Patriota criminal

Había un hombre dentro de la prisión estatal, estaba condenado a 21 años de prisión. Su crimen lo recordaba todos los días con todo lujo de detalles.


Esa tibia mañana de primavera, el hombre de casa despertó de inmediato. Concilió el sueño solo con ayuda de pastillas, ya que la excitación que le producía la conciencia de estar a punto de escribir una página de la historia, por momentos, le parecía insoportable, casi, insostenible. Pero él era un hombre de temple, se sentía como el hombre escogido. 

 

Bajo la almohada de su cama se encontraba un sobre con el membrete patrio, con el solemne sello del escudo. Abrió el sobre y leyó por última vez las instrucciones que se encontraban dentro de él, escritas y generadas prolijamente por las altas mentes que le habían contratado y designado. Cerró el sobre y una sonrisa salió de su boca, se sentía feliz, se sentía un justiciero. 

 

Calzó sus botines, se colocó sus pantalones y comenzó su ritual matutino, sereno y calmo, como si ese hubiera sido un día cualquiera en su vida. Se sentó a tomar desayuno, el café estaba frío pero casi no lo notó. A su derecha, la ventana arrojaba los primeros rayos de sol del día, mientras las ramas de los árboles se mecían al ritmo de un viento muy pacífico.

 

El hombre miró su reloj y se dio cuenta de que aún había tiempo para sonreírle al espejo, y así lo hizo. Se pulió el rostro con una navaja y se peinó su dócil cabello. Volvió a mirar su reloj y pensó que ya era hora de partir. Subió a su automóvil, acondicionado para la misión. Se fijó en los detalles que le rodeaban mientras viajaba, jóvenes con el cabello largo, chaquetas de cuero y pantalones negros se veían aún con la resaca que les afectaba de la noche anterior. 

 

Ancianas caminando tomadas del brazo, hombres con su maleta y vestidos de traje, listos para el nuevo quehacer diario. En un momento, el hombre comenzó a recordar a su única hija, sintió nostalgia y sus ojos se le llenaron de lágrimas, pero no se desconcentró. Conocía muy bien el camino, nada fue dejado al azar en esa ocasión, estacionó el coche a una cuadra de su punto de acción. Luego bajó de su automóvil y a pie, lentamente, rodeó la cuadra. 

 

De pronto, comenzó a escalar sigilosamente un muro gris que había sido marcado como el único acceso seguro cercano al objetivo. En su cinturón llevaba un revolver, en su mente, la bandera y la nación. Tres metros de ladrillos le separaban de su objetivo y de él. Observó un poco la situación y sintió que sus pulsaciones se elevaban más de lo normal, de pronto comenzó a caminar sobre los ladrillos y entró al hogar a través de la ventana que estaba a su vista. 

 

Penetró por los pasillos llenos de hermosos y nuevos adornos, luego se detuvo al lado de una puerta abierta que daba a una pequeña habitación, y comenzó a oír sus propios sentidos, aguzados por el entrenamiento que recibió años atrás. Se asomó y vio a su objetivo, estaba a unos cuatro metros, sentado y de espaldas, con un pijama blanco que hacía resaltar su calvicie, ni siquiera sospechando que alguien se encontraba detrás de él, estaba leyendo un diario y tomando un café. 

 

El hombre, tras haber analizado su objetivo, examinó también la habitación, llena de libros y cuadros plagados de lo que para él eran la destrucción y muerte a las misiones humanas. En la ventana que daba hacia la calle, se alcanzaba a ver la serigrafía de los tres jóvenes que conformaban la banda musical que estaba arrasando en las radios nacionales. 

 

En escasos segundos, el hombre, que estaba con la mano en el gatillo y el sudor entre las sienes, comenzó a pensar en sus emblemas nacionales, en los hombres que lo designaron para aquella misión y en todo el pueblo que agradecería su accionar, pero no quiso que su objetivo muriera sin saber el porqué de su muerte. 

 

Le llamó por su nombre, la mueca de terror en su objetivo le hizo enaltecerse y le dijo: 

 

- ¿Dónde está la expresión de felicidad que siempre mostrabas? ¿Por qué no cantas ahora? ¿Por qué no desafías al aire y con el puño cerrado? Yo te enviaré a donde están tus héroes, donde se encuentran tus ídolos a seguir, yo haré que los grandes pensadores que quisieron arruinar la humanidad estén contigo en un mismo lugar, que no se hable más sobre la supresión revolucionaria, y que con lo que voy a hacer, la gente no te recuerde nunca más, ni se pronuncie jamás tu nombre otra vez. Yo seré recordado como un héroe, seré homenajeado y seré el hombre que ganó la batalla al maldito sistema de revolucionarios sin ideas claras. La gente me llevará en su memoria y las calles llevarán mi nombre-. No esperó respuesta del objetivo y disparó. 


La mente del hombre se volvía a nublar, y al poco volvía al presente. Tras esto, el guardia se paseó por fuera y le regaló una barra de chocolates que se encontraba rellena de un poderoso somnífero. El hombre, en pocos segundos, cayó en un profundo sueño.

Cuento realizado el año 2013 que encontré entre mis archivos, espero que os guste.


Colaboración de Nicolás Vejar

Chile
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