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Crónica de un imbécil sábado luego de un asco de viernes

 

Jair y yo comenzamos el día a las 6:00 AM levantándonos para acudir a presentar el examen de matemáticas, pues habíamos estudiado un día antes con Rodrigo, quien se desesperó con nuestra actitud mediocre todo el tiempo.

Ésa mañana estuvo regida de tensión para mí, pues no encontraba respuestas en mi mente a los problemas del examen y es que lo peor de todo fue que mi hermano no me había dejado dormir aquella noche previa al examen, porque estuvo fuera de casa echando desmadre (con aquellos quienes dicen ser sus amigos y lo digo de ésa manera porque creo que tiene la misma asquerosa suerte para encontrar ‘‘amigos’’ que yo), mientras trataba de dormir luchando incluso contra el calor.

“Muchachos ya entreguen sus exámenes” – Fueron las palabras que pronunció por última vez la hija del maestro, que por cierto tiene parecido con su abuela, una anciana que posee unos abarrotes allá por el Coecillo, un barrio bastante afamado de León y la recuerdo bien porque nunca devuelve las gracias en las compras de sus clientes.

Contesté el examen con lo que recordaba, pues ni adelante ni atrás de mí se encontraban alumnos dignos de reconocer su desempeño, eran otros mediocres como yo y qué lástima porque entonces reprobaría el examen.

Se acabó el examen a las 11:00 AM en punto luego de empezarlo a las 7:00 AM, las matemáticas con Altamirano nunca me fueron fáciles ni me serán.

Luego de ello, como otro sábado de examen por los pasillos, en el patio y en cualquier área del Instituto “Leonés” podían escucharse los murmullos, las críticas, los comentarios e incluso las respuestas falsas y engreídas por parte de los chavos que les resultaba “pan comido” toda lógica – matemática.

Salí entonces por fin del colegio y decidí sentarme a fumar un cigarrillo, pues el tabaco ayuda a calmarme el estrés.

A mi lado estaba Jair preguntando y relatando cosas absurdas como es su costumbre, quizás por ello mi prima nunca le ha hecho caso (risas) tiene una forma de entablar plática muy chistosa.

De repente se acercaron Pato mi ex novia, Chuy y algunos otros que no recuerdo por el momento para informarnos de su partida, fue entonces cuando me puse de pie y me despedí como siempre lo hacía de Pato: mordiendo con mis labios su fino y hermoso rostro, luego volví a mi asiento que no precisamente era una banca, pues no era más que un escalón para acceder a la tiendita que está ubicada frente al Leonés.

Aquél día había quedado de verme con mi ex mejor amiga: Martha, habló a mi casa dos días antes para ponernos de acuerdo y salir a algún lado.

Los dos planeamos acudir a la exposición de culturas de México que se encontraba en el Arco de la Calzada, un monumento que casi no dice mucho sobre la Ciudad de León.

Esperé y esperé y nunca llegó, lástima yo que deseaba verla tanto como convertirme en un verdadero cineasta (tal vez no sea cierto… lo de verla con muchas ganas).

Jair y yo discutimos: le comenté que debería ir a una granja que nos había invitado Gerardo pero él insistía en que a Aura (su momia, digo su novia) le había prometido desde hacía una semana antes visitarla o al menos recogerla para ir a su casa.

Me replicó que ya había pasado el fin de semana anterior con nosotros sus supuestos amigos y le respondí: “¿Ah entonces es un fin y otro no, un fin y otro no, un fin y otro no?” – “¡No, no es eso sino que…!” – me interrumpió al tiempo en que mi paciencia se colmaba pero fue entonces cuando pensé que era preferible no armar una tremenda charreda donde sólo había un pequeño pony.

Luego de algunos momentos, me dio bastante hambre y entré en la tiendita donde estábamos sentados, para comprar algo porque no aguantaba el dolor de estómago, le ofrecí a Jair una torta y me la pidió de chorizo el muy vicioso (risas), las comimos y después fuimos a la parada del camión donde Jair y yo acostumbramos a conversar tonterías y nos dedicamos a admirar a las jóvenes que pasan de casualidad por ahí.

