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El que mataron

 

Estoy en el sobrio valle de la muerte, perplejo mirando hacia atrás la vida (mi vida). Me inunda el alma la desesperación y la impotencia. No era todavía mi hora, pero algo se sintió: Dios lo quiso. Me robaron la vida Señor, y con ella ¡todo! Si, el ser es todo al morir, los bienes, familia, títulos, nombre, dejan de ser, recién lo comprendí al ver mi sepelio; escuché frases como: "era un buen tipo","se llamaba fulano de tal", fue un buen padre".

Me atormentan los recuerdos; aún guardo en mi memoria las cosas que amaba sin saber... el color de las flores, la sonrisa de un niño, el roce de una mano. No volveré a sentir el abrazo sincero de un amigo, a derramar mi alma en una canción, ni escuchar la voz de mi hijo diciendo:"papá".

Repaso el libro de mi vida, y encuentro mi niñez; el temple y ejemplo de mi padre, la ternura de mi madre y sus anhelos por verme hecho un hombre, mi primera pelota y el gol que no cantaré... el trompo, las canicas y la aventura de nadar (sin saber) en la quebrada… Mi maestra, las vocales y "la alegría de leer"... mi novia (de ojo) y mis versos inconclusos... Las peleas por nada y la sabiduría de la esquina; mí barrio, sus callecitas estrechas que ya no pisaré y el zapatero de la cuadra martillando su destino.

Quien pudiera ser de nuevo el muchacho de ojos vivos, con un cuaderno en la mano, y en el alma un sueño. Y mi juventud... y ese no saber que ser; y mis amores... y mis lágrimas... y ese irme "haciendo" a fuerza de vivir.

¿Por qué, Señor, alguien, por algo, me cortó el andar? ¿Quién ahora guiará los pasos de mi hijo, peinará las canas de mi madre y hará sentir mujer a una mujer? ¿Por qué fue tan fácil, para uno que tiene vida como la tuve, truncar mi senda? ¿Es que no sabía que mi culpa y su culpa son menores que la vida?...

No previó, que así de fácil otro puede robarle lo que me quitó (la vida). Daría todo (y no tengo nada) por volver a sentir la lluvia que maldije, oír el desesperante ladrido de un perro en la madrugada, o pisar el fastidioso barro de mi cuadra. Hasta las cosa que odié, hoy las extraño, porque eran mías, ¡cuando yo era!

Hoy, soy un recuerdo triste... (El que mataron). ¡Ah!... ¡si pudiera hablar!, les pediría a todos que cuiden la vida; la suya y la ajena, que son ¡una! ¡Quítele a un hombre lo que quiera, que aún desnudo y con hambre es un hombre!; pero permítele a Dios quien le dio la vida disponer de ella. No lo condene al frío del olvido, porque hacerlo, es un mal que no se borra... Debo callar... hay una sombra siniestra que me grita ¡silencio! al fin, ya no soy mas que un recuerdo triste... el que mataron.

 

 

Autor: Raúl Quijano Posada

Fue escrito por Raúl Quijano Posada, me pareció muy interesante ver como se debe amar la vida porque cuando te la quitan, es cuando te arrepientes de no haber sido útil en ella.

Colaboración de Ana Sofía Soto
Colombia

 

 


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