Aquélla era la primera vez que se enfrentaba a algo así. Hacer un alto en el camino, a media tarde, en un terreno elevado con vistas a un serpenteante valle fluvial. Aunque esperaba que no pasara mucho tiempo para entrar nuevamente en combate: la conquista de su amor. La emoción hacía que el corazón le retumbara en el pecho como un enorme tambor, de sólo pensar en ella. No podía salir huyendo, no debía desertar; debía seguir luchando. Pero, al mirar hacia el sur, donde los detalles del paisaje quedaban difuminados por la distancia, sufría un constante y lacerante dolor en el pecho y se preguntaba cómo un lugar tan pequeño podía albergar tanto sufrimiento.
Y le resultaba peor que cualquier cosa que hubiera podido imaginar. Pero, a pesar de todo, creía que tenía alguna oportunidad de conseguir su objetivo. Sin embargo, casi al final se dio cuenta de que, en realidad, ella no lo necesitaba. Ella era feliz con lo que tenía, con lo que había logrado construir. Y pudo entender con desolación no carente de dolor, que gran parte de su carácter jovial y alegre, así como su delicioso contoneo al caminar, se debía a que su vida sexual era plena y excitante. Ni siquiera para eso lo necesitaba. Si, al menos, su vida fuera vacía desde el punto de vista sexual, habría tenido alguna oportunidad. Pero no era así. Era, más bien, que alguien estaba haciendo ese “trabajo”. Y lo estaba haciendo bien.
Además, honestamente creía que ningún pelafustán tenía derecho a irrumpir en su vida perfecta, inquietarla y tratar de destruir lo que con tanto esfuerzo diario había construido ella. Eso habría resultado ruin y mezquino, desconsiderado para los seres que ella amaba, entre ellos, su propio esposo, al que, por cierto, consideraba su amigo. ¿Qué clase de hombre puede tratar de conquistar a la mujer de su amigo? Sin duda, un pelafustán, aun escudándose detrás del frío razonamiento nietzscheniano: “lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal”; algo que, en verdad, él creía.
De modo que, lo correcto y lo de “hombres”, era dejar de importunarla; dejar de inquietarla y dejar que siguiera con su vida. Lo demás era de pelafustanes, gañanes sin educación y sin moral. Máxime, que una flor es más hermosa en el jardín, que cortada. Y es mejor admirarla que pisotearla. Sentía que, si lo hacía, sería casi como rebajarse al nivel de un puerco. Y ése era el momento preciso para reivindicarse con el mundo al que había intentado acceder. Y con la mujer a la que más había amado en toda su vida, mostrando un poco de coraje y sentido común: retirarse y salvar su propia dignidad.