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Mi destino era muy bueno. Y mi futuro, brillante. Porque, además de que pude haber sido catedrático o trailero, ya anteriormente había desechado la propuesta de pertenecer al clero, a la iglesia católica. Mi vecino, Don Lupe, pertenecía a la Adoración Nocturna, una agrupación religiosa formada sólo por hombres, dedicada a adorar al Señor durante toda la noche. Lo hacían por turnos, de tal manera que el Santísimo nunca estaba solo, porque ellos se encargaban de acompañarlo y hacer oración.
Eran hombres probos, casi santos. Hombres dedicados a sus trabajos de día y a adorar a Dios en la noche. Bueno, no hace falta decir que también tenían vidas mundanas como todos los demás. Lo digo por lo que se contaban “en confianza” las señoras del pueblo. Porque doña Yola, esposa de don Lupe, le platicó en confianza a una de sus amigas, aspectos de su vida íntima. Y era que tenía una vida sexual muy activa: hacía el amor cuatro veces cada noche. En lagunillas le llaman “palos”. Cuatro palos diarios, pues. Pero esta amiga le platicó a otra, también en confianza. Y esta otra, a otra, igualmente en confianza, hasta que todo el pueblo lo sabía, aunque todo fue contado en confianza. Y hasta yo lo supe, porque las señoras no se cuidaban de mí, ya que sólo tenía ocho años y creían que no sabía de qué hablaban ellas. Lo sabía y no. Sabía que se referían a la vida sexual de nuestros vecinos y sabía que se referían al coito. Lo que no podía entender era cómo sabían en qué momento del acto sexual terminaba un palo y empezaba el otro. No entendía por qué cuatro, era considerado demasiado. Por qué nadie podía creerlo y la mayoría consideraba que era producto de la fantasía, más que de la realidad. Porque yo creía que cada introducción era un palo. Cuatro introducciones, pues. ¿Qué tan difícil puede ser?
Bien, pues este don Lupe, al estar tan inmerso en el mundo de la religión, se enteró de un programa que tenía la iglesia católica. Y era que buscaban niños en edad de estudiar la primaria para que lo hicieran en el seminario. Ahí estudiarían todo: primaria, secundaria, preparatoria. Y después, el sacerdocio. Con todo pagado. Eso decía don Lupe. Así que, ni tardo ni perezoso, se le comentó a mi mamá. Y ella, deseosa no sólo de que sus hijos fueran exitosos, sino, además, dar un hijo al servicio de Dios, me designó a mí para tan loable labor. Dio todos mis datos a don Lupe y éste se los llevó al padrecito. Ya estaba decidido. Y sin haberme preguntado nada a mí. Porque, aunque no lo crean, hubo un tiempo en que los padres decidían qué era lo mejor para ti. Y tú sólo obedecías y acatabas lo que ya los mayores habían decidido. Y sin replicar ni cuestionar nada.
Pero en la noche llegó mi hermana mayor, Estela, la misma que me daba los consejos que cito al inicio de este muy cierto relato y que viene a ser algo así como mi segunda madre. Y que no debemos confundir con la esposa de “El Jarocho”. Es otra Estela. Pues bien, mi hermana era considerada rebelde, porque ella nunca acató al pie de la letra lo que mis papás decidían. Y puso el grito en el cielo cuando se enteró de que me iban a mandar al seminario. No lo permitió por nada del mundo y hasta se peleó con mi mamá por haber decidido por mí sin siquiera haberme preguntado. Y la verdad es que yo sí habría acatado la decisión de mi mamá, aunque no estaba convencido de que quisiera dedicarme al culto a Dios. Y se “perdió” esa oportunidad para mí. Brillante futuro, pero no en la iglesia.
