Querida mía:
Ya falta poco tiempo. Mi hora ha llegado. Lo último que verás de mí es esta carta que te escribo. Te pido que no me llores cuando me haya ido. Hemos pasado mucho tiempo juntos: desde que nos conocimos aquel día de febrero en el parque; yo, con uniforme de soldado; tú, con ese vestido azul claro.
Creí ver ese día a un ángel, pues relumbrabas con tanto brillo que las estrellas parecían sombras, ahogadas por la luz de tu figura. Recuerdo tu mirada esmeralda, con tus labios esbozando una sonrisa reluciente, con tu larga melena que se agitaba como una bandera negra por el viento. Luego, nos cogimos de la mano. Paseamos hasta llegar al olmo donde nuestros cuerpos se fundieron en un abrazo eterno, con un beso de tus labios de fresa paramos el tiempo, enmudeció la naturaleza, llegamos al Edén...
Desde ese momento, mi amor por ti fue eterno. Las cosas cambiaron con el paso del tiempo. Llegó el invierno del hambre y de la guerra. Nos separaron los hombres, pero el amor nos mantuvo unidos a pesar de la lejanía. Oigo los rezos resonar. Mi hora está cada vez más cerca. Espero que esta carta llegue a tus manos. Albergo la ilusión de que así sea.
No llores por mí. Las lágrimas que derrames no me harán volver a tu lado. Los recuerdos serán tu consuelo. Sólo quiero que sepas que estaré en tu recuerdo, como una sombra del pasado.
Camino hacia la horca. El verdugo viste una túnica negra que le cubre por completo. Un hacha afilada se sitúa en su mano izquierda. Se acerca un sacerdote. Me pregunta si quiero confesión. Confieso que amé y creí en Dios, pero ese ente se difuminó cuando nos separaron. ¿Por qué nos negó el estar juntos? ¿Acaso no es el Dios del amor y el perdón? ¡Cruel hipocresía! Termino esta carta con un beso y unos versos. Nunca me olvides. Yo estaré a tu lado, donde quiera que estés.
Un ángel cayó del cielo
Un regalo me fue otorgado,
algo inesperado,
que de mis ojos quitó el velo…
Gran alegría recorrió mi ser
mi corazón retumba con la fuerza de un bisonte,
mientras tu cuerpo resplandeciente iluminaba el horizonte,
tu sonrisa, más que generosidad, es derroche…
Tu blanco rostro siempre hará brillar mis noches,
a pesar del tiempo y la distancia,
en mi corazón tienes estancia,
cuando llegue el fatídico día del adiós…
te pido que no albergues dolor,
el sonido de mi voz
en tu pecho estará
mi corazón es mi regalo
espero que lo mimes y lo cuides
querido ángel alado.
El viento sopla con fuerza.
Me colocan en la horca.
Veo por última vez al verdugo.
Silencio. Todo ha acabado
Colaboración de
Daniel Fdez.
España