Se conocieron una tarde después de la escuela en un cibercafé, gracias a un amigo en común. El nerviosismo adolescente de Diego era evidente, pero debía ocultarlo tras la fachada de chico rudo, un estudiante de bachillerato amante del heavy metal no se intimida fácilmente, aunque él bien sabía que no era así.
La belleza de Ángela, con esos hermosos ojos, era muy notoria, su figura delgada y ese hermoso cabello castaño le volvían loco. A sus 16 años, la chica desbordaba dulzura y alegría por todos lados. Desde esa tarde en que sus vidas se toparon, una chispa de enamoramiento surgió inevitablemente, tal vez una flecha había logrado penetrar ambos corazones. Podían charlar sobre cualquier tema, todo era tan agradable mientras tuvieran algún tipo de conexión, a partir de ahí hubo más encuentros, estos podían ser largos o terminar en un simple saludo, que aunque así fuera, eran gratos e inolvidables.
No se decían nada directamente todavía, aunque ambos corazones añoraban poder expresarse esa emoción adolescente de enamoramiento, no se atrevía ninguno de los dos a delatarse, a pesar de que indirectamente sabían que estos encuentros no eran casualidad.
Diego le preguntaba cómo había estado su día en el colegio y ello llenaba de alegría a Ángela, que le platicaba ahora con lujo de detalle su día, para así hacer larga la conversación. A ella le empezaba a enamorar su actitud, un chico con gran gusto por el rock y esa vestimenta oscura que le daba mucho estilo, pero en realidad era de un corazón noble y capaz de poder escribirle una canción improvisada con tonos de amor muy bien ocultos y dispersos en su letra.
Así lo hizo Diego aquella tarde en la que después de haber salido de casa con la excusa de hacer trabajos escolares, escribió en ese instante una canción para Ángela, que ella pacientemente leyó y se enamoró de esas letras simples pero con toda la buena intención de alagarla.
El amor es extraño, cupido cada día pareciera más desubicado desde el punto de vista de muchos o tan sabio con el paso de los años para otros, queriendo ver y encontrar amor en los lugares más insospechados y en personas que no tenían nada que ver. Pero así es cupido repartiendo flechas en su andar diario por la vida.
Se hablaban con sinceridad en las cosas que se platicaban, charlaban sobre los gustos musicales en los que coincidían, otros días en lo que les gustaría estudiar o en las cosas agradables y desagradables de sus lugares de estudios. Se hablaban pero no sabían si sería el comienzo de lo que sus corazones añoraban o solo una amistad para vivir.
Estaban muy a la par en muchas cosas, cualquiera de los dos podía llegar tarde a alguno de sus encuentros planeados. Cómo explicar ese lazo invisible, Ángela podía sentir en sus sueños cuando Diego veía a través de ella, así es de absurdo el amor que no se atreve a dar el paso de ser descubierto, aunque sea más que evidente.
Muchas tardes pasaron platicando sin parar, haciendo que los minutos se fueran rápido, hasta llegada la hora de marcharse para Diego. Tantas cosas empezaron a aprender el uno del otro, cada sonrisa que Ángela le mostraba hacía que Diego suspirara sin ella saberlo, y al mismo tiempo ella le demostraba su dulzura y así ojalá él pudiera notar que se moría de ganas por ser su novia.
El día esperado llegó, el encuentro próximo seria la ocasión ideal, citados a las cinco, Diego por fin se lo diría, Ángela solo creyó que sería una charla más, y así sin más Diego se lo propuso. Esperando su respuesta, vio que solo su ausencia llegó, las cosas debían de seguir y no sabían si sería o no. Tras minutos de no dar respuesta, Ángela por fin con una sonrisa y enormes ojos de amor dio el ¡sí! tan esperado. Aliviado ahora estaba el corazón palpitante y temeroso de Diego, vaya susto que se había llevado de imaginar que pudo haber perdido la amistad de ella al haberse atrevido a pedírselo.