Y creo que estuvo bien, porque a esa edad yo estaba enamorado de Concha, una de las hijas de don Lupe. Pero quizá deba explicar algunas otras cosas antes de continuar con esta historia. Nosotros fuimos doce hermanos, 6 hombres y seis mujeres: Lucina (+), Estela, Asunción (+), Olegario (+), Rosa, Norberto, Guadalupe (+), Marcos (yo), Elicia (+), Mario y dos abortos más. De estos doce, fallecieron 6 de bebés (3 hombres y 3 mujeres) y quedamos 6 (3 hombres y 3 mujeres). Sólo Elicia falleció de adulta -cáncer de estómago- en mayo del 2011, a los 38 años de edad. Sabia naturaleza. Y es que mis papás son originarios del Estado de Guerrero, de un pueblito enclavado en las montañas, llamado Igualita, por el rumbo de Metlatónoc. Un lugar muy pobre y muy apartado, de muy difícil acceso en ese entonces. Mi papá nació en 1935 y mi mamá, tres años después, en 1938. Cuando los casaron -ya dije que eran los padres los que decidían-, mi papá tenía 18 años y mi mamá, 15. Era el año de 1953.
Según los usos y costumbres del lugar, los padres de mis papás hicieron el trato y los casaron. Los padres de mi papá “pagaron” a mi abuela materna -mi abuelo paterno ya había muerto desde que mi mamá era una ñiña- con dos yuntas de bueyes, dos marranos gordos, veinte gallinas, cuatro cargas de maíz y dos cargas de arroz. Poco más o menos, según lo que nos contaba mi mamá.
Y nadie debiera escandalizarse por esa forma de vender a las muchachas; esa era la costumbre. Era lo “normal”. Porque, además, las muchachas tenían valor y se podía negociar cuando eran chiquitas. Después de los 18 años, perdían valor y ya nadie ofrecía nada por ellas. Mal negocio para los padres, pues ya no “recuperaban” prácticamente nada de lo invertido en su manutención. Así eran esos tiempos y así eran las costumbres. Y mi abuela materna se benefició con ese “negocio”. Porque su necesidad era mucha; más para ella, que era viuda.
Y, siguiendo las costumbres del lugar, los hombres, aun después de casados, seguían trabajando bajo la tutela del señor grande, el padre de la familia. Y las nueras, trabajaban bajo la supervisión de la suegra. Unos y otras trabajaban para la colectividad, pues no existía la figura de la “propiedad privada”, por lo que el sistema venía a ser algo así como el socialismo. Y, al final de una vida de trabajo duro, sólo les quedaba esperar que el señor grande los favoreciera con algo de herencia, pues si por alguna causa, el padre de familia no estaba contento con tal o cual hijo, simplemente no le heredaba nada. Y no le quedaba más que seguir trabajando, ahora para sus hermanos, por haber sido “mal hijo” y haberse hecho acreedor al desprecio de “papá grande”.
Mal negocio, pues. Pero no había de otra. Te quedabas, te aguantabas y le “hacías la barba” a papá grande, o te largabas del lugar, a buscar las aventuras, cual un Don Quijote. Confiar y esperar que el destino te deparara algo mejor. Sin dinero y sin más pertenencias que lo que cargaban encima. Y encima, los chamacos. Toda una aventura. Azarosa, despiadada y desconocida. Y esa es la razón de que yo haya nacido en el Estado de Puebla, ya que mis papás llegaron a mi natal Lagunillas, siguiendo la zafra. Lagunillas es un pueblo dedicado casi en su totalidad al cultivo de caña azucarera. Y la época de la zafra representa la oportunidad de trabajo para mucha gente, ya que, incluso hoy en día, el uso de maquinaria es limitado, por el costo que representa y porque, al ser maquinaria pesada, deteriora mucho al tronco de la caña, lo que reduce considerablemente el ciclo de vida de los cultivos.
A una parcela de caña se le pueden dar varios “machetes”, dependiendo del cuidado que se le tenga y de la variedad de la planta. Los machetes son los cortes o las veces que se puede cosechar la caña. Cuando se siembra, la cosecha se llama “soca”; es el primer machete y la caña es de la mejor calidad. Pura sacarosa. Luego, la caña vuelve a crecer y se vuelve a cortar: segundo machete; ahora se llama “resoca”. La calidad disminuye un poco, pero sigue siendo excelente. Y así sigue y sigue. Hay productores que han sacado hasta 14 cosechas, cortes o machetes a sus parcelas, antes de “voltear”. Voltear es barbechar: meter el tractor para preparar la tierra para otro cultivo, mientras descansa.