En el trayecto a bordo del autobús íbamos bromeando de cosas insignificantes y en uno de ésos momentos subió al transporte una sensual chava que por el uniforme del colegio Cristóbal Colón supuse entonces era una persona fracasada que habían corrido de alguna otra escuela o simplemente decidió meterse a ése instituto como cualquier otra persona que desea superarse.

Aunque bueno, en aquél instante no me importó aquello sino sus curvas peligrosas y vaya qué eran peligrosas, pero sinceramente me llamó más la atención su cara, era bella, mucho.

Durante el recorrido Jair me invitó a su casa pero le dije que tenía que bañarme y checar qué onda con el compromiso de la granja, de nuevo insistió pero la verdad no tenía ganas de aventarme tres horas platicando de Aura y Rosario, digo, en ésta vida hay cuatro millones de temas de conversación y Jair ya sólo escoge ésos dos temas.

Bajé del camión luego de un viaje pequeño de veinte minutos.

Accedí a mi colonia entrando por la parte trasera de la calle donde vivo: Mar de Azov y así para poder verme con Gerardo en su casa.

Me abrió la puerta, mas no la reja, y por ello saqué el candado de su lugar y me tomé la confianza de optar por entrar sin su permiso (era obvio, tenemos años de conocernos).

Estuve unos cuantos instantes en su casa pero entre plática, murmullo y desmadre comencé a dormirme, pues realmente me hizo falta el descanso de la noche pasada y no fue entonces por otra causa, sino por ésa, que creí necesario ir a mi casa a tomar la siesta un buen rato para recargar energías y acudir a comprar un regalo chido para mi ‘pá, se acercaba el día del padre cada vez más.

Al llegar a mi casa lo primero que hice fue mascar uno cuantos chicles porque el olor a cigarro permanecía en mi boca aún después de cierto tiempo y es que en éstos “tiempos de cólera” lo más inconveniente es que además de ser un mal hijo (como yo) todavía te eches a perder a ti mismo.

Mi ‘má abrió la puerta y me preguntó con preocupación falsa como es común “¿Cómo te fue?” -Bien, gracias – le contesté, engañándola como siempre, porque todos los días hay algo que me tiene que desesperar la existencia aunque lo mejor es que me repongo eficazmente con algún hecho cómico o alguna actividad como esto que estoy haciendo: escribiendo en Word 2003 y bien cierto es que ni a mí ni a la compu nos pagan por estar aquí los dos, uno frente al otro por horas escribiendo divagues que nos entretienen y nos ayudan a regular la experiencia, me estoy metiendo en otros rollos que preferiblemente dejaré…

Subí a mi cuarto, prendí el estéreo y le puse play en el disco que más escucho por ahora y, como perro asoleado, me acosté en mi cama con la primera posición que encontré aunque después de cierto tiempo me arrepentí pues estaba incomodísimo y entonces me coloqué boca abajo abrazando mi almohada y tomé una cobija para taparme al menos los pies ya que el calor ayer sofocaba increíblemente, cerré los ojos por última vez creo yo por aquello de la 1:30 PM y volvía abrirlos como a las 3:30 PM: ¡estaba exhausto!

Desperté creyendo que estaba solo, ya que el silencio vaciaba cada una de las habitaciones y recovecos de mi hogar, aunque claro cómo era de esperarse, mi madre (tierna educadora, verdadera madre y sabía ama de casa) estaba sino es que en el tercer, en el quinto sueño de la tarde y vaya que sabe disfrutar sus tardes (risas).

Bajé por algo de comer para saciar mis necesidades fisiológicas (término empleado por Abraham Maslow en su pirámide de necesidades básicas del hombre ubicado en la parte inferior total de la pirámide), luego me resigné a ver la tele esperando la llamada que Gerardo había indicado haría a mi casa.

