![]() |
![]() |
Home Pensamientos Reflexiones Poemas Contacto Ni olvido, ni perdón
Hoy, después de tanto tiempo, me estás pidiendo dos cosas imposibles. La primera: Cómo podría olvidarte? Mira, ese amor nació en forma totalmente inesperada, yo no estaba emocionalmente preparada. Había pasado muy poco tiempo desde que había perdido para siempre mi estrella polar, mi brújula, mi norte en la vida. Estaba ocupada en una pulseada con el destino, una lucha entre ceder a la resignación por la muerte reciente de mi madre y el tener que hacer las cuentas con el vacío enorme en el que me quedé sumida después que ella se fue. Y si bien es cierto que sufrí con ese amor de locos que sentía por vos, prefiero una y mil veces tenerme el recuerdo de ese amor no correspondido con todo el dolor que eso significó, a borrar con el olvido una parte tan importante de mi vida como lo fue. Sería como renegar que viví, que gocé, que sufrí, sería como pensar que no valió la pena, intentando cancelar las cosas que me hicieron crecer. Sabes, no recuerdo exactamente qué cosa te pude haber escrito en esa carta donde mencionaba mi "karma", sólo recuerdo que te la di pidiéndote que la leyeras de regreso a tu casa, pero puedo sólo imaginar que debe haber sido algo así como una pobre declaración de amor, seguida de una despedida. En verdad no sé si en esa oportunidad te declaré abiertamente el amor que sentía, pero si no lo hice, de eso me arrepiento. Te confieso algo, después de esa experiencia aprendí una cosa muy importante, y en todas las sucesivas «batallas» que decidí afrontar en mi vida, lo hice siempre pecando «por exceso» y nunca más por «falta de». Qué quiero decir con esto? que no quería encontrarme al final de una vida NO mía, fingiendo o haciendo de cuenta que ciertas cosas no cuentan. Es por eso que prefiero el dolor “cierto” de las heridas que deja el vivir, a la incertidumbre de no saber cuáles son mis límites. No pienso que de haberte declarado mi amor las cosas hubieran sido distintas entre nosotros, es que me da pena habérmelo vivido mal. Porque en esa época ilusamente creía que el amor era una cosa “meritoria” y que por ende debía ser conquistado como un 10 en matemáticas. Y como era obvio que yo había fallado en esa empresa, eso me llevaba a la terrible conclusión que no lo merecía. Con el tiempo y a fuerza de errores (admito que a lo largo del tiempo agoté las ganas de seguir dando saltos mortales en el intento de conquistar el corazón de un hombre), hice experiencia de esos errores y llegué a una concusión, comprendí finalmente que el amor es un regalo y que no se obtiene a través de los méritos, así que me puse el alma en paz. La segunda: Qué cosa tengo que perdonarte? Perdonarte sería como reconocer que hiciste algo en mi contra. Yo por mi parte nunca lo pensé, y si hiciste algo deliberadamente, no me di cuenta. No sé exactamente el motivo por el cuál me pedís perdón, pero me pregunto si tal vez yo te hice sentir alguna culpa? Tal vez te insinué o te dije que me hacías sufrir? Tal vez lo crees porque no fui a tu casamiento? Como podía hacerlo! Tenía terror de imaginar la escena! Estaba segura que no hubiera podido resistir como un soldado de la guardia británica, mientras el hombre que amaba prometía amor eterno a otra!. Ya me veía como la desgraciada de turno en las telenovelas, gritando tu nombre desde el fondo de la iglesia, confesando entre llantos a todos los presentes mi amor por vos y pidiéndote de rodillas que no lo hicieras. Es por ese motivo que no me presenté. No quise castigarte ni ser descortés contigo, pero no podía someterme por mano propia a ese sufrimiento por demás inútil, dado que aunque no pude verte en el altar, te juro que ese día y a esa hora sentí un dolor desgarrante en la carne, como si me arrancaran un pedazo. Pero por lo demás, nunca creí que fuera un delito NO ser correspondida en los sentimientos y por ese motivo nunca se me ocurrió hacerte una culpa por ello, sin dudas... eso SI; fue una gran pena, pero totalmente priva de intencionalidad. Yo recuerdo exactamente lo que nos dijimos cuándo comenzamos a vernos clandestinamente. Recuerdo que me advertiste que tenías planes de casarte, que no estabas en condiciones de prometerme nada, me dijiste que no me ilusionara porque no duraría. Y yo, que no conocía todavía las pasiones que el amor despierta, ingenuamente acepté las condiciones. Y luego ya era tarde para emprender la retirada. Después de transcurrido un tiempo desde el inicio de nuestros encuentros y visto que no te casabas (recuerdo que postergaste la fecha un par de veces), comencé a pensar que tal