿Esa hija desamorada? Hace meses que no tengo noticias de ella -refunfuñó. Me volví hacia Leo, desolada. Él me apretó el brazo y se hizo cargo del interrogatorio: -Beto, es importante que nos des una pista de su paradero. ¿Cuándo fue la última vez que la viste? El padre de Rita reaccionó y preguntó alarmado: -¿Le pasó algo a mi nena? -Por ahora sólo queremos ubicarla. Hace tres semanas que vino a Rosario y no sabemos en donde se aloja. La última vez que la viste, ¿adónde paró? -insistió Leo. -En el Riviera, me dijo. Y aunque yo le insistí que se quedara aquí, me dijo algo de horarios y distancia a la Facultad… Que no le convenía, me dijo -repitió por tercera vez. Leo se paró y me tendió la mano para ayudarme. ¡Lo bien que hizo! El desaliento se había filtrado por mi cuerpo y transformado mis piernas en gelatina. Me hubiese caído si mi antiguo enemigo no me hubiera sostenido. Por un momento tuve el impulso loco de echarle los brazos al cuello y llorar hasta el cansancio, pero invoqué a mi rencorosa niña interior y logré reponerme y soltarme de su brazo. -¡Avísenme tanto como si la encuentran como si no! -nos urgió Alberto mientras subíamos al ascensor. -Te mantendremos al tanto -prometió Leo. Esta novelita tiene seis partes y es mi segunda producción dentro del taller literario "El vellocino de oro". Colaboración de Carmen
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