Por fin timbró el teléfono a eso de las 4:12 PM y al colgarlo opté por subir a cambiarme de ropa.

Había llegado el momento de ir a Plaza Mayor a comprar el regalo de mi ‘pá que cariñosamente ya lo tenía planeado: un buen libro que terminara con sus ganas de leer revistas católicas y libros que no buscan otro tema que no sea explicar el origen de Dios o lo que él desea por parte de nosotros sus hijos y es que tomé tal medida, porque ésas lecturas que mi papá hace me cansan y aburren al máximo ¿Porqué no disfrutar la vida de una manera correcta y ya?

Gerardo y yo tomamos el autobús ruta 14 (de rumbo al norte de la ciudad) un poco tarde pero eso no era lo peor, lo más desagradable era que el camión tardaba unos cuarenta y cinco minutos en llegar a nuestro destino.

El camino empezaba a hacérseme bastante largo y mi cuerpo me reclamaba por la aburrición que estaba pasando, pero ocurrió entonces que Gerardo me dio una palmada en el hombro al mismo tiempo en que se reía, así al voltear pude darme cuenta de la gracia del momento y es que nunca falta uno que otro despistado que se queda getón en el trayecto cuando se viaja en un camión urbano, y además de cabecear de un lao ‘pa otro cómo diría Celia Cruz, el muchacho ni cuenta se dio que dejaba caer su saliva en el asiento y en su suéter.

Cabe destacar que al bajarse allá por Jardines del Moral la saliva todavía estaba húmeda en su suéter, no se había secado (risas). Fue él quien provocó una burla grotesca mientras nos dirigíamos a Plaza Mayor, él nos animó el momento y creo que hay que dar gracias a Dios por ello.

Llegamos al centro comercial y a la mente viciosa mía se le ocurrió fumar un buen cigarro Benson & Hedges Menthol, incluso Gerardo apoyó mi idea y cómo dos viejos amigos curiosos por la vida entramos desdeñando humo por doquier que caminábamos.

Le dimos una breve vuelta al lugar y luego decidimos buscar el regalo que haría de mi padre un hombre aún más culto.

Estaba desesperado y no encontraba algo interesante para sus ojos (ojos verdes carmín que denotan tristeza y tensión por la situación económica de la ciudad zapatera).

Entonces me topé con un libro de portada llamativa, autor Novel y pura profesionalidad “Memoria de mis putas tristes” de Gabriel García Márquez que creo yo fue unas de las mejores opciones que pude haber tenido para su obsequio.

¡Enhorabuena! Me sentí realizado cuando pagué por el libro en la caja.

Al salir de la librería pensamos en caminar aprisa para que el autobús no se nos fuera simplemente por un descuido de tiempo, a nuestro paso prendimos otro cigarrillo para pasar el rato (¡qué tontería!).

Llegó a la parada el camión, nos subimos y de nuevo empezamos a entablar plática de variada índole con tal de entretener nuestro tedioso viaje hasta San Isidro, lugar a donde nos dirigíamos para invitar a Rosario y a Jair a la fiesta que acudiríamos en vez de ir a la boda de los tíos de Gerardo en la granja.

Nos bajamos cerca de una fábrica que por cierto quedó en banca rota hace algún tiempo atrás, luego cruzamos el bulevar rumbo a San Isidro.

Era entonces cuando comenzaba un día lleno de idioteces que arruinarían mi vida y la de Rosario por un largo tiempo porque la tarde y la noche de aquél sábado parecían ser eternos.

Llegamos a la casa de Rosario, Gerardo presionó el timbre y al poco rato se asomó por la ventana un adolescente de poco bigote el cual nos dijo que su hermana no se encontraba, que volvía en la noche.

Sin embargo al tiempo en que nos daba dicha información éste último, nuestra vista captó a lo lejos a Xóchitl quien es la mejor amiga de Rosario, son inseparables, así que ¡ya sabíamos dónde estaba la susodicha!

