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Viaje en bicicleta

 

Toda la velocidad de la modernidad en mis pies.

Nada se muestra, todo es una mancha de color gris.

El viento me encierra en una tormenta de frío y todos los pelos de mi cuerpo se levantan.

Los sonidos de las ramas que crujientes, marcan el pulso del tiempo que se desvanece.

Latentes pulsiones sordas en chorros me llenan.

Pequeños cristales que estrellan unos contra otros en mi sangre.

Lo oigo todo; el Universo se está expandiendo.

Rompo la armonía y mis ojos empiezan a sangrar.

Venas que se inflan y nervios que se rompen de tanto doler, de tanto correr.

Nunca la luz se hizo tan cegadora, nunca tan cruda.

Edificios, calles y calles, carros, pies, ladrillos, caucho, brea.

Sólo existo yo y toda la belleza del mundo hecho esencia.

Gigantescas masas de sonido atonal, de sonido primigenio que se desató y retumba como macizos de la piedra dura, intocada.

Todo es brusco, todo es adverso.

Una solemnidad implacable y yo sigo.

El terror, el sudor como si fuera el primer ser humano en presentir al mundo.

Todo se suelta: mis rodillas, mis ojos, mis brazos, todo en caída libre hacia el umbral.

Nada podría pararme y sin embargo lucho contra todo.

Lucho contra el océano furibundo, contra la montaña (y Dios me está mirando con miedo de ser pequeño) No veo infinitos ni eternidades.

Siento que mi humanidad no cabe, que la absorben las raíces, se mete en los poros de las hojas gigantescas, penetra la corteza áspera de los troncos majestuosos y se mezcla con el fango putrefacto.

Todo intoxicante, el aire pesado y los pájaros como elefantes voladores.

Ya no conozco, sólo siento impulsos primitivos y caníbales.

Veo a ríos tenebrosos, a dioses enfurecidos.

Veo transes espirituales y a la Tierra enardecida de ser nueva.

Intranquila, hormonal.

Veo tempestades de ácido y siento animales monumentales.

Huelo a historia desentoldada.

Abre su cola, se explaya, se levanta de un sueño de siglos.

Huele a pólvora, a emoción, a tierra.

Huele a madera, a la humedad de lo viejo.

Una lluvia de cenizas que intuyo milenaria.

Todo encuentra su camino, sin embargo todo se confunde.

Me siento mareada, no entiendo más que seguir corriendo- el pánico de Dios-

A una grieta gigantesca- como si se me abriera el mar rojo- entro entumecida de poder.

A la partícula se le fue dado el Universo.

Sin piel, y el tiempo que brota como vapor hirviendo.

Se muestra el principio, lo jamás visto…

Una orquesta de sonidos graves que vibran y sus agudos que se inflan como pulmones.

Un piano cuyas notas se esfuman combinándose con pequeños soniditos de grillos en la noche húmeda.

Luciérnagas y platillos.

El desorden.

Gotas de nostalgia me tocan y siento la pesadez de ser inmensa.

De pronto; todo negro.

Una placenta caliente lo oscurece todo.

Oigo trompetas y tamborines: la victoria.

Todo negro, todo asombrado de ser nuevo.


Colaboración de Claudia Solano
Colombia

 

 


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