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El miedo no siempre causa pánico, sino dolor… La muerte de mi abuela fue un golpe muy fuerte no sólo para sus conocidos sino también para mí. Su muerte me causó miedo muchas veces, pero no por su fantasma o por su espíritu, me causó miedo sentir mucha angustia y tristeza con su falta. Los recuerdos aparecen muy claros en mi mente. Llegué a ver a mi mami y me dijo “vamos a ver a tu abuelita”, yo estaba aterrorizada ya sabíamos que le quedaba poco tiempo, pero no pensé que su muerte llegaría ese mismo día. Recuerdo que esperé como tres horas para entrar a verla, todo el mundo preguntaba cómo estaba, hasta que al fin llegó mi turno de entrar al lugar de cuidados intensivos y verla. Sentí un aire recorrer mi cuerpo cuando la vi, allí estaba echada en su cama con un respirador artificial, sin él ya habría fallecido, pero todos esperaban que su cuerpo dejara de funcionar. Ya no abría los ojos y tampoco escuchaba. Recuerdo haberle dicho “Olinda aquí estoy” entre sollozos y lágrimas. No podía tranquilizarme, “te quiero” le dije muchas veces aún con el uniforme del colegio y la mochila en los hombros. Le toqué la mano y sabía que no me escuchaba. Aún puedo ver su mano amarilla y delgadita muy diferente a cómo había sido antes, una mujer robusta y fuerte amigable y emprendedora. Ya no era ella, se había reducido a una personita indefensa la cual luchaba por vivir un poco más, no lo soportaba y empecé a llorar fuertemente hasta que una enfermera me dijo: “no hijita... no llores, aunque no lo creas ella te escucha…” Salí del hospital con el corazón hecho pedazos y pensando “pobre de mi papito su madre se muere y él está trabajando”. Al llegar a casa, mi hermana me preguntó... “y cómo está”, muy mal, ya no despierta… Esa noche nadie llamó a casa. Se respiraba un aire pesado, tenso, un ambiente triste. Nada me alegraba, todo era diferente, como si el día hubiera perdido vida. Mi hermana y yo estuvimos solas en casa y allí va el miedo otra vez... Sonó el teléfono, ese sonido que al escucharlo piensas lo peor, y quien contestaba?? , teníamos temor de contestar y recibir alguna mala noticia… contesté yo. De pronto, una voz entre cortada me dijo… “tu abuelita falleció”. Mi hermana y yo nos abrazamos y esperamos la llegada de mi madre, quien no se apareció hasta las 6 de la mañana y cuando llegó nos dijo… “se nos fue” como pueden imaginarlo las lágrimas no dejaron de fluir. Al siguiente día era su velorio, ya le habían avisado a mi padre que mi abuelita había fallecido... cuando llegué a verla en su casa… no sé por qué pero ya no pude llorar… Había derramado todo antes y ahora la veía con una expresión bastante mejorada mientas descansaba por fin en su ataúd. Se le notaba tranquila, hasta parece que se le dibujaba una sonrisa de paz en su rostro, entre mí dije: “te voy a extrañar Olindita te quiero y descansa porque ya pasó tu sufrimiento”. Vi sufrir a muchas personas, mi hermana, mi madre, mi abuelo, su compañero por más de 40 años, pero tenía miedo de ver a mi padre llegar y verlos sufrir… Fue entonces cuando él entró… qué habrá sentido él, venir desde lejos para ver a su madre sin vida... Lo vi llegar con los ojos muy distintos, una expresión de tristeza y dolor en su cara. Sus pasos rápidos y sus ojos rojos, la cabeza agachada. Vi llorar a mi padre, lo cual no era usual. Abrazó a mi abuelo y ahí estábamos mi hermana y mi madre, su familia apoyándolo en estos momentos de dolor... es que es una sensación muy horrible ver a tu padre sufrir, y pensar que algún día nos pasará a nosotros también… Luego venía el traslado de mi abuelita al cementerio, ella siempre fue alegre, le gustaba la banda, ella era de Santiago de Chuco amaba sus huaynos, así que mientras recorríamos la calle, una banda tocaba huaynos con mucho ánimo, esa música que cuando la escucho ahora no puedo dejar de llorar. Recuerdo que llevaba las flores con mi hermana, un ramo cada una. Delante, iba mi abuela en un carro fúnebre... Llegamos, la enterramos, pero sólo fue su cuerpo. Ella está con nosotros es un ángel más, a veces la veo entre sueños, sé que me acompaña y nunca dejo de invocarla, para que me de su ayuda desde el cielo. La quiero muchísimo y aunque ya no esté aquí, prefiero pensar que está de viaje con su hijo quién murió antes y me la imagino siempre bailando sus coloridos huaynos alegre y sonriente. Te quiero Olindita.
Colaboración de Angela Mariñas
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