Uno o dos años se cultiva otro producto, que puede ser maíz, frijol, calabaza, pepino, melón, sandía, tomate, chile, pápalo, cebolla, jícama. Y después, otra vez a la caña. Esta es la vida en Escape de Lagunillas, de donde salí en 1988, casi huyendo de las “chingas” del trabajo del campo, pero, sobre todo, por otro motivo que les contaré en su oportunidad: un motivo de faldas. Sólo les puedo adelantar que lo mío nunca fue la caña, sino la cebolla. Eso sí que era lo mío. Y me permitió ganar “buen dinero”. Pero no adelantemos vísperas; todo a su tiempo. Porque hay tiempo para todo.
Creo que nos hemos desviado un poco del tema que estaba tratando, pero era necesario retratar el contexto en que vivió Marcos. De otra manera, quizá lleguen a satanizarlo sin siquiera haberlo conocido. Y ya les digo que yo lo conozco como la palma de mi mano. Por eso quise mostrarles un poco del tiempo, lugar y creencias que han enmarcado su vida.
Y, aclarado lo anterior, permítaseme continuar con esta larga historia. Les contaba que a la edad de ocho años estaba enamorado de Concepción -de cariño, Concha-, de nueve años. Don Lupe tenía varios hijos: Ángela, Ofelia, Concepción, Matilde, José Cupertino y Araceli. Ángela era la mayor y ya no nos interesaba. Ofelia era más o menos de la edad de mi hermano Norberto, por lo que la “agarró” él. Concepción era un año mayor que yo y Matilde, un año menor que yo, por lo que no me decidía a quién agarrar. José era de la misma edad que mi hermana Elicia, por lo que consideramos, de manera “natural”, que eran el uno para la otra. Araceli era de la edad de mi hermano Mario, por lo que también los emparejamos de manera “natural”. Todo era casi perfecto, a no ser por dos pequeños “detalles”. El primero era que Ofelia estaba enamorada de mí y no de mi hermano, del que le “tocaba”. Y ella lo expresaba abiertamente, lo que no dejaba de incomodar a mi hermano, pues se sentía traicionado, aunque yo no hiciera nada. Pero ese era un detallito menor.
Lo que sí me dolió mucho, fue una vez que don Lupe regresó de sus actividades de adoración nocturna, mucho antes de lo programado y me encontró jugando muy amenamente con Concha, por quien finalmente me decidí. Pues al viejo no le gustó nada cómo estábamos jugando y me corrió a la chingada con malas maneras y malas palabras, pese a que estaba regresando de adorar al Señor. Ahí rompió mi ilusión y no me volví a acercar a Concha, a quien no tardé en olvidar cuando llegó otra familia a vivir en otro lote contiguo al nuestro. Porque este matrimonio, formado por don José “El Bagre” y doña Lala, tenían los siguientes hijos: Julia, Silvestre y Leticia. Y me enamoré de Julia inmediatamente después de verla.
Y es aquí donde vino la venganza de mi hermano, sin siquiera buscarla. Porque a don José le gustó mi hermano Beto para yerno. Y, sin más preámbulo, fue a proponerle a mi papá, que los muchachos se comprometieran, con miras a casarlos un poco más adelante, cuando tuvieran edad. Julia y Norberto. Y, ¿dónde quedaba yo, con todo mi amor por Julia? ¡Ay!, ¡Qué cruel es la vida! ¡Cómo sufrí y cómo lloré por no haber sido yo el elegido! Pero, afortunadamente mi papá ya pensaba de forma más “liberal”. Le dijo a don José que agradecía mucho la distinción que le hacía a uno de sus hijos, pero que la decisión no le correspondía a él, sino al elegido, por lo que, si éste decidía aceptar, a él no le quedaba más que apoyarlo, pero de ninguna manera intervendría en una decisión de esa naturaleza. Se fue don José, parece que no muy contento. Pero quien sí estaba contenta era la propia Julia, quien, ajena a mis sentimientos, se hizo novia de otro muchacho del pueblo, feo como patada en los bajos y de cuyo nombre no quiero acordarme, pero de quien sí recuerdo su apodo: “El lodo”. Así de feo estaba el pobre. Pero Julia lo amaba, creo, porque a los pocos días se fue con él, no obstante que eran menores de edad. Cosas de la vida. Pero ahí terminaron las rencillas entre mi hermano y yo, porque, la verdad es que Julia nos gustaba a ambos.
