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Un día cuando el mundo estaba como perdido, estaban
todos los sentimientos reunidos para arreglar la situación, cuando
de repente dice la inteligencia Pero de repente se presentó otro problema, a la tristeza como siempre, tan triste, no le alegraba el juego, y el aburrimiento no quería jugar porque decía que el juego no le entretenía, que para el era mejor pasar los días tras una piedra. La alegría, que no era fácil de controlar, siempre tan alegre, no escuchó nada. Pero aún faltaba la esperanza, el amor, la pasión y la ternura. Ésta última era tan tierna, decía que para ella era difícil esos tipos de juegos, que mejor se pasaba los días en los campos respirando el perfume de las flores. La pasión, siempre tan apasionada, estaba pensando en qué haría luego. En eso llega el amor y dice: Cuando de repente llegó la esperanza y comenzó a ayudar al amor sin decir una palabra y sin cansarse hasta alegrarlos a todos. Cuando ya estaban todos los sentimientos motivados, dice la alegría: – Yo me quedaré, escóndanse todos que yo los encontraré – La alegría cuenta hasta mil y comienza a buscarlos. A los pocos metros encontró al aburrimiento, aburrido tras una piedra. Unos minutos más tarde, encontró a la pasión y la ternura en los campos de flores muy apasionados jugando entre los pétalos. Siguió buscando y entre las ramas de los árboles encontró a la tristeza muy triste porque ya no le gustaba el juego. La esperanza, siempre tan buena, se descubrió para ayudar a la tristeza. Cuando el juego estaba terminando se hacía más difícil, ya que faltaba el amor y la inteligencia. La alegría regreso al árbol donde había contado
y encontró a la inteligencia detrás de éste, aún
faltaba el amor. Entonces la tristeza se detuvo y se dijo así misma: Y se dirigió al rosal que estaba muy cerca de allí. Cuando estaba muy silencioso buscando, escucha unos gritos entre las ramas como si estuvieran llorando o lamentándose de algo. La alegría se dirigió hacia las ramas y descubrió al amor enredado entre las espinas y con los ojos ensangrentados, entonces la alegría le dijo: – Perdóname amor, se que por mi culpa ahora te sientes mal, se que te debo la vida, no me abandones, que yo nunca te abandonaré. Por eso se dice que el amor es ciego y la alegría siempre lo acompaña.
Autor: Osmel Chapman Pérez Colaboración de Daniel Otero Baguer
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