Mefistófeles y el Señor, tan cercanos como el primer día
Mefistófeles y el Señor, tan cercanos como el primer día

 

Desde el nebuloso brisco de tintura celeste
con el canto de las esferas y su camino delineado
que ante su magnanimidad, las obras sublimes
e inabarcables son tan bellas como el primer día.

Y contempla con magnificencia el movimiento de la tierra
a su alrededor, y cómo el firmamento entero
se oscurece para ver nacer y morir
su espacio paradisíaco, con el océano revoltoso y envuelto
de peñas y rocas, correr como el primer día.

Hace rugir, con estruendoso acento las entrañas
de la tierra caliente e infértil, vomitando a su paso
la corrupción que lo devora por dentro
la desolación flamígera que precede al brillo
del rayo, y conmemora su acaudalado imperio
absoluto y amoroso con el mismo fulgor del primer día.

¡Cómo has caído del cielo! Lucero
hijo de la aurora, esculpido en belleza
en oro estaban labrados tus aretes
y todo atavío aderezado, desde el primer día
de tu creación.

Pero fue tu vanidad, tu rebeldía y tu propósito
concedido de la luz de todos los ángeles
vertido en gran belleza e intelecto
fuiste perfecto en su conducta, desde el
primer día de tu creación

Pero tu corazón se ha engendrado de tu belleza
y demonio, has corrompido tu sabiduría
a causa de tu esplendor, rey de reyes te hacías
y has sido víctima y motivo de la ira de Dios.

Sus lívidos fulgores, que escupen a mi presencia
maestro, ya vuelves a acercarte una vez
con vuestra celestial corte que miras y amas con ternura
como acostumbrabas verme en otro tiempo.

Perdóname, no se articular grandes frases
y todo sello de tu mano creadora no engañosa
perdida en el polvo del tiempo y de las fauces ardientes
esta, y por ello no dudo que alentaría tu risa mi jerigonza
si no hubieras perdido la costumbre de reír

Nada puedo decir del paraíso, ni de los mundos
que de tu infinito pensamiento inagotable haces nacer
Y ahora el panorama de la perezosa vista que me invade
es la miseria del hombre, el pequeño dios del mundo
es siempre del mismo temple y en realidad
tan curioso como el primer día

¿Es acaso eso, todo lo que tienes que decirme?
Es que nunca habrá para ti, algo bueno en la tierra
¿no proclamabas ser dueño del corazón impuro
y corruptible como según tú, lo era el del hombre?

No maestro, todo ahí abajo me parece tedioso
aburrido y detestable, me apiado de los hombres
algunas veces, en sus días de miseria, tanta lastima
me dan en ocasiones, que ni valor tengo
de darles tormentos.

Hay un hombre en la tierra, un doctor
hambriento del saber infinito, y absoluto
ha devorado intereses y conocimientos pero
no sabe alimentarse de cosas terrenas

Quiere las estrellas más bellas del firmamento
y la concordancia de la rectitud, sin un pensamiento
prófugo ni empedernido, su curiosidad en absoluto
y su sendero por la desesperada búsqueda a las respuestas
del mundo inmaterial.

Cierto es que nada habrá de saciar
las inmensas aspiraciones de su corazón,
si es esa una naturaleza pura e inmaculada
por los caminos de la tierra
no quiero que pase mucho, para traerlo a los senderos del cielo.

Entonces propio sería apostar maestro,
Apóstenos a que lo perdemos aún
déjame atraerlo a mi camino, y quizá esta vez
no con una manzana, o con una forma vasca y colmilluda.

El vicio del hombre, solo hace a la bestia más bestia
Déjame mostrar su verdadera naturaleza, que cual todo hombre
que conserve aun, el sello de su escultor
que habrá de discernir y vislumbrar en pecado y perdición

Así pues gane, tan pronto me haya encontrado
con aquel hombre, me dará usted
majestad imperial la victoria completa, quiero verlo
morder el polvo con delicia.

No hacen falta los arrebatos, ni los renombres
Habrás de reconocerte vencido y humillado,
al dar cara y muestra de que un hombre, aun siendo
viajero en las penumbras de la oscuridad
es capaz de recordarse de la senda recta.

¡Se le resbala el suelo, se le viene abajo el cielo!
trato hecho, que mal el poco tiempo que en esta
apuesta hoy impera, ¡ah pero qué grande es el placer
que experimento al ver a veces a mi antiguo padre!

Miren que tan esplendoroso Señor, y hablar
tan amenamente con el Diablo
¡ah pero que hermosa escena!
Y para prescindir más en aquel hombre
Le conozco, a él y a sus deseos, a su alma
inmersa y distorsionada, Fausto.

El gran Vicario truena desde lo alto
Y no puede eludir que él y los suyos
saben cazarme, igual que como se yo
cazar a los ratones.

“Los brillantes discursos para decir cosas superfluas acerca de la humanidad son estériles, como el nebuloso viento de otoño que gime entre las rocas secas”.
-Fausto-

 

Un escrito inspirado en la obra maestra "Fausto" de Goethe. Una metamorfosis desde mi punto de vista.

Colaboración de M. Le Vent
México

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