Caminamos hasta la esquina donde divisamos a Ros y al llegar a saludarla la tomé de la mano y la encaminé junto a mí hacia un árbol ubicado en la esquina contraria debajo del cual platicamos de un solo tema: Jair.

Le cuestioné sobre el tipo de relación que ella buscaba con él. Ella me decía quince mil cosas de las cuales sólo dos alcanzaba a entender. Le insistí que Jair deseaba algo más que cálidas pláticas con ella.

Ella me contó de la carta que Jair días antes le había escrito. Ésta conversación terminó en un parque cercano a la casa de Ros, donde todos quienes estábamos, optamos en un momento dado por asistir a la casa de Jair para invitarlo a la fiesta que se suponía acudiríamos ésa noche.

Nos paramos frente a su reja y la puerta de la casa del güero se encontraba entreabierta, lo cual nos informaba de su estancia en la casa. Ahí afuera estábamos todos con un tono humorístico bien entrelazado entre los cinco (Geras, Ros, Xóchitl, un amigo de ellas y yo), pues era común que pensáramos que estuvieran de cariñosotes o al menos teniendo una actividad donde se implicara el placer de los dos.

Nuestros comentarios, los de cada uno, eran aquellos que hace un adolescente que no sabe que sigue en su vida, eran pensamientos que cada uno de nosotros tenía y sin inhibiciones los decía al grupo de quienes permanecimos afuera.

Por fin, decidí presionar el timbre, lo hice una y otra vez, al momento en que Gerardo tuvo la ocurrencia de gritar “¡Arturo!” de una manera que pudo escucharse tal vez en toda la cuadra.

Así, insistimos una y otra vez pero Jair no salía y me entró una duda: ¿Porqué demonios no sale si se encuentra el Spirit en la cochera y además de todo la puerta está emparejada? Cabe mencionar que Gerardo le mencionó que pasaría en la tarde para invitarlo a la dichosa fiesta, a lo cual Jair accedió positivamente.

Como todo chavo impaciente me desesperé y abrí la puerta principal (la que es parte de la reja) luego subí poco a poco las escaleras temiendo que quien estuviera y no nos deseaba abrir fuera su padre, su madre o su hermana pues me vería más pinche mal educado que nada al entrar de una forma así ante ellos.

Pero mientras iba entrando en la casa comencé a escuchar música que creí no sería buena para los oídos de su familia: definitivamente sí estaba Jair y precisamente se encontraba en su cuarto ¿Haciendo? ¡Quién sabe! A mí eso no me importaba ni se me había ocurrido en aquellos instantes.

Entonces llegué a la planta superior y lo primero que pensé en decirle era: “¡Pinche Jair nos tienes cómo pendejos allá abajo tocando!” pero al abrir la puerta de su recámara (que de recámara no tiene absolutamente nada)… me encontré sorpresivamente con algo que no me esperaba ni yo ni la filosofía que me acompaña día con día: Jair vestido sólo en calzoncillos acostado con Aura en la cama.

De tal impresión cerré la puerta desconcertado y corrí hacia fuera de la casa gritando y riendo mientras al bajar por las escaleras pasaban imágenes en mi mente como una película de cine donde veía a Jair como un total fracasado abrumado por las tensiones de su vida luego de haber embarazado a su momia digo novia a sus apenas diez y seis años, sólo fue cuestión de segundos para imaginar su vida arruinada por una simple calentura que él confundía con el amor verdadero.

Y es que a éstas alturas que no tiene buenas calificaciones, no tiene amigos, no tiene buena relación con su familia porque aunque no haya tantos problemas todos ellos le valen madre, tiene un futuro no tan prometedor como él desearía poseer además realmente tener un hijo a esta edad tan improvisada e inmadura desde cualquier aspecto sería la “cucharada de azúcar faltante para originar diabetes” o lo que es lo mismo “la gota que derramaría el vaso”. En fin, salí por fin de la casa sacado de onda y más rojo que de costumbre.

