El dulce de sus labios dejaba de ser su sabor favorito;
no florecía la sensualidad,
ni merodeaban en sus ojos las pequeñas mariposas que,
antes al amanecer, subían y bajaban por su cuerpo,
su primavera había muerto y en su reemplazo,
llegó un frío otoño que empalideció su silueta,
todo en ella había cambiado, desde el sabor de sus besos
hasta la forma de hacer el amor;
ella, un cuerpo en calma y helado
después de que en tantas noches fue un mar embravecido
que arrasaba entre olas lo que encontraba a su paso...
él ya no era esa corriente de aire que le despertaba,
que le hacia temblar,
quizá algún viento ajeno a aquellas tierras
le estaba devolviendo la vida,
una vida que no era continua,
una vida ajena,
que le resucitaba algunos días y en otros,
simplemente la enterraba en un horrendo silencio e indiferencia,
mientras que lejos él anhelaba volver a sentirla como en algún tiempo atrás, volver a tocar esos sus pétalos,
los que un ventarrón estaba arrancando
mientras ella amaba ser destruida...
