Me han llamado viejo sin intenciones de ofender tal vez, digo yo. Después del abrazo y el consabido beso, una persona a quien estimo y llevaba tiempo sin ver, me dijo “José Gregorio, ¡pero qué viejo estás!”.
Ella, radiante, hermosa y juvenil en sus casi treinta años, calculo, lo expresó así, lisa y llanamente. Solo atiné a decir “de momento, no”. Viejo no estoy, solo que me ves con los ojos de tu juventud.
Y cómo no va a ser así, si en un país donde ya es común que las mujeres sean madres cada vez a más temprana edad y donde al hombre le llaman maestro, y no de profesión, a los 35 y a las damas a sus 40, doñitas, que a los 35 no aplicas para trabajar por tu avanzada edad, pregunto, entonces ¿no estamos viejos todos los que pasamos de los 40?
Es cierto, el tiempo vivido y nuestras creencias se reflejan en ti recordándote lo mucho que has vivido, sin importar si lo hiciste bien o menos bien, pero también refleja tu serenidad, tu ímpetu y tus ganas de vivir, la fortaleza de tu espíritu y el candor de tu ser.
Creo, y lo creo firmemente, que todo ser tiene edades diferentes, una en el cuerpo o materia, indicada por el documento de ciudadanía, llámese cédula, otra la que te dan los que te ven, dependiendo el cristal (afectos) con que te miren y por último la que tu ser inmortal siente, la que disfruta la vida con cada amanecer, la que se enternece por la risa de un niño, la que al amar siente la comunión con el creador, la misma que por su experiencia es llamada para aconsejar, esa que al contemplar un atardecer, sabe y se reconoce como la obra perfecta, magnífica e infinita del creador, pues recuerda quién es, de dónde viene y sabe a dónde va.
Mi ser inmortal, por gracia divina, es el que te abraza con amor infinito, el que cree en ti, porque te conoce y sabe de lo que eres capaz, mi ser infinito es el que se nutre cada mañana del rocío, de la esperanza y de la certeza que sigo remembrando. Mi ser es infinito y esa es mi edad, infinita y acordé a cada evento, a cada particularidad de la vida, como niño o adolescente, con la fuerza y vigor de mi primera juventud, con la sapiencia del adulto contemporáneo o con la magnificencia de nuestros mayores
No tenemos edad y no estamos viejos, solo en mi caso, soy y estoy como el buen vino, madurando con sabor. Parafraseando a la Madre Teresa de Calcuta: “en tu primera juventud, corre, en la segunda camina, en la tercera usa el bastón o la andadera, pero nunca te detengas, no permitas que se oxide el hierro que vive en ti”.
Sí, porque simple y definitivamente todo es cuestión de actitud, pues hay viejos que son jóvenes y jóvenes que son viejos. A ti, que eres joven en edad y también de espíritu te dejo un gran abrazo con un feliz día, juventud.