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Home Pensamientos Reflexiones Poemas Contacto Lo que nos enseñó la muerte de un bebé 1ra Parte
En enero del año 2008 tuve la gracia de participar del “Camino Ignaciano” organizado por la Compañía de Jesús (los Jesuitas), que es un retiro dividido en 4 etapas: un Taller de Autoconocimiento donde se ve el Ene agrama, Ejercicios Espirituales en silencio de 8 días, una Peregrinación de 3 días y una Misión de 5 días. Por cuestiones laborales lamentablemente no pude participar de la etapa de la Misión. Ésta fue una de las experiencias más “iluminadoras” y “esclarecedoras” de la voluntad de Dios para con mi vida que tuve. ¿Cómo entender?… ¿Cómo sentir el amor de Dios cuando un bebé agoniza?, cuando un niño repentinamente muere, los bebés y los niños son personitas que ni siquiera han tenido la posibilidad de pecar… De hacerle daño a alguien, de hacer el mal. Dicen que los bebés que mueren son “angelitos” que se van directamente al cielo. Entonces traté de serenar la cabeza… Dejar de “maquinar” y de pensar lo injusto que es Dios a veces. Entonces en oración, frente a la imagen de la Máter me puse a percibir internamente la situación… A contemplar e imaginar cómo ese padre (Sebastián, mi primo) y esa madre (Lucía) miraban impotentes cómo se escurría la vida de su hijo Juan Bautista, su único hijo… Impotentes, sin poder hacer nada. Lo único que podían hacer era acompañar el sufrimiento silencioso de su bebé que tanto quieren. Ese bebé que no lloraba, no se quejaba… Que se calmaba al percibir la presencia de sus padres que no lo podían acariciar, ni acercarse. Al recrear esa escena en mi mente, se me apareció la imagen de Jesús en la cruz… Como si fuera un contraste. A Jesús lo acompañó María en su Cruz, como Lucía acompañó a Juan Bautista en su sufrimiento en terapia intensiva. Jesús murió en silencio; sufrió muchísimo, pero no se quejó nunca… Como Juan Bautista. Y ahí fue cuando se me iluminó la mente, y empecé a pensar las estupideces de las que me quejo diariamente (los que me conocen saben que soy “quejoso”). Empecé a analizar de lo que me quejo, lo inconformista que soy, lo pretencioso que soy, lo superficial que puedo llegar a ser, como “no me banco” hacer ciertas cosas a la hora de asumir responsabilidades, etc. Juan Bautista la peleó hasta el final, los doctores estaban sorprendidos de cómo luchaba por su vida… De cómo “no se rendía”. Y me pregunto… ¿yo la lucho? ¿Yo me la banco callado? Ese bebé… ese “santito”, me enseñó a sus 6 meses de edad el valor de la fortaleza, la paciencia, la entrega total en las manos de Dios. De la etapa que Juan Bautista estaba en terapia intensiva y todo su sufrimiento puedo rescatar el efecto que tuvo en sus padres. Pude vivir la conversión de su papá Sebastián, su vuelta a la fe. Pude presenciar el verdadero amor que una madre puede tener a su hijo. Viví con ellos momentos de total desesperación y desolación como cuando los médicos dicen “ya no hay nada más que hacer”. Sólo quedaba entregarse a las manos de Dios. Sólo quedaba que Sabas y Lucía le entreguen a María su único hijo en una señal de desprendimiento total, indescriptible para alguien que “mira desde afuera”. Cuando un hombre pierde a su esposa, queda viudo, cuando una persona pierde a sus padres, queda huérfano; pero cuando alguien pierde a un hijo… ¡No tiene nombre! No tiene nombre porque con la muerte de un hijo, se muere parte de uno mismo. Y estos sentimientos no son de Dios. Por ello, aunque cueste, tendríamos que, con el tiempo, descubrir cuál es el mensaje de Dios, y eso se busca en nuestro corazón… Porque Dios actúa en el corazón (y el demonio en la cabeza). No nos hace bien recordar a nuestros seres queridos fallecidos por lo que “dejaron de ser”, o tener sentimientos de que nos “quitaron algo”… Porque no somos dueños de la vida de nadie. A mí personalmente me sirve recordar a mis seres queridos fallecidos por lo que dejaron en mi vida… Lo que me enseñaron… Lo que aprendí de ellos… Como pude aprender de un bebé de 6 meses. Asumir la muerte de alguien no es nada fácil. Nadie dice que es fácil y nadie pretende que sea fácil. Mi intención con este relato es que si te toca de cerca una circunstancia de “desprendimiento”, entregues eso a María… Pídele con mucha oración que te entienda, que sane tu herida y que te haga descubrir con claridad el amor de Dios en esa situación. Para ejemplificar esto, en la “Segunda Parte”: “Carta de una madre que perdió su bebé de 6 meses”, puse la carta que escribió Lucía, la madre de Juan Bautista, al diario de Villa la Angostura, donde vivían. Ese es un testimonio vivo del amor de una madre y del desprendimiento de su único hijo… Entregándoselo a Dios. Vale mucho la pena que la leas. En la “Tercera Parte” transcribo el aprendizaje que tuvo la Hermana Elena Fortini de la Comunidad de las Hermanas de la Virgen Niña, de Villa la Angostura.
Quiero compartir con ustedes una experiencia que me sacudió mucho: La muerte del hijo de 6 meses de mi primo Sebastián, luego de 2 meses de sufrimiento en terapia intensiva. Este “post” tiene 3 partes: 1ro, este texto; 2do: la carta de Lucí, la madre del bebé al Diario de Villa la Angostura: y 3ro, lo que aprendió la Hermana Elena Fortini de la Comunidad de las Hermanas de la Virgen Niña, sobre la carta de Lucía. Colaboración de
Guido Rubio Amestoy
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