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“Hoy hace seis años que somos marido y mujer” pensaba Mercedes mientras conducía de vuelta a casa después de un duro día de trabajo. Parece una mujer cansada, pero en realidad está muy cómoda con su vida, tiene todo lo que deseó cuando era niña, cuando todos comenzamos a soñar con nuestro futuro. ”El tiempo pasa muy rápido, casi no me he dado cuenta del transcurso de estos últimos años…”. Mercedes piensa, piensa en que hoy hace seis años que se casó con Roberto, su marido, y le parece que el tiempo ha volado fugaz entre los años, sin darse apenas cuenta de que corría veloz. Mercedes y Roberto se conocieron en la universidad, cuando los dos estudiaban. Ella soñaba con convertirse en profesora y él era un enamorado de la literatura, así que tuvo que ocurrir. Un día, como siempre empiezan todas las grandes historias de amor, por casualidad, coincidieron en un curso de poesía. El, distraído como siempre, no se había percatado de la presencia de la nueva chica, pero ella ya se había fijado en sus inmensos ojos marrones. Lo observaba tranquila, como quien se deleita poco a poco con algo que le hace disfrutar, estudiando todos sus rasgos, sus movimientos… Cuando llegaba a casa, intentaba recordar su cara, sus ojos, su pelo… hasta que lograba visualizarlo por completo, como si estuviera allá con ella y sólo le bastase alargar la mano para acariciarle. Roberto, de un día para otro, la descubrió al fondo de la clase. Pensó que era muy bella y le sorprendió no haberse dado cuenta antes de que estaba allí, a tan solo unos metros de él. Poco a poco, el tiempo fue pasando, pero ninguno de los dos tenía la suficiente valentía para dirigirse al otro. Cuando en clase recitaban poesía en voz alta, él disfrutaba escuchándola, viendo como esas bellas palabras fluían y salían de la boca de ella como si de música se tratase. Entonces tuvo una idea, para poder decirle lo que secretamente había empezado a sentir por ella, pensó que le podría dejar notas con fragmentos de poemas en el lugar donde se sentaba, hasta que tuviese el valor suficiente para decirle que la amaba. Y así fue, al día siguiente, Roberto entró en clase un poco antes que los demás, y puso la nota encima de la mesa de Mercedes. Cuando llegó ella, vio la nota y empezó a leerla con ansias, con ganas de devorar esas palabras dulces. Una amplia sonrisa quedó dibujada en su rostro al terminar la lectura. ¿Quién será? ¿Será una broma? Se preguntaba angustiada. Roberto la miraba de reojo, nervioso, preguntándose si le habría gustado el poema. Y así, día tras día, él dejaba un poema en el lugar de ella, con la esperanza de que se diera cuenta de que era él o lo encontrase alguna vez dejando el papel en la mesa. Pero lo que Roberto no sabía era que Mercedes no se atrevía a averiguar quien era el poeta secreto porque tenía miedo, miedo a que no fuera él. Un día, quien sabe por qué, si quizá movido por el vaivén del amor, no dejó escrito nada para Mercedes y al salir de clase se acercó a ella, y venciendo su temor le empezó a recitar un poema de Cernuda que días antes, ella había leído con mucho entusiasmo. Ella, admirada y a la vez confundida, se quedó callada, bajó la cara… Roberto, tomándole la barbilla le dijo que la amaba, que la quería de ese modo tan especial con el que se quieren los protagonistas de los poemas de amor. La clase se quedó vacía, o por lo menos ellos así lo creyeron, entonces, Mercedes, desafiando el miedo, lo besó; fue un beso de un minuto. Pero hay veces que minutos podrían ser la vida eterna, porque ella sintió que no tenía fin, que se sumergía en un mar callado y tranquilo donde navegaban ellos dos solos, como náufragos… A partir de ese beso, todo cambió, Mercedes ya no se sentaba sola al final de la clase sino que Roberto la acompañaba. La acompañaba a todos lados, se sentaban en el césped de la universidad, él reposando la cabeza en las rodillas de ella, y ella leyendo en voz alta poemas hermosos. De todo esto se acordaba Mercedes mientras llegaba a casa donde Roberto la estaría esperando con la comida hecha, bajo el marco de la puerta y con una sonrisa enorme. Aparcó el coche, se bajó, subió las escaleras y tocó el timbre. Allí apareció él, sonriente, como todos los días, dispuesto a besarla. “¿Qué tal te fue el día cariño?” pregunta Roberto. “Bien, pero estoy un poco cansada”. “Pues hoy te tengo una sorpresa” contestó él. Roberto había preparado una comida especial, había cocinado el plato preferido de su mujer y había decorado la mesa con mucho mimo. Mercedes estaba encantada, este hombre no dejaba de sorprenderla nunca. “Había pensado que hoy fuese un día especial para ti puesto que cumplimos seis años de maravilloso matrimonio. Quería agradecerte todo tu amor, y demostrarte que te quiero” le dijo Roberto tomándola por la cintura. Mercedes contestó que él ya le demostraba su cariño desde hacía diez años, desde el momento en que empezaron a salir juntos. “Aún hay algo más, pero será después de la comida” se apresuró a decir él. Se sentaron a la mesa y se deleitaron con el almuerzo. Ella no dejaba de pensar que era inmensamente feliz. Al terminar, Roberto se sacó un papel del bolsillo y empezó a recitar el primer poema que le había mandado a Mercedes cuando eran jóvenes. Cuando acabó, él la abrazó y susurrándole al oído le contó que estar con ella era un sueño, algo maravilloso e inexplicable. Le dijo que jamás había sido tan feliz hasta el día que vio sus ojos verdes. Ella le contestaba que lo amaba, que lo quería muchísimo, que era fabuloso estar a su lado día a día, levantarse por la mañana y ser en lo primero y último en lo que pensase. Entonces, como muchos años atrás, ella lo besó
de aquella misma forma en la que lo hizo aquella primera vez. Pero en
esta ocasión no se sintió náufraga, sino que mágicamente
se sintió como se sienten los protagonistas de los poemas de
amor.
Colaboración de
Rocío Mendoza
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