Aquí la lluvia es hermosa, siempre y cuando haya donde guarecerse de tu llanto, niña hermosa. Las gotas infinitas surcan el horizonte gris como convidándome de la sed de invierno: abrigo en tu regazo, ¡oh! candorosa damisela de los firmes senos cuál montaña del Huacapongo.
Tus formas tan claras, acurrucadas en el recóndito recuerdo de mí están guardadas: elegantes tus pechos como almohadas suaves donde mueren mis besos; tu cuello firme como erguido pino que apunta al cielo buscando luz; tu vientre grato, liso, noble como las pampas por donde hay que buscar a tientas el cáliz dulcísimo de tu ser; tu pelvis como esbelta curva que moldean mis manos: ¡Oh! Cuán frágil es tu amor ahí; tus muslos perfectos, un pedazo de encanto, redondos y pradera inmensa que esconde un manantial, cuyas húmedas aguas beber quieren mis ansias, y que al palpar, tus gemidos escarban, como conmovedora sinfonía, el corazón; tu manantial, el lado impenetrado, donde nadie ha llegado jamás... Aquel rincón tuyo, ese pedacito tuyo; aquel lugar tuyo que quebranta mi voz y desnuda en trizas el yerto pedazo mío...
Así te quiero...
