Si solo tengo 19 años... ¿por qué yo?

REFLEXIONES
Si sólo tengo 19 años... ¿por qué yo?
*Ramón Morillo

“Los sueños nos proporcionan información valiosa desde las ideas para la creación de una obra artística hasta las soluciones para un conflicto…”
La presente reflexión nace de un sueño, de hecho, desde que desperté recordé hasta las formas y colores, una gran cantidad de detalles que hizo le dedicara tiempo en horas de la madrugada a pensarlo concienzudamente no solo con la intención de esta creatividad literaria, sino con el propósito de llamar a la consciencia a ese sector de la población, en su mayoría jóvenes, que para muchos representa un problema más de la sociedad venezolana: los motorizados.
Para el “Rufo”, como cariñosamente se conocía, el día de su muerte fue tan cotidiano como cualquier otro. Se levantó temprano, luego de bañarse y arreglarse, salió “disparado” con un “Dios lo bendiga” que le decretó su abnegada madre, a montar su “caballito de acero”, una 250 que con sacrificio y esfuerzo sus padres le habían ayudado a comprar. Hubiera sido mejor trasladarse en colectivo pero le molestaba la tardanza de movilización que tienen dichos transportes.
Recuerda que su mamá entre bendiciones, ruegos y suplicas, siempre le decía que considerara conducir la moto con mucha prudencia, como un favor para las demás personas pero de manera especial para el mismo. Eufóricamente corrió al estacionamiento, montó su “nave” y salió a manejarla a su libre antojo, pero… ¿siempre un bendito pero…? Un accidente en la vía principal que conduce al centro de la ciudad. ¿Cómo sucedió? Se sentía libre, gozoso de su motor que lo catapultaba con cada irregularidad del pavimento, iba corriendo con exceso de velocidad, pensando nada más en disfrutar de la velocidad de sus dos ruedas…
De lo último que se acuerda es de haber desplazado unos cuantos vehículos, que por la velocidad que le imprimía a su moto parecía que andaban muy lentamente. De repente sintió un soberbio estremecimiento y dio oídos a un sonido atronador y vista a una luz enceguecedora, su cuerpo, entre pedazos de metal, vidrios y plástico, daba tumbos como una pelota de goma escuchando sus propios gritos. De repente volvió en sí, como despertando de un sueño. Todo estaba tranquilo, muy quieto. A su alrededor mucha gente miraba su cuerpo retorcido, destrozado y ensangrentado tirado en el asfalto, pero; lo más extraño era que no sentía nada, ni dolor, ¡nada!
Cubrieron su rostro con un pedazo de trapo que alguien saco de un carro, ¿por qué le tapaban la cabeza? –Pensó- Solo he vivido 19 años y no estoy muerto, me falta mucho por vivir, tengo que gozar, hacer mi vida, tengo novia, con la que además tengo una cita en la tarde, mis padres, mi hermanita de 12 años recién salida de la primaria me esperan, mis abuelos... ¡No! No debo estar muerto. ¡No puedo morirme!
Triste realidad: es socorrido por la gente y lo trasladan en una ambulancia que pasaba por el lugar y llevado directamente, casi pulverizado, a las cavas de congelamiento donde ingresan los cadáveres que esperan ser reconocidos por parientes y amigos. Sus padres envejecieron cuando tuvieron que enfrentar la cruda verdad, la experiencia más horrorosa para el ser humano, el de reconocimiento de un hijo fallecido.
Su funeral fue en extremo terrorífico, el veía a sus familiares y amigos acercarse o alejarse del ataúd con los ojos llorosos, entristecidos y con una cara que no lo podían creer, pero era cierto, ahí estaba frío y rígido. Y todo por una moto, si, por una moto. A gritos pedía lo despertaran y lo sacaran porque no soportaba ver a su mamá, a su papá, a su hermanita y a sus abuelos sufriendo de esa manera. Parecieran todos unos zombis, nadie lo quería aceptar, ni el mismo y, es que llegado el momento del entierro, pidió, gritando a todo pulmón, que no lo metieran a ese hueco y acordándose de Dios, solicitó otra oportunidad, una segunda oportunidad, pero; ya era demasiado tarde…
“Rufo” tenía una familia humilde, ejemplar, casi feliz. Su madre, amorosa y comprensiva. Su padre era un hombre inteligente, educado, con un carácter explosivo que se enojaba por cualquier cosa, pero también cariñoso, su hermanita tierna e ingenua; sus abuelos consentidores y pacientes. Su padre trabajaba para el gobierno, su mamá para la Empresa Privada. Entre los dos poco a poco iban solventando los gastos y así juntos podían salir adelante, y darles lo mejor a su hermana y a él. A él le dieron la moto… Rufo ese día, vio un seño fruncido por parte de su padre y una cara de preocupación en el rostro de su madre y, claro en su semblante una sonrisa de satisfacción de oreja a oreja, al igual que su hermanita que candorosamente se sentía feliz, claro todavía estaba pequeña…



Colaboración de Ramón Morillo

Venezuela
Escríbele
Ningún comentario