Dichoso de envidia el hierro sin nervio sensitivo, la roca y su mineral anestesiado,
dueña de la dureza sin párpados para el llanto ¿Quién le ha preguntado al corazón por su dolor?
¿Qué sabe el yunque del dolor de la carne? ¿Ni la sombra del espanto del alma magullada?
El nervio oculta su negro abismo de serrucho tras el humo del camino, mientras la vida sigue su paso fúnebre se va suicidando a la tumba del ladrillo ignorando las agujas del sendero. De los rojos brezos transformados a los olores ciegos del ásaro, como dos columnas de coléricas flores.
Sus pies arrastran la helada valija del equipado sepulcro y no basta el rumbo cierto del orden
en la catástrofe sensitiva como persistente sádico baja su martillo al nervio dolorido
y se pronuncia con voz fatal en el clamor ajeno, bajo gélidas sabanas. Aun en cicatrices hurañas. Brazos fortalecidos muerde, arrojando yunques sobre hombros de cúpula roída. Tiene sordos oídos sin conexiones y en los campos del luto, el nervio es amo absoluto.
Colaboración de Ricardo Álvarez
Argentina
