Creyendo que había cosas imposibles y sabiendo mis limitantes, me determiné a vivir en la simplicidad de mis pocos logros con la esperanza de paulatinamente avanzar en la vida, sin prisas, pero sin bajar la guardia tanto que se me olvidaran un instante mis objetivos primordiales, con prioridades concretas y sentimientos determinados por las experiencias vividas, deseando un millón de cosas y soñando cada día, sin dejar de lado la realidad...
Es cuando algo o alguien llega y cambia tu entorno, te das cuenta que la vida no es la misma, que todo lo planeado a veces debe ser interrumpido por un poco de improvisación, que en un instante mágico vale por mil realidades. Que los sentimientos pueden romper los esquemas de las experiencias vividas y ser más arriesgada para obtener nuevas formas de amar y odiar. Alguien o algo puede llegar incluso a través del tiempo o la distancia y desembocar tanta esperanza y amor que no crees capaz de sentir, que no crees que pueda ser, que no te imaginaste vivir.
Aprendiendo lecciones de vidas más jóvenes o de vidas más viejas, un día alguien o algo puede acariciar tu alma sin siquiera estar lo suficientemente cerca para acariciar su piel. Llega ese sentido absurdo y cuerdo a la vez de tus acciones, te enojas o lloras con las mismas ganas que amas o ríes, no hay arrepentimientos de la forma en la que tu vida se desestabiliza. La agonía de un futuro sin ese alguien o algo especial hace tus días una gran dificultad, el aire se hace más pesado y los objetivos que antes tenías existen pero deseas con la vida compartirlos con alguien o algo más...
Vale la pena atreverse a sentir, a vivir, a sufrir, a dejar de lado la perfección hasta la sensatez por un poco de locura, viviendo cada segundo de las decisiones correctas o erradas y jamás arrepentirte de lo que hiciste con amor y firme convicción, aunque no haya sido lo que esperabas...
Colaboración de J.Henry
Panamá
