La humildad es la virtud más difícil de cultivar.
Muchas veces, su aprendizaje llega a doler y proviene
de donde menos lo esperamos.
Yo no lo esperaba de ti.
Creí que iba a ser yo quien derribara tus defensas,
hasta capturar mi objetivo: tu corazón.
Pero, evidentemente, fuiste tú quien derribó toda
mi soberbia y me dio una lección de humildad.
Me hiciste recordar que, contra las murallas del corazón
de una mujer, ni el Diablo tiene poder.
Esa fortaleza casi inexpugnable, tan difícil de conquistar,
tan difícil de entender y en la que resulta tan fácil perderse.
Pero yo estoy aquí. Ahora y siempre.
Quiero protegerte. Quiero cuidar de ti.
¿Qué puedo hacer para que te sientas segura conmigo?
No sé si alguna vez lleguemos a concretar nuestro amor;
pero que sea a tu modo.
Yo ya he obtenido una sobredosis de cariño y ternura.
He conocido una parte de tu alma y me gusta
lo que he encontrado: una mujer romántica, soñadora,
tan pura, cristalina y dura como una esmeralda.
Pero, si algo he logrado que sientas en tu corazón,
mis esfuerzos no han sido en vano.
Y si me has amado un poquito,
mis esfuerzos han valido la pena, pues
¿Quién más podría decir lo mismo?
