Toqué a la puerta de tu corazón y me encontré con
una mujer maravillosa, llena de sueños y atributos,
dulce, sorprendente y apasionada a la vez,
dotada de una voluntad y una mente indomables,
tan insondable como el abismo de la galaxia
más lejana,
imposible de comprender para las mentes ordinarias,
imposible de conquistar para los espíritus conformistas;
una mujer siempre llena de entusiasmo:
una mujer prodigiosa.
En cuanto a nuestra prehistoria y antes de conocernos,
quizá podríamos hablar de una sucesión de “casualidades”
en el tiempo;
o más bien fue el destino quien se encargó de ir tejiendo
los hilos de nuestras vidas y nos fue acercando,
paso a paso, hasta encontrarnos y enamorarnos:
¡Qué hermosa casualidad!
Y, ¿qué podría decir de tu belleza física?
Tu cuerpo me recuerda a las majestuosas montañas:
llenas de protuberancias y lugares inexplorados;
a los fértiles campos: rebosantes de vida y de frutos
suculentos;
a los húmedos prados: tapizados de flores y de una
paz inmensurable;
a los altos pinares: abundantes de savia y donadores
de fragancias exquisitas;
a la inmensidad de la playa: ora en pleamar, ora en bajamar;
eres, en resumen, una mujer por la que “vale la pena vivir”.
