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Andanzas y peripecias de Marcos (Cap. I. Lagunillas. 3/a. Parte)

3

Nací en Escape de Lagunillas, Pue., un pueblito del sur del estado, como ya tengo dicho. Pero mis papás eran nómadas; iban buscando los lugares donde hubiera trabajo que les proporcionara el diario sustento. Por eso no ha de creerse que cuando emigraron de Guerrero, sólo se quedaron a vivir en Puebla y ya. Porque no fue así; también vivieron en Morelos. De tal suerte que yo, desde que tengo uso de razón y hasta los cinco años, viví en Axochiapan, Mor., en un rancho que era propiedad de mi padrino, Don Florentino Figueroa “La Mochila”. Fue aquí donde nació mi hermana Elicia, un año menor que yo y con quien crecimos de la mano; tanto, que quienes nos veían creían que éramos gemelos, como efectivamente nos hicimos pasar algunas veces. Tenía este rancho su propio sistema de riego, que consistía en un pozo de agua, una bomba accionada por petróleo y un tanque, que más bien era una alberca. Silvano “El Chivo” era el encargado de arrancar la bomba cuando se necesitaba llenar la alberca, ya fuera para riego o simplemente porque iban a ir los hijos del dueño y querían nadar. Mi padrino y toda su familia vivían en Lagunillas, a doce kilómetros de Axochiapan. Era éste, un rancho en donde se producía mango petacón, guayaba, limón, papaya, mandarina, melón, sandía, té de limón, calabacita, ejotes y algunas cuantas verduras más.

Y, así las cosas, yo no conocía a más gente que a mi propia familia y a los trabajadores del rancho. De éste a Axochiapan, había aproximadamente dos kilómetros. Y fue en este lugar donde me enamoré por primera vez, a los cinco años de edad. No recuerdo el nombre de mi damita porque ella era una señora casada que iba a visitar a mi mamá y tenía un bebé recién nacido. Nunca se enteró de mis sentimientos ni supo que yo la elegí para casarme con ella. Tampoco supo nunca que me enamoré de ella contemplando su ropa interior, sus bragas. Y es que ella no se cuidaba de mí, yo creo por considerar que era demasiado pequeño para verla como mujer. Pero la verdad, no era así. Siempre que llegaba, yo procuraba sentarme delante de ella para atisbar debajo de su falda y deleitarme con la visión que me ofrecían sus braguitas, que casi siempre eran blancas. A ella le encantaba ese color de ropa interior, según creo.

Pero mi gran problema era cómo hacerle saber mis intenciones y mis serios deseos. Yo estaba seguro de querer casarme con ella y sólo esperaba crecer lo suficiente para hacerlo. Pero eso ella no lo sabía. Y yo no sabía cómo hacérselo saber. ¿Era simplemente llegar y decirle: ¿“oye, me gustas y quiero que te cases conmigo”? ¿Así de simple? Yo creía que la cosa no era así. Algo me decía que, si lo intentaba así, ella no iba a aceptar y yo me iba a quedar con un palmo de narices. ¿Cómo hacerlo, entonces, para lograr mis intenciones? O, ¿a quién le preguntaba? Aunque mis intenciones eran serias, no podía preguntarle a nadie sin que me fuera a regañar, ya que iba a destruir un matrimonio. Y eso no estaba bien. Pero tampoco lo estaba que yo me quedara sin luchar por el amor de mi vida. Mi primer amor, de hecho. Así que, ése era mi gran dilema y mi principal preocupación.

Entre estas ensoñaciones, jugar con un caballito de plástico que me había llevado mi papá, espiar a mi abuelita cuando se iba a bañar y jugar con mi hermana, iban transcurriendo mis días y mis noches en ese entrañable rancho, del cual mi papá era el encargado y administrador, al mismo tiempo. Mi abuela materna, doña Guadalupe Hernández, era una señora regordeta y blanca, ya muy grande. Vivía con nosotros y se bañaba en el depósito de agua que hacía las veces de alberca y pila. Lo hacía así porque no había regaderas. Ese concepto no lo conocíamos. Pero lo que a mí me sorprendía, era cómo se tallaba la cara con una piedra, que, al ser ella blanca, le quedaba de un rojo intenso. Eso era lo que a mí me sorprendía y era el motivo por el que iba a espiarla. Ella ya lo sabía también, porque antes de meterse al agua, se aprovisionaba muy bien de un montón de piedras, mismas que mantenía a la mano para que, en cuanto asomara la cabeza por ahí, dejármelas caer por media frente o por donde me cayeran, al grito de “¡chamaco, lárgate de aquí canijo! ¡Te voy a acusar con tu madre de que me andas espiando y ya verás qué “pela” te va a meter! Afortunadamente, creo que nunca me acusó, porque mi madre nunca me dio ninguna pela por ese motivo.