vez nutrías algún sentimiento hacia mi persona y que eso te había hecho cambiar idea con respecto a tus planes. Era sólo una ilusión que me permitía retardar los tiempos del final. La única cosa que me hacía enojar (y tampoco era un enojo hacia tu persona), eran los compases de espera que yo abría con la esperanza de verte -y esa era una decisión puramente mía y en la que vos no tenías ni voz ni voto dado que era yo la que decidía esperarte-. En realidad, tantas veces de regreso a casa después de un encuentro frustrado, me repetía que esa sería la última vez y que ya no volvería a esperarte indefinidamente, que pondría un límite a mi espera frenética. Por ejemplo; me dije que te esperaría 15’ o tal vez 30’, y si no llegabas, volvería a mi vida, a mi casa, a mis cosas cotidianas, a mi rutina conocida y estática, a mis pensamientos que se negaban a dejarte ir, que querían retenerte contra viento y marea, cosas mías que nunca tuve el valor de decirte. Claro, en ese entonces pensaba que era mejor no dar a conocer mis sentimientos, porque de esa manera quedaba dolorosamente expuesta, desnuda como un niño recién nacido, inerme y desolada ante un posible rechazo, o lo que hubiera sido aún peor, ante una actitud indiferente. ¿Pero qué me hacía pensar que esa sería la última vez que de verdad te esperaría? Y si no te esperaba, qué hubiera sucedido? ¿Cómo podría perder lo que nunca tuve?. Por más que me esforzara en repetirme una y mil veces que poner un límite hubiera sido como un bálsamo para mi espíritu, las cosas andaban como tenían que andar, y yo; que no tenía el coraje de irme antes... Por si acaso me regalabas un rato de tu compañía, esperaba casi sin quererlo, hasta sentirme vencida por el cansancio, esperaba hasta que se me pasaba la agitación por verte, esperaba hasta que se desvanecía en la noche la última esperanza de que llegaras, esperaba luchando con la razón que se interponía severa al sentimiento, y como para hacerte reír un poco, debo confesarte que a veces esperaba hasta que cerraban el bar. Porque nuestros encuentros furtivos la mayor parte de las veces tenían horario nocturno. Y era en ese barcito, “Eros” creo recordar, que te esperaba. Aún si no llegabas, mi mente, que no quería razonar con los nones, repetía que a lo mejor habías tenido un contratiempo, o que no habiendo podido zafar y para no dar en el ojo, habías tenido que mantener las apariencias, o que se te había hecho tarde y que arriesgabas perder el colectivo para regresar a tu casa, o que... tantas otras cosas, TODO antes que reconocer que nutríamos sentimientos distintos. No, no te hago una culpa por ello, simplemente no lo podía entender porque estaba demasiado enamorada del amor, y todos sabemos que el amor no reconoce razones. No era culpa de nadie, de ninguno, ni siquiera era mía la culpa. Cómo no iba a querer repetir esos momentos hermosos pasados en tu compañía aún a costa de esperarte infinitamente, cómo hubiera podido negarme a esa mezcla de emociones que me regalabas cada vez, que me dejaban casi sin aliento, que me hacían vibrar el corazón de felicidad, una emoción que me transportaba a lugares desconocidos, arrastrándome como una ola gigante y espumosa, dulce, tierna, querida y deseada. Es por eso que te esperaba. Claro, luego empezaba el segundo round que era todavía más duro que la espera vana, un monólogo infinito, tedioso, lleno de desaprobaciones y contradicciones entre “yo y yo”. Y quién puede decir que todo lo que hice y sentí en esa época no era genuino? Es fácil ahora, hoy, con la experiencia de un adulto juzgar las acciones de una muchachita que esas cosas las tendría que aprender haciendo camino... y como todos sabemos, la mejor forma de aprender es con la prueba y el error. Que podías haber hecho que no hiciste; para evitarme ese dolor? Por todo esto te digo que no tengo nada que perdonarte. Te estoy agradecida por la historia de amor que me regalaste tanto tiempo atrás, y por tus palabras de HOY.
Esta es una carta que le escribí a un viejo amor del pasado con el que estamos nuevamente en contacto -virtual- (un amor de 17 años atrás), que me pide dos cosas: que lo olvide y que lo perdone. Mientras la escribía, debo confesar que a pesar del tiempo transcurrido desde esa época (1987), mis emociones eran exactamente iguales a las de ese entonces, es como si el tiempo se hubiera congelado en un instante infinito.
Colaboración de Adriana
|
| ¿Te gustaría que tus escritos aparezcan en Tu Breve Espacio? Te doy el crédito por tus colaboraciones. Escríbeme También dime si deseas que ponga tu correo en tus colaboraciones o no. ¡Gracias!
|