Como una tormenta que se forma repentinamente y no da tiempo de guarecerse. Así cayeron tus palabras en mis oídos. Simplemente dijiste “me voy, ya no te quiero”, te diste media vuelta y agarraste camino, mis pies se quedaron pegados en el piso, no pude articular palabra alguna.
No sé cuánto tiempo duré así. Cuando reaccioné ya, la luna alumbraba mi silueta obscura, fui y me recargué en el pórtico, ahí dormido me quedé. Cuando desperté; ya la luna también había huido. Pensé que su partida terminaría pronto, la luna regresó pero ella no. Pensé que quizá aparecería parada en la puerta, diciéndome amor, aquí estoy, no te quise lastimar, ¡tú sabes que te amo!
No comí alimento alguno, no tomé una sola gota de agua ese día, ni al día siguiente, ni los días que siguieron. Fue cuando realmente comprendí que ella, la mujer más amada de mi vida, me había abandonado. También me abandonaron las ganas de seguir viviendo, mi sexo se había adormecido, mi cerebro vivía una guerra atroz con mi corazón, no había tregua entre ellos, eran dos entes viviendo en conflicto a causa de mi dolor.
Dejé de mirar el cielo azul, dejé de sentir la frescura de la lluvia, las rosas habían perdido su significado, nada tenía sentido. Mi alma ya no existía en mi cuerpo, vivía por inercia. Cómo pudo dejar a un lado tanto amor, a cada instante me repetía internamente esas palabras, cómo pudo dejar a un lado tanto amor.
El tiempo se fue, se fue la primavera, el verano, el otoño y cuando llegó el invierno, una madrugada me despertó el inclemente frío, pero esa inclemencia me hizo volver a sentir que ya mi cuerpo tenia vida nuevamente, que sin darme cuenta, el tiempo me fue desintoxicando de la soledad, de la amargura, del resentimiento hacia mí, hacia la vida, hacia aquella mujer que recibió tanto amor de mí.
Ya me sentía un ser completo, nuevo, la vida ahí estaba para mí, para vivirla intensamente a mi manera y con la posibilidad de volver a enamorarme. No me había dado cuenta de que el tiempo fue mi aliado y lo tuve junto a mí todo el tiempo, me hizo comprender que a veces lo que amamos, no tiene que ser precisamente para nosotros y evitar tanto dolor, porque cómo duele amar cuando no se es correspondido.