Respecto a mi caballito, casi me lleva a la tumba a esa edad de 5 años. Y es que, después de echar a andar la bomba, Silvano “El Chivo” se iba a revisar los riegos y dejaba que el tanque-alberca se llenara. Cuando esto sucedía, apagaba la bomba. Pero pasaban cuando menos tres horas para que se llenara. Así que yo, jugando a darle agua a mi caballo, me caí de cabeza a la alberca y permanecí metido en el agua alrededor de media hora, según los trabajadores del rancho, que me habían visto jugar con mi caballo y, luego, ya no me vieron. Dijeron que creían que me había metido a la casa, cuando, en realidad, estaba metido en el agua. Yo recuerdo muy bien este pasaje porque nunca perdí el conocimiento. Y tampoco sufrí nada. Era como estar buceando: me veía los pies, flotando; veía a mi caballo, flotando también. Pero de desesperación, nada. No sufrí asfixia. No sé exactamente por qué.

El caso es que don Juan “El Evangélico”, uno de los trabajadores del rancho, pasó por ahí y me vio ahogándome. Yo recuerdo cómo se metió al agua para sacarme, ya que me daba cuenta de todo. Según mi percepción, todavía se tomó el tiempo necesario para desvestirse y meterse al agua. Me sacó y me agarró de los pies, cabeza abajo, hasta que saqué toda el agua que ya me había tragado. Después de eso llegó mi papá, que me llevó en brazos hasta la casa, después de agradecerle a don Juan, haberme salvado. Después de eso, me llevaron a “curar de espanto”, una acción que consiste en buscar a alguna persona que sea “muy enamorada”, pues de otra forma no funciona la curación. Se le “habla” a la persona y se le indica el motivo. Se concierta la fecha y acuden todos a la iglesia, a que el padrecito lea los Santos Evangelios al espantado. El padre rocía agua bendita sobre todos los participantes y, poniendo la mano sobre la cabeza del espantado, lee algún pasaje de los evangelios. Y, santo remedio. El espantado queda curado. Siempre que el padrino sea muy enamorado, pues, si no es así, el espantado queda igual de espantado.

Uno de los juegos preferidos que teníamos con mi hermana Elicia, era molestar a una gata recién parida que teníamos. Porque era brava y siempre trataba de arañarnos. Y nosotros, de escapar de ella. Aquí les cuento algo que casi nunca cuento a nadie, porque prácticamente nadie me lo cree cuando lo digo. Y es que, la forma que tenía yo de escapar de la gata, era “volando”. Levitando, sería más correcto decir. Cuando la gata iba a atacarnos, yo me ponía en posición como de “sentado” en una silla. Y me elevaba, dejando a mi hermana abajo, gritando porque la gata iba a atacarla. Yo le gritaba que se pusiera como yo, para que pudiera volar también. Pero ella nunca pudo hacerlo. Y yo creía que era porque estaba chiquita y que todavía no aprendía. Porque yo creía que eso era normal y que todos lo podían hacer. Cuando tuve conciencia de que eso no era así, ya no lo pude hacer. Ya en nuestra vida de adultos, antes de que falleciera, le preguntaba a mi hermana si se acordaba de esos pasajes. Y los recordaba tan bien como yo. No fue producto de nuestra imaginación, pues.

También recuerdo cuando mi hermana Estela cumplió quince años. Yo tenía cuatro y no alcanzaba a comprender por qué mi hermana estaba tan enojada. Y eso fue porque mi mamá se obstinó en que tenía que hacerle misa y que tenía que llevar madrina; ¡cómo de que no! Además, le iba a hacer su comidita, claro que sí, aunque la quinceañera no quisiera, pues no era ella quien mandaba. Así que, la obligó a ponerse un vestido todo mal hecho, que ella misma había confeccionado y la arrastró, prácticamente, hasta la iglesia. También le “habló” a Rosa, una de las hijas de mi padrino Florentino, para que la acompañara en calidad de madrina, ya que Rosa era doctora y le convenía. Todo se hizo así. Pero hasta la fecha, si ustedes vieran las fotografías que se tomaron con ese motivo, verían la cara de enojo y fastidio de mi hermana Estela.

Otro de los pasajes que recuerdo de esa época y en ese rancho, fue cuando mi hermano Beto quemó la casa. Estaba atiborrada de pápalo seco, para semilla, porque iban a sembrarlo. Pero como no había luz eléctrica, mi hermano tuvo necesidad de entrar a buscar una herramienta y utilizó un candil de petróleo, que era lo que usábamos para alumbrarnos. Fuego sobre yesca, pues; prendió con una rapidez extraordinaria. Y a mi hermana Estela acababan de comprarle una máquina de coser Singer, la mejor que existía, porque estaba estudiando corte y confección en la escuela. Y no quiso dejar que su máquina se quemara, por lo que entró a rescatarla. Y cuando quiso salir, ya no pudo hacerlo, porque ya las vigas que sostenían el techo se habían derrumbado, obstruyendo la puerta. Quedaba la puerta posterior, pero estaba amarrada con alambre recocido. Recuerdo que mi papá pedía a gritos unas pinzas para abrir la puerta, pero nadie pudo encontrar ninguna. Así que, no le quedó más remedio que romper el alambre con las manos y sacar a mi hermana, que ya estaba casi muerta. Se la llevaron al Hospital General de Axochiapan, no recuerdo en qué y, después de varias intervenciones quirúrgicas, lograron salvarle la vida. Sin embargo, hasta el día de hoy, aún conserva las marcas de las quemaduras sobre su piel.

