Fue un día de tormenta y el cielo no dió color,
llegó para darme vida el día que Dios se la regaló.
Comprendí que era mi primer amor,
con caricias de madre lo acuné, con mi pecho le di calor,
¿cómo no amarlo?, si con él nació el sol.
Ya no importaban mis días grises,
solo, éramos él y yo, crecía
y sin darme cuenta yo era su refugio en el dolor.
Le presenté con Jesús, creció y Jesús se
le presentó,
le recibió con amor, lo que le pasó aquél día
fue lo mejor.
En los afanes de la vida, con caminos ya pisados,
quedaron huellas de dolor, fue lo que eligió un día,
olvidándose de Dios.
Mil palabras mil consejos tapizaron su habitación,
no digas nada Madre que tú hijo ya creció.
Fueron palabras que clavaron y acrecentaron mi dolor,
enmudecí y lágrimas cayeron, de testigo Dios y mi habitación.
Buscó un lugar para escapar y no ver lo que vendrá,
si él no se apresura, huellas de dolor recordará.
Dios ¿qué hago ahora? ese fue mi clamor,
calla y espera me dijo, tú descanso soy yo,
ya seca esas lágrimas y haz oración.
Le dije, ya no hay tiempo que perder
deja el afán a un lado que no te deja ver.
Busca a Dios y su justicia, y lo demás verás crecer.
Nacerá un sol de justicia te cubrirá bajo sus alas,
con sus manos te acaricia y te dice deja las cosas vanas.
Una huella de dolor, mil consejos mil palabras aún tapizan tú
habitación,
pero, ahora es diferente todo se lo dejo a Dios…