Fiel caballero del deseo,
tras tu aristocrática presencia,
y elegante porte que destilas,
hay una recia estampa de piel,
dónde saciar tus proclamas,
que convergen en aromas,
de candentes lluvias lúbricas,
para besar la noche ardiente,
para con el arte de tu carne
encumbrar en la frontera,
del desenfreno y la sordidez
a quién en tu encanto cayó
y un hondo suspiro te dedicó
deslumbrada por tu presencia
de amable seductor galante.
Dejando candente huella,
en la simetría de su aliento,
y en la plena desnudez,
de su instintivo eco.