En ese entonces, yo todavía no iba a la escuela en forma “formal”. Mis hermanos mayores, sí. Pero mi papá tuvo la idea de que fuera, aunque sea de “oyente”; para “perder el miedo”. Habló con alguno de los profesores y me aceptaron en tal calidad. Fui algún tiempo. No recuerdo cuánto, pero no fue mucho, porque sufrí un accidente. Y fue que, camino a la escuela, vivía un señor al que apodaban “El Gorras”. Pues bien, este señor tenía varias hijas, más o menos de mi edad. Como diario pasaba por ahí con mis hermanos, veía a las niñas. Y siempre las iba buscando con la mirada, porque me parecían bonitas. Hasta que, por ir volteando, me caí sobre unos nopales y se me enterraron las espinas por todo el cuerpo. Esta vez fue en la clínica del IMSS de Lagunillas donde me atendieron y me sacaron las espinas que pudieron. Para las que no pudieron sacarme, me dieron un medicamento, para que se pudrieran, dijo el médico. Y ese fue el motivo de que dejara de ir a exponerme a la escuela, pues no había tal necesidad, según dicho de mi mamá. Sin embargo, hasta la fecha, conservo algunos lugares de las manos en los que no pudieron sacarme las espinas, donde, de vez en cuando, siento que me molestan.

Y el último de los pasajes traumáticos que nos tocó vivir en ese rancho, fue la agresión que sufrió mi papá, que casi lo lleva a la tumba también. Ese no fue un accidente, sino un intento de asesinato. Entraron a la casa, hombres armados con machetes, en la noche, aprovechando la oscuridad, e intentaron partirle la cabeza a mi papá. Dice mi mamá que fue porque mi papá tenía de amante a una señora casada, de nombre Alicia, quien vivía en Axochiapan. Y fue el marido ofendido quien intentó matarlo. Teníamos dos perros en el rancho: el “Fifí” y el “Conde”, a cual más bravos. Pero esa noche ni siquiera ladraron. Los habían envenenado. Yo recuerdo que dormía entre mis papás. Y recuerdo cómo mi papá se dio cuenta de que había alguien caminando entre las sombras, por lo que empezó a hablarle, para identificarlo. Le decía: “Beto, Beto, ¿eres tú?, pues creía que era mi hermano. El individuo en cuestión no le contestó, pero pudo identificar en dónde estaba mi papá, por lo que se acercó y le dio de machetazos. Sin embargo, al levantar el machete, mi papá vio el brillo de la hoja e, instintivamente se cubrió la cabeza con el brazo, por lo que las heridas las recibió en el brazo y no en la cabeza. Despertaron todos y empezó un galimatías, una gritería de mujeres. Mi mamá gritaba: “la pistola, la pistola”. Hasta dónde yo sabía, en la casa no había ninguna pistola. Pero mi mamá lo decía con tal convencimiento, que terminé por creerlo. Y creo que el asesino, también, porque salió huyendo de la casa sin haber terminado el “trabajo”. Gracias a Dios. Mi mamá insistía en que se fueran al hospital, pues de otra manera, mi papá corría el riesgo de morir desangrado. Pero mi papá, obstinado, no quiso acceder a esa lógica petición, pues él estaba seguro de que no era un asesino solitario, sino varios. Decía que había visto varias brazas de cigarro entre la oscuridad, y que de seguro estaban esperándolo afuera para rematarlo. Y por eso decía que no iba a salir nadie de la casa hasta que amaneciera. Así se hicieron las cosas y, después de una larga madrugada, amaneció y mi papá pudo ir al hospital a Axochiapan. Los acontecimientos habían empezado alrededor de las tres de la mañana.

Cuando mi padrino y dueño del rancho se enteró de lo ocurrido, puso el grito en el cielo y exigió que mi papá pusiera una demanda, a lo que éste no accedió. No sé cuáles fueron sus argumentos, pero mi padrino terminó convencido de que la culpa había sido de mi papá y de que no iba a ser la última vez en que intentaran asesinarlo. Era el año de 1976. Un “amigo” de la familia recomendó contratar a otra persona que él conocía, quien se dedicaba a desaparecer a quien fuera y lo hacía parecer accidente. Sólo cobraba cincuenta millones de pesos. Barato. Y, además, era discreto y confiable. Mi papá se opuso rotundamente y optó por abandonar el lugar. Así que nos fuimos de ese rancho y fuimos a parar a San Miguel Nepantla, en el Estado de México, tierra natal de Sor Juana Inés de la Cruz. En ese lugar vivían unos familiares de mi papá, también originarios de Igualita, Gro., quienes trabajaban cuidando los ranchos de descanso de los Echeverría: los hijos de don Luis Echeverría Álvarez, quien fue presidente de México de 1970 a 1976. Un lugar en verdad paradisíaco, del que les hablaré en la siguiente parte de este relato.

Esta es la tercera parte del Cap. I. Lagunillas.


Colaboración de Marcos Romano

México
Escríbele

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