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Un amor prohibido

 

Un chico estaba enamorado de una chica y ella tenía los mismos sentimientos en su corazón de adolescente. Pero como en la mayoría de los romances hay siempre un obstáculo que impide que la pasión y el querer sigan su rumbo:
él no suele salir de casa, es callado, tímido y no le gustan los grandes grupos mientras que ella es alocada, llega a casa a la hora que quiere apestando a tabaco y medio mareada.

El le dice que un día le va a pasar algo por no reaccionar a tiempo y por mala suerte acertó: un día como otro cualquiera, un grupo de chicos drogados y borrachos empezaron a meterse con la gente.

Cuando se acercaron donde estaba ella, dos chicos de su grupo intentaron por todos los medios alejarlos, pero los chicos no eran dueños de sus actos lo tomaron a mal, sacaron una navaja del bolsillo amenazando a todos; ella intentando calmar la situación les dijo que se fueran con esos rollos a otra parte.

No le dio ni tiempo a reaccionar, cuando vio una navaja la atravesaba el corazón dejando un gemido en el aire.

El chico al oír lo sucedido no sabia que hacer, estaba desesperado solo se le ocurrió ir a olvidar sus penas a algo que había cercano a su casa, pensando y pensando antes de salir cogió un bolígrafo y un papel que en el cual escribió:

“Que pena que te hayas ido tan pronto, no te he podido ni decir cuanto te quiero, cuantas ganas tengo de abrazarte y no saltarte nunca”.

“¿Sabes? Hoy pensaba declararme, ya se que solo éramos amigos y hasta te reías cuando te decía que te alejaras de ellos, pero tengo la esperanza de que unas rosas blancas, las que mas te gustan, ablandarían ese corazón terco que tienes, pero veo que no querían que eso fuera así, no me dejaron ni una oportunidad de expresar todo lo que llevo aguantando este tiempo dentro de esta alma, que está perdida entre el brillo de tus lindos ojos azules e hipnotizado cuando te ve sonreír, pero esto ya no sirve de nada si ya no te tengo aquí.”

Tiró las rosas al agua y se quedó mirando, como la corriente del agua se las llevaba y también el amor que tanto deseaba tener. Se quedó pensativo, mientras que sus lágrimas caían sobre el lago y hacían ondas en que se veía reflejada la cara de esa persona que le había robado hasta el más mísero hueco de su mente enamorada.

Se secó las lágrimas con la mano, cogió de nuevo el papel y puso:

“Si no te puedo tener en la vida, te tendré en la muerte, que por lo menos allí nadie nos molestará ni criticará, este amor tan pacifico que nadie nunca podrá estropear.
Espérame donde quiera que estés, espera a mi cuerpo que se muere por tu cintura y mi boca que se muere por tus labios.”

Dejó el papel en el suelo, miró para el cielo sollozando y se dirigió hacia el agua, entrando lentamente, mientras sus ojos buscaban en el horizonte a la niña que le hacía suspirar mientras la veía reír con sus amigos y viendo su pelo dorado como el de un ángel jugando con el viento.

Allí se quedó su cuerpo sumergido en el agua, con los ojos cerrados y con una sonrisa en la cara, por la satisfacción de haber logrado lo que quería: estar con la persona amada toda su existencia, fuera donde fuera.

Cada vez que veas que en el cielo hay nubes junto a un sol brillante, recuerda a esa pareja que gracias a sus llantos y su pelo dorado te alegrarán el día, regalándote algo de esa felicidad que su alma lanza para la tierra.

Dedicado a esas personas enamoradas que no pueden seguir con su amor por la raza, por el sexo o por la familia. Dedicado también a esas personas que no les dejan para que se den cuenta hasta donde puede llegar ese “capricho tonto” que tanto desprecian.

Colaboración de Leticia Rodríguez Silva
España

 

 


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