El viento fluía lentamente desde el antiguo y sucio ventilador en la igualmente antigua y mohosa sala de espera del único consultorio en un pueblito perdido entre montañas y nubes. Rodeado por un calor agobiante se encontraba Tomás caminando nerviosamente de un lado a otro de la sala, esperando al único doctor que aún no llegaba… Su hija estaba sufriendo sentada en una butaca “¿Cómo puede un doctor ser tan despreocupado como para no aparecerse en un momento como este?” pensaba Tomás mientras caminaba. Detuvo su caminar por unos momentos y se sentó junto a su hija para comprobar como estaba:
-¿Cómo estas linda? ¿Todavía te duele? –Le dijo a su hija con una sonrisa en el rostro-.
-No, ya no duele papi, pero me dio sueño ¿puedo dormir un rato?
-¡No!, ¡Tenemos que esperar al doctor despiertos!, juguemos al despierto, el que se duerme pierde…
-Papi, ¿Qué pasa?, tú no eres así, ¿Por qué no me dejas dormir?
Con lágrimas en sus ojos Tomás miro a su hija y con una angustiada sonrisa en su cara le dijo:
-No quiero que te vayas, no quiero que te separes de mí.
Y esta, mirándolo directamente a los ojos, le dijo sin siquiera dudarlo:
-¿Voy a morir papá?
-¡No! No dejare que te mueras, ¡No dejare que te mueras! Si es necesario iré a buscar yo mismo al doctor.
-Pero papi, quiero descansar, será sólo un ratito, ni te vas a dar cuenta.
-Pero si te duermes te irás… No quiero que me dejes solo, no quiero estar sólo otra vez –Dijo Tomás desconsolado-.
-No me iré papi –y tocando su pecho le dijo- estaré justo aquí, igual que mamá…
Llorando Tomás abrazo a su única hija y único recuerdo de su difunta esposa con todas sus fuerzas, deseando poder entregarle las fuerzas necesarias para que siguiera viviendo, y mientras pensaba escuchó como su hija le hablaba una vez más:
-Papi, déjame ir, por favor, déjame dormir, quiero soñar con mami, y no será para siempre… nos volveremos a ver ¿o no?
Dándose cuenta de lo egoísta que estaba siendo y viendo el dolor en el que estaba su hija intento parecer tranquilo y le susurro con una voz cargada de amor en el oído a su hija:
-Si querida hija mía, nos veremos otra vez y esa vez estaremos los tres juntos por siempre… saluda a tu madre por mi cariño…
-Si papi, no te preocupes, yo la saludo… Te quiero… Despiértame cuando llegue el doctor…
Luego de escuchar las últimas palabras de su hija, Tomás lloró, lloró la pena y la rabia que tenía en su corazón, rabia por su propia impotencia, rabia por el mundo por abandonarlo, rabia contra ese doctor tan irresponsable, rabia por la muerte inevitable.
Cuando el doctor llegó al consultorio se excusó por su tardanza, pero todas las palabras que salían de su boca parecían vanas y sin sentido para Tomás, parecía como si llegaran desde otro planeta, las únicas palabras que Tomás escucho de verdad fueron “Lo acompaño en el sentimiento”, el medico estaba intentando consolarlo, y ahí lo recordó, “Nos volveremos a ver”, esas palabras retumbaron en su corazón y lo acompañaron toda su vida, lo harían, se volverían a encontrar, aunque tuviese que esperar mil años, se encontrarían.
Resignado pero con un decidido a continuar viviendo, Tomás completó todos los trámites que había que completar y se sentó a esperar a que le entregaran el cuerpo de su hija para darle el último adiós.
Los años han pasado imperturbables y Tomás continuó viviendo, continuó trabajando en el mismo lugar que antes, siempre había una sonrisa en el corazón, nunca olvidó ni a su mujer ni a su hija, ni tampoco el dolor de sus pérdidas, pero se mantuvo firme, no se dejó llevar por la depresión, no se dejaría vencer tan fácil, tenía una promesa que cumplir. Siempre había una sonrisa en su rostro, nunca volvió a llorar por un pasado que ya se había ido, no habría tenido sentido hacerlo. Así fue toda su vida, una vida que se podría llamar una vida plena, trabajó, vivió, conoció personas, tubo amigos, rió con ellos, lloro cuando se fueron, nunca se arrepintió de haber sido el único de su familia que quedó vivo.
Pero la muerte siempre llega y la suya ya estaba cerca, la hora que parecía tan lejana sólo algunos años atrás estaba sólo a la vuelta de la esquina, pero no estaba sólo, sus amigos y compañeros estaban con él y, aunque no hubiese habido nadie, sabía que no estaría sólo, Ellas siempre estaban con él, en esos recuerdos, en esas últimas palabras, en esa promesa. Con esa idea cerró sus ojos y se dirigió al final de su camino, y sabía que al final no habría un precipicio directo al vacío, habría un campo de flores, un lugar donde podría descansar, y donde no volvería a estar sólo, porque ahí, en algún lugar estarían ellas y cuando se juntaran cumpliría esa promesa de reencuentro que tanto había esperado poder cumplir.
Colaboración de Ricardo Castillo
Chile