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Carta para un corazón desconsolado

 

¿Y ahora? Aun ahora cuando el alma es solo un desolado desierto donde merodea la inclemente melancolía, aun en ese momento, piensas en el ¿verdad?

Aun cuando cierras los ojos para torturarte tratando de recordar aquellas devastadoras palabras que demolieron tantos instantes de ternura infinita, aun así, piensas en él. Tantas promesas en vano, tantas veces te sentiste protegida en sus brazos y ahora, no hay nada, todo se esfumó quedando solamente la enorme huella de la mentira en el que se cimentó aquella relación.

Al principio, sientes que nada tiene sentido ya. Hasta las cosas más cotidianas parecen ser tareas titánicas. Duele el levantarse, duele el caminar, hasta el aire que respiras parece distinto, gris y asfixiante, el agua amarga y salobre, la comida insípida. Y el interminable martilleo de sus palabras en tu mente. Una y otra vez, sin detenerse. Además del constante asalto de interrogantes acerca de su actitud y sobre tu grado de responsabilidad en aquella infausta decepción.

De pronto piensas que no tienes porque sentirte culpable, al fin y al cabo, el perro es el. El que mintió fue el. El que jugó con tu corazón fue el.

Y ahora sientes que la cabeza te quiere estallar, tu cuerpo empieza a arder, es el fuego del odio. Y así como supiste un día quererlo con toda el alma, es ahora cuando aprendes a odiarlo con la misma intensidad. Y quieres tenerlo frente a ti, en ese momento para llenarle de improperios, decirle que es una basura, que es de lo peor, que maldita la hora en que te fijaste en el. Pero dentro de ti hay una batalla entre tu mente y tu corazón, porque es este último el que no olvida fácilmente.

Las lágrimas empiezan a correr por tu rostro, muestra innegable de aquella lucha interna.

¿Si debes odiarlo, y crees que lo odias, que es ese sentimiento que tratas de ocultar de ti misma? Y la impotencia de saber, en el fondo de ti, que aun no puedes sacártelo de tu mente, hace que el rocío de tu alma brote amargamente de tus ojos.

Tratas de lavar de esta manera el pecado de amarlo aun. Te repites una y otra vez que el solo te volverá a hacer daño. Y tu razón y la experiencia confirman esa afirmación. Pero... Siempre hay un pero en cuestiones del amor.

Mas sabes que debes olvidarle. Y vuelves a esgrimir las razones anteriores. Pero eres consciente que para ganarle la batalla a tu corazón, deberás construir un muro infranqueable, no solo para el sino incluso para cualquier intruso que pretenda conquistarlo.

Te convences, o tratas de hacerlo, que todos son iguales, que todos solo quieren aprovecharse de ti, contarte los mismos dulces cuentos y mentir lo necesario para obtener lo que desean. Ahora, tus ojos cambian de color, ven solo la negritud de los actos humanos. La desconfianza invade tu alma y se posiciona en ella.

Ahora, crees que, ves las cosas de manera distinta.

El pálido y deprimente cielo limeño incrementa la frialdad, este nuevo sentimiento, en tu alma. Te sientes mas tranquila de haber apagado las llamas en tu corazón. Lo ves y tratas de no verlo. Dices no importarte su presencia pero aun te incomoda.

Tal vez ya no es aquel aguijón inclemente que sentías clavado en medio de tu sangrante alma, pero ahora es una casi como una piedrecilla en el zapato, como una molesta basurilla en el ojo. Pero aun molesta, ¿verdad?

Y crees que debes enfriarte aun más. Que no debes bajar la helada guardia de tu ser para no salir dañada una vez mas. Cierras todas las puertas y ventanas a la mas mínima posibilidad de ilusionarte con alguien. Deseas que te dejen en paz. Quieres intentar no volver a caer. ¿Lo lograrás? Ya lo veremos.

 

Colaboración de Alexis Javier Baldeón
Perú

 

 


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