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Todos, alguna vez en la vida, nos hemos guiado por nuestros impulsos y en sólo cuestión de segundos hemos conseguido cambiar el contraste de color a nuestros días. Aun así, aunque el brillo ha podido aumentar o disminuir, al igual que las sombras, nuestra fotografía seguía escondiendo una historia dentro. En estos días de vacaciones de Semana Santa, he dedicado tiempo a la reflexión, al buen hacer, al agradecer a nuestro Señor por mi vida, y pedir para que las ilusiones de los que me rodeasen pudiesen cumplirse, mientras lo veía yaciendo a hombros de personas con una pasión admirable. El ser cristiana me ayuda a mi ejercer diario y a mi relación con los de mi alrededor, pero, como forma de vida que así considero, el ser cristiana me hace crecer y luchar por mi propia felicidad, sin necesidad de pedir por ella a nadie. Ahorro, dicho honor que tengo, para que los pobres de fe y ciegos de alma tengan algo con lo que al menos llenar aquel vacío que aunque no quieran aceptar, existe en su interior. Es por todo ello, que entre lágrimas de emoción y sonrisas repentinas, pensaba e interiorizaba en cada uno de los problemas que rondan ahora mismo a las personas en las que deposito mi cariño más cercano. Y, me daba cuenta instantáneamente que a ninguna de sus situaciones, era capaz de darle la importancia que ellas le daban. En el momento en que se estacionaban en mi mente, una solución rápida surgía de mi nada. El error se escribía en mayúscula y en rojo y el corrector dispuesto a funcionar, preparaba su actuación con una serie de movimientos fuertes que mezclara bien el líquido del que se compone. Pero fue ahí, cuando mis ojos se abrieron y me di cuenta de la esencia de todos aquellos asuntos que mantenían en vela a aquellas dulces niñas. Y es que, aunque suene tópico, a la hora de llenar su estuche, tenían preferencia los marcadores de todo color al tipex. Todas ellas, acordes y en consonancia con la edad que tienen, deciden guiarse por el instante, por el impulso, por la actividad del momento. Dándose cuenta, tan sólo segundos más tarde, que aquella mezcla de colores, a la hora de leer, cansa la vista y por tanto, puede dejar de estudiarse. Acción-reacción, una ley física elemental y la forma de vida de nosotros, humanos inconscientes. A veces, sin darnos cuenta, un comentario, un gesto, una mirada, cualquier locura… Hace que una llamarada surja justo donde nosotros nos encontramos y que, sin más dilación, haga que nos consumamos. Vivimos inmersos en un mundo lleno de fuego, un mundo lleno de pruebas, de incendios a nuestro alrededor, conflictos, discusiones, corazones rotos, etcétera que, nos llevan rápidamente a la búsqueda de un cubo de agua fría para detenerlo, pero, no es suficiente, y este se propaga. Es por eso, que yo os digo: ¿y si ese cubo de agua fría, en vez de echarlo al fuego, le diese de beber a aquel que se está consumiendo? Si tú eres manantial, tanto de sabiduría como de firmeza, si Eres capaz de no dejarte embelesar por la llamarada del instinto, si tienes la suficiente agua dentro para no consumirte y prestar al de tu lado, es ahí cuando vences. Vences tu problema y aquel cubo, nunca deja de estar medio lleno. Con este mundo, nos sometemos a una prueba constante en la que sólo vence la gente que aunque depositen una pizca de locura en sus movimientos, su fin lo decide con cabeza. Yo no soy mala perdedora, pero si una gran vencedora, y cuando se interpone un debe ser y me gustaría que fuera, aunque tenga la tentación de acción-reacción, utilizo aquel debe ser para inducirlo a mi ilusión personal.
Si quieres cambiar tu vida, empieza por cambiar tus reflexiones. Colaboración de CDC
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