Tenía miedo. Eran tantas cosas las que asaltaron mi mente por instantes que no sabía qué pensar.

Por una parte me dije a mi mismo ¡Qué importa si uno de éstos sabaditos calientes el pendejo la embaraza, si de cualquier forma ella ya acabó la preparatoria y cómo es una persona conformista (fracasada) que le da igual si estudia Gastronomía o no, ya que simplemente lo tiene pensado pues ¿Qué tendría de malo que Jair se saliera de estudiar y se pusiera a vender tacos o pegar suelas o qué tal ladrillos con tal de poder mantener a su esposa hippie y a su hija que pronto aprenderá a través de su madre que todo en la vida debe valerle madres?

Pero de pronto venían a mi cabeza uno, dos, tres y mil recuerdos más que me avisaban del peligro que corría nuestra podría decirse “amistad” si ellos dos tenían un hijo ya que Jair no tendría tiempo ni siquiera para conversar conmigo, estaría bastante ocupado recibiendo a diario los regaños y las críticas de su padre por arruinar su vida y lo digo porque el Doctor Aragón no le daría un premio Óscar por ser un pobre fracasado.

Jair estaría muy ocupado a diario trabajando en una fábrica o un puesto de comida o en alguna de las quince construcciones de su papá como “pega ladrillos” quién sabe, eso no lo sé pero de lo que sí estoy seguro es que todo lo que tenemos se iría al hoyo en cuestión de sólo algunos días.

Debería ponerse a reflexionar para entender qué está haciendo, porque razón y si en verdad desea seguir haciéndolo…

En fin. Pasaron varios minutos cuando todo aquello de mi mente estaba empezando a mudarse, cuando Jair salió.

Entonces, sorpresivamente tomé a Rosario de la mano y los dos comenzamos una especie de persecución, pues todos admirados y sacados de onda miraron cómo Ros y yo estábamos huyendo de la situación, parecíamos dos pequeños gatitos cobardes correteados por un perrote…

El caso es que huimos hasta dónde creímos necesario ahuyentarnos. Lo hicimos por una sola razón: los dos no sabíamos qué pensar de lo qué podría pasar y es que ver a dos novios acostados en una cama donde uno está sólo en calzones pues realmente no significaba que estaban jugando turista mundial al tiempo en que se arropaban de acuerdo a la nación que ganaban (¿en éste caso sería India?).

Ella y yo sabíamos perfectamente lo que había ocurrido y cómo nosotros no estamos cegados sabemos que son dos novios, ella y yo teníamos en cuenta todo aquello que podría ocurrir en caso de haber temido relaciones sexuales con o sin preservativo ya que aún así es un peligro y un fuerte riesgo no sólo para su ogro, digo momia, ¿¿¿digo, digo que digo???

¡¡Ah ya!!

Para su novia Aura, sino también para él por el simple hecho de que los dos se convertirían en lo más pronto que se pueda imaginar en otra de las tantas parejas prematuras que tienen hijos resultantes de la calentura y no del amor puro.

Serían otra “familia” que resulta de la pendejez adolescente y no de una verdadera planeación familiar.

Rosario y yo llegamos hasta el río que está en San Isidro donde nos sentamos para fumar unos cuantos cigarrillos (para ser exactos fueron 6 por cada quien), pues no encontrábamos cómo quitarnos el estrés que nos había producido nuestro “amigo” Jair.

Así, pasamos el rato restante platicando y sobre todo fumando, ah y planeando lo que haríamos en vez de ir a la fiesta de la que ya se había hablado tanto, pues en ése entonces ya era muy tarde cómo para llegar a ella.