El caso es que ni catedrático, ni trailero, ni sacerdote. Ya anteriormente, también mi hermana Estela -mi segunda madre, digo yo-, había impedido que me dedicara a taquero. Porque en una ocasión llegó un paisano del pueblo que vivía en Tijuana y tenía varios puestos de tacos. Estaba buscando chamacos de confianza para que se dedicaran a picar verdura en sus taquerías. Y mi mamá, como siempre, me apuntó para esos menesteres. Hasta que llegó mi hermana, se peleó con mi mamá e impidió que yo me fuera. Esa historia ya se la saben ustedes también. Y no me fui a Tijuana. Así que, taquero, tampoco.
Pero mi hermana me ofrecía apoyarme hasta terminar mi carrera. Porque ella era soltera, sin hijos. Trabajaba vendiendo joyería de oro, que iba a comprar a Iguala y ganaba muy bien. Era la época del auge del oro. Recuerdo que, para bailar, la chamaca se fijaba primero en las joyas que trajeras visibles. Entre más enjoyado, más probabilidad de que aceptara bailar contigo. Si no llevabas joyería de oro, olvídalo. Simplemente, te quedabas sin bailar. Y eso no era nada bueno. Porque la música, en verdad era buena. Los bailes se amenizaban con un tocadiscos y un altavoz de cono. Se utilizaban discos de acetato de 33 y 45 revoluciones. Y los artistas de moda eran Rigo Tovar y su Costa Azul, Tommy Ramírez y los Sonorrítmicos, El Acapulco Tropical y Walter Torres, Xavier Pasos y Grupo Capricornio, Aniceto Molina y La Luz Roja de San Marcos. Esos y muchos otros grandes artistas que tardaría mucho en nombrar.
Pero no se piense que los esos eran los únicos bailes. Puedo presumir que, a mi pueblo, fueron a tocar muchos artistas renombrados. Eso se hacía cada año, en el esperado baile de “Fin de Zafra”. Entre los que recuerdo, están: Carlos Campos, Los Gatos Negros, La Sonora Santanera, La Sonora Matancera, Chico Che y la Crisis, Los Sepultureros y Dulce Rosario, El Acapulco Tropical, Los Corraleros del Majahual, los ya nombrados Rigo Tovar y Tommy Rairez. Y tantos otros de los que no logro acordarme. Estos eran los bailes “grandes”. Pero también existían los bailes chicos, con conjuntos musicales locales. Puedo mencionar a la Organización Extraños, Organización Génesis, Dinastía Musical, La Orquesta de Susy y sus Muchachos.
Hasta a mi hermana Estela le tocó la fiebre de la música. Se juntó con otros muchachos del pueblo y formaron un grupo musical, del que ella era cantante. Su estilo para cantar era exactamente igual al de Sonia López. Increíble. Pero el problema fue cuando intentaron ponerle nombre a su agrupación. Porque, como la mayoría de sus integrantes, eran de la familia Figueroa, éstos intentaron bautizarla como “Dinastía Figueroa”. Los demás se opusieron, alegando que los de “Dinastía Musical” iban a decir que les habían copiado el nombre, porque ellos ya existían desde antes como agrupación musical. Después de mucho tira y afloja, decidieron llamarse “Imán Musical”, por la gente a la que iban a atraer con su música, según ellos. Quedé sorprendido por la “originalidad” del nombre. Honestamente, a mí me habría gustado más, dinastía que imán. Pero no fue a mí a quien preguntaron.