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El fin del paseo por las nubes

 

No sé a dónde irte a llorar… porque sigues vivo, pero no te veo, no te siento ¿Dónde estás? Te he llorado tantas noches, te extraño tantos amaneceres, te he esperado tantos atardeceres… y me sigo preguntando, ¿dónde estás?

Te he buscado en muchos labios, en más caricias, en mil abrazos y en un par de lechos.

Pero nada es igual sin ti.

Sin tu risa, esa fuente inagotable de alegría. Sin tu voz, que al sólo escucharla, sacudía las fibras más sensibles de mi ser. Sin tus caricias, que me hacían sentir fuera de este mundo. Sin tus besos, que llenaban todos y cada uno de mis espacios.

Sin tu cuerpo, que con su maestría, me hacía tocar los bordes de las nubes, empaparme de lluvia y descansar sobre hierba húmeda… pero siempre abrazada de ti, respirándote, sintiéndome segura en el pequeño espacio de tus brazos.

Hoy te extraño como se extraña a quien se ha ido de este mundo. Pero sigues vivo, continúas con tu vida, aunque tu voz se ha tornado dura y tu mirada, esquiva.

He regresado a aquél lugar, dónde fue mi primer, mi verdadero, mi único paseo por las nubes. Y no estuviste, otra vez, como aquella ocasión, cuando todo era nuevo para mis ojos.

La carretera a Pachuca fue más larga, que aquella vez que la recorrí contigo. Real del Monte me supo a nostalgia y a frío helado sobre mi piel. Cuando se asomaron los primeros paisajes de Huasca, las lágrimas se desbordaron y rodaron cuesta abajo por mis mejillas.

Llegué a la cabaña, tomé una bicicleta y no descansé hasta divisar aquella pequeña loma, hasta arriba, donde está la iglesia.

Cuando llegué, corrí al mirador, aquél donde por primera vez tu cercanía me hizo sentir nerviosa.

Mis ojos se perdieron en el horizonte infinito.

Vi otra vez ese valle, verde y sereno. Vi la isla del Conde de Regla a un lado. Toqué suavemente con mis manos aquella barda, como si con ello, recuperara la sensación de tener tus cabellos entre mis manos. Y lloré, a caudales, a mar abierto…

Fue como llorar en tu tumba, porque el Adrián que amé se quedó ahí, en ese lugar, en ese momento.

Me cansé de llorar, de recordarte. Grité tu nombre al viento y luego me recosté sobre el césped húmedo y frío. Lloré como niña, hasta desfallecer.

El viento empezó a soplar fuerte, enjugó mis lágrimas y los senderos que éstas trazaron en mi rostro. Quizá, sólo en ese momento, me sentí con fuerza para levantarme y volver a mirar al horizonte. Y entonces comprendí…

Comprendí que no es fácil decir adiós, bajo ninguna circunstancia, cuando se ha amado tanto como yo te he amado a ti.

Comprendí que has empezado una nueva vida en la cual no estoy incluida. Comprendí que todo tiene un principio y un fin. Comprendí que era hora de decirte adiós. Comprendí que el paseo por las nubes, terminó…

Y te dije adiós, entonces.

Mi rostro adoptó una actitud de serenidad, de tristeza infinita, pero de serenidad… agradecí a Dios, a la vida, haber vivido junto a ti todo lo que viví.

Agradecí que te haya puesto en mi camino y haber permitido llegar hasta donde llegamos.

Agradecí las mañanas, las tardes y las noches junto a ti. Y, como cuando te despides de alguien para siempre, solo me queda la esperanza de volverte a ver un día, no en esta vida, sino más allá.

Para entonces, quizá y sólo quizá, entonces, al fin, podamos volver a estar juntos, como aquella primera vez y juntos emprender, otra vez, un paseo por las nubes.

Te amaré siempre Adrián…

Colaboración de Angélica
México

 

 


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