Parecía una noche más… una serie de sueños sin vínculo alguno, totalmente aislados. Dicen que lo mejor llega al final, así como el postre al final de una comida pesada que sirve para terminar con un agradable sabor de boca. Parece que tú fuiste mi postre de esa noche que me permitió levantarme con un muy dulce sabor de boca… agridulce sería el término más cercano a la sensación inefable que provocaste en mí. Lágrimas fue lo primero que sentí sobre mi rostro al abrir mis ojos; batallé mucho para no abrirlos, para mantenerlos cerrados lo suficiente como para seguir viendo tu rostro y seguir escuchando tu voz pero no tuve éxito y por una extraña razón me vi obligado a abrirlos.
Sabía que nos quedaba poco tiempo, que tenía que darme prisa para decirte mil cosas. Con una gran sensación de ansiedad por querer escupir millones de palabras y con la impotencia de no saber por dónde empezar, sujetaste mis manos, me miraste fijamente a los ojos como si tuviéramos un poder telepático que nos permitiera decirnos todo sin decir nada; increíblemente mi mente se calmó como si hubiese dado un frenado de pánico que detiene un carro en segundos… a todo esto me dijiste:
- Pase lo que pase… tienes que estar tranquilo.
¿Sabes? Muchas personas me han dicho esas palabras en situaciones adversas pero en ninguna de ellas he encontrado el soporte ni la fuerza para poder estar realmente tranquilo.
Quise detenerte, la verdad no quería separarnos porque sentía la necesidad de seguir mirándote y decirte todo lo que siento dentro de mí y justo cuándo te dije:
- no te vayas, no me dejes así, todavía tengo que decirte muchas cosas!!
- Todo eso ya lo sé…
Y sin decir más, sonriendo ambos por lo que significaba tu respuesta, veía como te alejabas poco a poco hasta que abrí mis ojos.
Increíble o no, esto no fue un sueño y lo sabes, pienso que llegaste justo cuando menos lo esperaba pero justo cuando más lo necesitaba. Esas palabras están tatuadas desde ese momento en mi alma y por enésima vez… gracias, y como me dijiste:
_ Te veré pronto…