Es entonces cuando Ros propone ir a la casa de Xóchitl a tomar (y no precisamente Yakult) para lo cual todos optamos positivamente menos alguien que tiene muy marcado algo que en Psicología se llama personificación y hablo de Geras que por su culpa cada plan que salía para olvidarnos de lo sucedido con Jair y poder divertirnos sin tener que arruinar nuestro fin de semana era desechado por las influencias y las clásicas excusas del chavito que pretendía ser un rebelde: Geras, ya que para cualquier cosa tenía un “problema”.

Primero, dijo que no lo dejaban. Luego nos dijo que sus papás le habían llamado para decirle que no se tardara. Después según esto su madre la habló diciéndole mentiroso.

Tiempo después dijo que tenía que ir por llaves ¿para qué? Quién sabe, lo único de lo que sí nos dimos cuenta es que ya no sabe cómo disfrazar su vida de hijo de papi y es que hasta lástima da porque ya no encuentra más formas de esconder lo que realmente es.

El caso es que al final se quedó un plan muy simple pero algo prometedor: mientras Xóchitl recogería su celular olvidado en la casa de un chavo que vivía en Valle de León en compañía del amigo que se encontraba con ellas ése día, que por cierto su mirada expresaba mucha timidez; Rosario, Geras y yo iríamos hasta la casa de Gerardo para pedir permiso de quedarse un buen rato aquella noche en mi casa siendo que en verdad nos regresaríamos a San Isidro y de ahí nos iríamos ahora sí todos hasta la casa de Xóchitl para embriagarnos bien rico…

Y es que suena un tanto naco y precipitado pero Ros y yo estábamos todavía muy sacados de onda que decidimos ponernos hasta la madre.

Empezamos a caminar derecho por el río donde nos hallábamos y así casi topamos con la calle donde vive una de mis mejores amigas: Jenny.

Les pedí que nos desviáramos porque en verdad tenía bastantes ganas de verla, ella y yo teníamos mucho tiempo sin contacto alguno y gracias a Dios accedieron a acompañarme.

Llegamos, presioné el timbre y al poco rato salió su pequeño hermano al cual le pedí de favor que le avisara a Jenny de mi visita y entonces salió ella, platicamos durante algunos minutos y arreglamos asuntos que habían quedado pendientes algunos días antes.

Me despedí rápidamente, pues la condición para acompañarme a verla era que no me tardara tanto.

Y así, seguimos nuestro rumbo. Ros estaba cada vez más nerviosa porque no tenía idea de a qué hora llegaríamos ya que corría el riesgo de que la viera su padre y la cagara como nunca.

Al fin llegamos al último tramo del río, Gerardo se sentó de nuevo ya que le fascina desesperar a la gente por lo que Rosario y yo le insistimos en que se parara pero luego también ella se sentó y comenzó a llorar bastante espontánea diría yo.

Le cuestioné cuál era la causa por la que derramaba lágrimas pero se contenía mucho, hasta que se animó a decirme lo qué le ocurría y no eran mas que problemas en su familia que prefiero no mencionar por ahora.

Entonces, luego de unos y otros abrazos acompañados de palabras de aliento nos paramos y seguimos caminando paso por paso hasta llegar a mi colonia donde al dar la vuelta rumbo a la casa de Gerardo nos encontramos en la esquina con mis papás, quienes por cierto se dieron cuenta de lo que tenía en mi mano: el regalo de mi papá, aquél libro que le compré había permanecido todo el día conmigo, en mi mano ¡y mis papás se dieron cuenta que lo traía cargado, fue realmente frustrante haberlo cuidado todo ése tiempo para que al final lo vieran antes del tan esperado día del padre!

Llegamos a la casa de Geras y lo primero que hizo al abrir su reja fue dejarnos afuera como idiotas por lo que decidí tomar de nuevo a Ros de la mano y entrar confianzudamente a la casa.

Ahí permanecimos poco tiempo porque el permiso jamás le fue concedido a Geras, así que era obvio: toda la caminata hasta allá y todo el tiempo perdido fueron ¡absolutamente para nada!

La noche era un fracaso, todo iba de mal en peor pues cuando más deseábamos ver un arco iris todo se tornaba color gris.

