Todo inicio desde aquel 3 de mayo era primavera más sin embargo me seguía una nube lluviosa. No podía comprender el por qué te marchaste. Respetando tu decisión en silencio, el llanto me agobiaba la tristeza siempre me acompañaba. Con cada parpadeo que daba el brillo de mis ojos se marchaba, el color cada vez más se opacaba. Volviéndose así mi visión completamente gris sentí de mis días el fin.
No me hacia la idea del como un ser tan cautivador y frágil, podría cambiar tan solo en instantes, como una rosa dorada pudo oxidarse. Me confié a ciegas de lo que mi ser sentía, sin darme cuenta que ese gran sentimiento hacia un gran abismo seguía.
Pasados cinco meses de dolor, desesperación y enfermedades entre otras malas cualidades, al fin mi tiempo un cambio tomó. Una noche a eso de las 11: 40 me levanté, abrí mi ventana y observé hacia el cielo. Esa noche iluminaban millares de estrellas con variedad de tamaños, unas resplandecían más que otras, la luna iluminaba mi rostro era algo hermoso. Hace mucho no pensaba de aquella manera, hace mucho no observaba el exterior como en ese momento. Los colores regresaban a mi visión. Sonreí, me sentí otra vez valiente. Gracias a ese alentador paisaje que pintaba el cielo comprendí que ya no te necesitaba, comprendí que para brillar debía elevarme altamente y resaltar entre la oscuridad con valentía y sin opacar a los demás, simplemente brillando con mi propia luz... como brillan las estrellas.