Ahora que las cosas habían resultado bien, ya eran novios oficialmente y esto llenaba de una dicha enorme a ambos. Aunque aparentaran normalidad, Diego regresó a su casa con una sonrisa y el ánimo más fuerte que nunca. Pero para qué platicarlo con familiares y amigos, nadie lo hubiera entendido, incluso podrían haberse burlado.
Dos chicos, tal vez el uno hecho como complemento del otro, con diferencias pero que encajaban en las necesidades y conocimientos del otro. Cuando Ángela no sabía algo, Diego precisamente es en el tema que era experto y viceversa. Complementándose y ayudándose sin que esto fuera forzado, solo así tan natural se iban dando las cosas.
El amor adolescente estaba aflorando y guardando esas experiencias en sus mentes. Mientras tanto, el dios cupido sentado en la cima de un árbol cercano a Diego, observando como su creación daba frutos, enorgulleciéndose de su labor y hasta pecando de presunción al hacer notar que sus flechas no tienen límite y en cualquier circunstancia él podrá sembrar amor.
Qué soberbio es el dios del amor, qué incoherente al mismo tiempo, sesgado por su ansia de unir almas, deja de ser razonable y pretende sembrar su semilla en los lugares más inhóspitos y que los poetas de la época del romanticismo ni siquiera hubieran podido entender; pero cupido no es un humano que se quede arraigado a una época, él es el mismísimo dios del amor que se adaptará a las circunstancias para flechar a quien crea necesario.
Diego necesitaba una razón para ser más feliz y un motivo que le impulsara a seguir sus metas escolares, una musa que también inspirara sus canciones para que su pasatiempo de músico creciera y así saber cuál era su verdadera aptitud. Le hacía falta en su vida esa chispa de alegría y de ilusión que solo una mujer puede proporcionar.
Ángela por su parte, deseaba encontrar a ese novio ideal que fuera tierno y sincero con ella, jamás hubiera aceptado a cualquier rufiancillo de su colegio que solo le quisiera para para presumir de su belleza con sus amigos, aunque estando solos no tuvieran ni tema para hablar. Su ilusión era descubrir el amor sincero en compañía del chico adecuado y juntos compartir pláticas recreativas y compartir gustos e intereses, y por fin lo había conseguido, ambos lo habían conseguido.
Qué importa si tenían algunos gustos diferentes, qué importa si sus colegios eran distintos, a quién le interesa si cupido se equivocó o no, si creyó correcto flecharlos, fue tal vez por que vio algo especial en ellos, o tal vez pura presunción y soberbia por hacer ver que puede sembrar amor donde le da gana.
Porque en esta historia, la distancia le ganó al amor. Y Diego y Ángela se quedarán a la espera de un abrazo, una caricia, un beso de amor, que selle su noviazgo real, quedarán a la espera pero eso nunca llegará, hasta que cualquier día, uno de los dos deje de sentarse frente al monitor de la computadora a buscar ese chat que es su único lazo de comunicación.
Porque a cientos de kilómetros, internet es su único medio, por el cual se conocieron y por el que en cada encuentro planeado podían verse en fotos o video chat, porque él desde el cibercafé y ella desde el laptop de su casa han compartido un sueño y una ilusión que puede ser volcada en cualquier segundo.
Diego se lamenta por no poder estar ahí, junto a ella y tomar sus manos para besarla, Ángela siente celos ocasionales al escribir en el chat y ver que por varios minutos él no contesta, -tal vez pudiera estar buscando el perfil de otra chica así como me conoció a mí- piensa ella. Pero la lenta conexión de un cibercafé hace las cosas complicadas.
Cuándo será el día en que las cartas que se escriben dejen de llegar a su bandeja de entrada, cuándo despertarán del sueño de amor para darse cuenta de que el soberbio e insensato de cupido se equivocó y puso su flecha en dos personas que jamás podrán verse ni cruzar sus caminos reales y esto les causará más desdicha que si nunca se hubieran conocido.
Injusto dios del amor, que osas presumir de tus dotes, solo pretendes demostrar que el amor es más que presencia física, no te das cuenta de que en ciertas ocasiones es preferible no enlazar sentimientos a través del monitor de una computadora.