Ros se soltó al suelo a retomar el llanto porque estaba más tensa que nada, bajé al suelo para darle fuerzas de nuevo. Al fin nos paramos y nos salimos de la casa de Geras.

Caminamos hasta el boulevard San Pedro para tomar un taxi y regresarnos a San Isidro, ya que nos habíamos quedado de ver con Xóchitl en el parque que está cercano a la casa de Jair para que nos diera las monedas que nos faltarían por el pago del transporte, contábamos sólo con veinte pesos.

A bordo del taxi pasamos por la casa de mi ex mejor amigo Adrián y su madre estaba barriendo y lavando afuera, en la calle.

Ver a su madre me trajo muchos recuerdos de nuestra amistad que me inundaban de tristeza por dentro, ya estaba a punto de explotar con eso, pues con tanta preocupación que sentía por Jair, por Rosario y con todo el coraje que me había producido la actitud pendeja como siempre de Gerardo y muchas cosas más ocurridas aquél sábado me sentía muy débil, sin una sola fuerza que me ayudara a ponerme de pie: estaba tratando de ser fuerte.

Al fin de unos minutos llegamos al parque donde nos quedamos de ver con Xóchitl y claro no podía faltar otra mamada en nuestro día…

¡Faltaban diez pesos y Ros no veía por ningún pinche lado a Xóchitl! Tuvimos que recurrir a pedir dinero a unos niños que estaban jugando básquetbol en las canchas del parque, mejor dicho ella tuvo que recurrir a pedir dinero “Tú pide, eres mujer, a ti sí te prestarían”
– fueron mis palabras en ése momento al dirigirme a Rosario.

Luego de pasar un “panchote” logró juntar los diez pesos faltantes para el pago del taxi, nos estábamos volviendo locos pues por más simple que pareciera estaban sucediéndonos muchas cosas que no tenían porque ocurrirnos a nosotros ese día.

La vida no nos estaba tratando muy bien.

Luego de pagarle al taxista y pedirle unas sumisas disculpas nos dirigimos a la cuadra donde se encuentra la casa de Jair y Rosario, al dar la vuelta nos topamos con Jair.

Ninguno de los dos (ni Ros ni yo) teníamos algo de qué hablar con él.

Luego entramos a su casa donde los nervios otra vez se apoderaron de Rosario y comenzó a llorar, luego de unos segundos se calmó y se animó a hablar por teléfono a su casa para pedir permiso de quedarse a dormir en casa de Xóchitl, pero el primer intento falló porque la línea estaba ocupada.

Lo intentó varias veces pero la línea seguía ocupada, Ros se desesperaba cada vez más, sin embargo lo intentó por última vez y casi por obra del espíritu santo la línea ya estaba dispuesta: habló con su padre quien se dirigió a ella con unas palabras fuertes que la lastimaron, palabras que al colgar el teléfono provocaron por cuarta vez en el día su llanto.

Le abracé y le dije lo que debía como alguien que desea ser el mejor amigo de cualquiera.

Luego los tres optamos por salirnos al parque para buscar a la “desaparecida” Xóchitl a quien encontramos en un dos por tres, Ros y yo teníamos muchas ganas de ahorcarla por la vergüenza que nos hizo pasar con el taxista.

Después le pedimos un cigarrillo a Eduardo (pretendiente de Xóchitl) para poder calmarnos los nervios Ros y yo.

Jair y ella se quedaron conversando sobre algo, creo yo muy serio en el parque, mientras yo me comía una que otra planta por tanta hambre que tenía, acostado en la banqueta.

De repente recordé que había tirado unos chicles por la casa de Jair así que salí corriendo por ellos. Al llegar al lugar donde supuestamente estaban preferí cambiar mi rumbo y caminar tristemente y desolado hasta mi casa como cualquier otro día de mi vida: difícil…

Colaboración de Richie Rivas
México

 

 
 


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