Sola, en un mundo nuevo, lleno de gente avara, codiciosa, lleno de gente con mal carácter, gente que se interesaba solo por ella misma y con una sonrisa tan hipócrita como sus acciones, el dinero cada vez se desaparecía más rápido y cada vez compraba menos cosas, no sé si era una maldición pero yo tenía el poder de gastar dinero no sé en qué, no era ropa, no eran lujos, solo lo utilizaba para comprar comida, y no comida como la de los restaurantes, con mi arrocito y mis frijolitos yo ya tenía.
De repente llegó esa época a la que tanto le había temido, sola y sin dinero... Comencé a preocuparme y a pensar en qué haría, en todo el tiempo que me restaba hasta que volviera a recibir dinero. Ya era tarde entonces decidí irme a dormir y olvidarme de todo por esa noche.
Al día siguiente asistí a mis clases normalmente preocupada por lo que iba a comer o lo que no iba a comer mejor dicho, apareció una amiga y dijo ¡vamos a almorzar! y con toda la vergüenza y humildad del mundo le dije que no tenía dinero para pagar, ella me abrazó y dijo: ¡esta vez yo invito! Esa comida me supo a gloria, se la agradecí con todo mi corazón y mi estómago también lo agradecía.
Contenta por ese día y por la ayuda de mi compañera, seguía preguntándome por lo que comería al día siguiente. Pensaba en las mujeres que no comían por mantener su figura y yo que me había preparado comiendo hasta mas no poder para que cuando llegara un día como este, no me lamentara de lo que no había comido.
La mañana del día siguiente desperté, me bañé y me fui para la universidad. Un millón de pensamientos recorrieron mi mente, como el de ir por las casas a ofrecer mis servicios de limpieza o pasear perros, en fin, cualquier trabajo por más desagradable que fuera yo lo hubiese hecho, y decidí que eso era lo que iba a hacer apenas saliera de mis clases.
En media clase de historia cuando saqué el cuaderno cayeron como mágicamente 500 colones, personas que estaban a 10 kilómetros de distancia, podían notar la alegría en mi rostro. Salí de clases me compré una galleta, un huevo y un plátano, y comí como una reina en mi casa, me sentía tan bien que nadie me iba a quitar esa alegría, hasta que una voz en mi cabeza dijo: ¡faltan varios días no se alegre tanto! Y otra vez me preocupé.
Pero ni modo no podía echarme a morir antes de tiempo, así que terminé de comer mi majestuosa comida y me fui a hacer trabajos de la universidad, los cuales me tomaron toda la noche. Entre el hecho de no dormir y la preocupación me provocaron ambas un fuerte dolor de cabeza, así que a las 4 de la mañana decidí acostarme por una hora, porque tenía que levantarme a las 5 para asistir a mis clases. No pensaba en mi desayuno ya que estaba acostumbrada a no desayunar pero el almuerzo si me era completamente necesario, y mi preocupación creció aún más a las 3 de la tarde cuando mi estómago comenzó a gruñir de hambre, recordaba los exquisitos platillos que preparaba mi mamá con tanto amor, cariño y dulzura, que son únicos de ella y me sonaba aún mas el estómago, corrí al baño a llenarme aunque sea con agua "la panza".
Cuando entré al baño y observé en el suelo habían 2 mil colones arrollados y surgió en mi algo inesperado, nuevamente estaba muy feliz y hasta lloré... y comprendí que debía estar tranquila y entrar en un estado de armonía, en donde no me preocuparía más por lo que iba a comer mañana, me iba a seguir preocupando por el hoy y nada más, recuerdo que mi padre me decía chiquitilla: ¡comamos hoy y mañana nos fijamos a ver que hacemos!
Me pensaba que podía guardar y hacer que esos 2 mil me rindieran toda la semana, tenía mil y un planes para hacer con esos dos mil colones y emprendí mi viaje a casa, de camino pasé por una pulpería a comprar una galleta para callar a mi estómago que ya amenazaba con gastritis, me encontraba comprando la galleta cuando me tocó el hombro una persona, volteé a ver y era un hombre como de 45 años, greñudo y hediondo, así como yo, y me dijo: ¡muchacha me invita a algo de comer por favor! Y sin pensarlo respondí: ¡por supuesto! Y compré dos galletas y nos fuimos a comer, de los dos mil colones ya solo que daban mil cuatrocientos y yo aún me sentía millonaria, seguía pensando en que podía rendir esa plata para el resto de la semana.
Continué, rumbo hacia mi casa, iba yo cantando y bailando, ya casi llegaría a mi hogar cuando en la calle había un señor sin una pierna rogándole a un muchacho que lo invitara a un refresco porque tenía mucha sed a lo que el joven respondió: ¡no me moleste! Entonces traté de ignorarlos pero no pude así que crucé la calle y fui a comprarle un refresco a ese señor, cuando se la entregué el me llenó de tantas bendiciones y buenos deseos que me alegraron mi día, aunque de los dos mil colones ya solo me quedaban trescientos colones, ya no me alcanzarían para el resto de la semana pero si para otra deliciosa cena de huevo y plátano.
Al fin llegué a mi casa con cero colones en las bolsas de mi pantalón y me di cuenta que esos dos mil colones me habían llenado más que cualquier comida por mas deliciosa y abundante que fuera y comprendí las palabras: “vivir el día a día de mis abuelos”; no volví a preocuparme por el mañana. Se nos va la vida en lamentos y preocupaciones, tanto así que olvidamos lo que es realmente importante, algo tan sencillo como regalar una sonrisa a alguien desconocido, las personas ya pasan por muchos problemas como para que alguien que vean en la calle les haga un mal gesto y les echen a perder sus días, usted no es quien para hacerlo y acuérdese que las personas a su alrededor pueden estar pasando por pruebas más difíciles que la suya…