El hombre cerró los ojos, saboreando la sensación de calor que siempre lo embriagaba al pensar en ella.
Lo hacía desde que había reparado en su presencia. Cada mañana hasta que se agotaba el día, la observaba a una sutil distancia para que ella no se diera cuenta que era víctima de sus deseos.
Le había llamado la atención su elegancia y belleza. Cierto día ella estaba jalando un par de malas yerbas, sudando bajo una fina camisa de lino, pero de alguna forma se las ingenió para verse completamente radiante para él. Notó entonces como sus curvas se meneaban cuando ella tiraba de las yerbas; y la manera en que sus mechones negros caían en su largo cuello blanquecino.
Todo ello sólo causó que la observara.
Luego se percató de ciertas cosas. Vio que ella tenía la manía de juntar los dedos, de ponerse roja cuando se avergonzaba, que tarareaba alguna melodía cuando trabajaba, y que miraba al horizonte con melancolía en los atardeceres especialmente naranjas.
Eso despertó su curiosidad.
Empezó a llenar los espacios vacíos, imaginando conversaciones que nunca se tuvieron, haciéndole de alguna historia fantástica que explicaba porque una belleza como ella se encontraba en un lugar tan remoto.
No mucho tiempo después los presentaron y los espacios en blanco adquirieron forma. Se enamoró completamente. Pero un funesto día cayó en cuenta que ella también se entretenía llenando los espacios vacíos para alguien más.
