SINOPSIS
El asesinato de tres policías federales en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, en junio del 2012, es el acontecimiento que origina que uno de los protagonistas aborde un tema del pasado: la misteriosa muerte de una psicóloga de muy mala reputación, cuyo cadáver es encontrado por la PEI (Policía Estatal Investigadora), al pie de una pared natural de piedra, enclavada en lo más profundo del bosque. La occisa no lleva ninguna identificación, pero, al revisar su teléfono celular, descubren información de muchos años atrás, donde es amenazada de muerte. Sospechando que se trata de un crimen pasional, la policía da con el paradero del autor de las amenazas: un ingeniero jubilado al que detienen y conducen hasta la comisaría para que declare lo que sabe al respecto. El viejo niega haber tenido participación en la muerte de la mujer, con quien mantuvo un amorío pasajero en el pasado, pero se ofrece a contarles todo lo que sucedió, con la esperanza de que les ayude a entender por qué la mujer hizo lo que hizo; cómo él mismo se vio arrastrado en una vorágine de locura y paranoia a raíz de esa relación tormentosa y por qué terminó haciendo lo que hizo.
CAPÍTULO I. LA CONFESIÓN
2000 maníacos (1964)
¡De acuerdo, hijo, de acuerdo!; tú ganas. Pero ten cuidado con ese juguete. No se te vaya a ir un disparo. ¿Acaso tu madre no te enseñó que no debes jugar con armas? Las armas son pendejas en manos de peligrosos, ¿no lo sabías? Pues, hoy has aprendido algo nuevo, muchachito. ¿Que no te diga muchachito? Está bien, está bien, hijo; tienes toda la razón. Pero deberías comprender que, a mi edad, me he convertido en un viejo cascarrabias y, a veces, olvido mis buenos modales. Deja que tú llegues a la edad que yo tengo y, ya veremos si sigues conservando esa sonrisa de idiota en tu jeta de tarado. ¡Sí, sí!; también entendí perfectamente que estoy detenido. ¿Que si entiendo que todo lo que diga puede y será usado en mi contra? ¿Quién crees que soy? ¿Un idiota? ¡Por el amor de Dios, hijo! ¿Nunca pasaste por las aulas del kínder, aunque sea por fuera? O, ¿acaso crees que no entiendo el idioma? Para que te quede claro de una buena vez: antes de que tú fueras espermatozoide, yo ya era ingeniero; así que no trates de hacerte el gracioso conmigo, porque no necesito tu compasión. Y, ultimadamente, me vale sorbete lo que pienses de mí. Sí, sí; lo que tú digas; vamos a donde tú digas.
No; no estoy tratando de envolverte ni de “chamaquearte”; sólo quiero contarte todo lo que sé de esta maldita historia en la que, queriendo o no, he sido partícipe en algún grado. No; no necesito de ningún leguleyo ni picapleitos. Ya con un solo cabrón basta: yo. ¿Para qué necesitamos a otro más? Yo no lo necesito; ni tú. Piensa antes de hablar, hijo; piensa con la cabeza fría, aunque tengas el corazón y el culo calientes. Piensa; siempre piensa, si quieres llegar a viejo. Pero no lo hagas con las tripas; hazlo con la cabezota. ¿Qué dices? ¿todas estas preguntas son obligatorias porque son parte de la fórmula legal que tienes que usar? Bueno; por ahí hubiéramos empezado y nos habríamos evitado toda esta monserga y sus consecuentes quebraderos de cabeza. Has de saber que esta es la primera vez que soy detenido por la autoridad; así que, mi experiencia es nula en este tipo de lides. Aunque, para serte sincero, tú me recuerdas a mí mismo cuando tenía tu edad; cuando era un soñador y creía en toda esa chapuza del cumplimiento del deber. Cuando creía que el mundo era en blanco y negro. Pero no; ahora sé que el mundo está compuesto de una amplia gama de claroscuros. Y que Einstein no se equivocó: todo es relativo. Por eso, un mismo hecho no se ve igual, visto desde distintos ángulos. Digo todo esto para que me entiendas; para que sepas por qué me vi obligado a hacer lo que hice.
Yo no maté a esa puta malnacida; no tenía motivos para hacerlo, hijo. Hubo un tiempo, hace muchos años -cuando tú todavía mamabas-, en que sí tuve motivos para hacerlo. Y, en verdad, ganas no me faltaron, por toda la sarta de chingaderas que me hizo, la muy desgraciada. Casi me arruina la vida, hijo, créemelo. Una mujer despechada es peor que el diablo. Y ella estaba loca: una completa lunática. Pero, ni así lo hice. En ese entonces, yo solía compararla con una fiera salvaje a la que había que amarrar y dejarla morir de hambre y de sed, para ver si así pagaba un poco de la deuda que tenía con la vida. ¡Ya sé, ya sé!; no me mires así. Por supuesto que, ahora estoy completamente de acuerdo contigo: ninguna fiera, por salvaje que sea, merece que se le haga semejante hijez de la chingada. Sólo de imaginar esas chingaderas, me hierve la sangre de lo “encabronado” que me siento. Máxime, que cuando conocí a mi segunda esposa, a quien tú también conociste, me hice animalista. Porque también has de saber que ella era animalista y, por lo mismo, yo seguí ese camino, de lo cual no me arrepiento. No existe ningún animalito que sea malagradecido, como sí lo es mucha gente que conozco. Pero yo te estoy hablando de la época en la que esa hija de la chingada dedicó más de un año de su vida, a desmadrarme la mía, la de mis seres queridos y la de simples conocidos míos. ¿Que eso a ti qué te importa? Ya lo sé; en realidad, a los mocosos de tu generación, hay pocas cosas que les importan. Son como hojas muertas desprendidas del árbol: van a donde el viento los lleve. Pero debería importarte, hijo, pues forma parte de mi historia y está relacionado con este caso que investigas. Te ayudaría a entenderla un poco y a comprender por qué hizo lo que hizo: matarse y tratar de incriminarme con su muerte. Porque ésa es la única forma que encontró de vengarse y arruinarme la vida. Y, ¡mira si no lo está haciendo, la muy desgraciada!
A decir verdad, me tiene sin cuidado si me crees o no. Al final, será la autoridad judicial quien tendrá que decidir lo conducente. Pero, será tu conciencia la que te va a dictar lo que tienes que hacer conmigo. Sin embargo, antes de condenarme, tendrás que escuchar mis motivos y conocer las causas que me orillaron a hacer lo que hice, pero que tú todavía no sabes. Sólo te suplico que no me estés interrumpiendo a cada rato con tus preguntas infantiles e impertinentes, porque te aseguro que mi madre no parió tarados; no estoy tarúpido. ¿Que qué significa eso? ¡Ay, hijo! ¡Qué mal están todos los de tu generación, tú incluido! Es la fusión de tarado y estúpido; una palabra que, bien podría describirte a ti. Pero no te preocupes mucho, pues no es muy importante por ahora. Así que, cierra el pico, trata de ponerte cómodo y limítate a escuchar a este viejo malhumorado y peor hablado, porque la historia que tengo que contarte da para toda la noche… y más. Y no necesito que me compadezcas ni que finjas ser amable conmigo. Pero, un poco de respeto y de silencio de tu parte, me serían de gran utilidad.
Así que, te sugiero que me acerques un six de cervezas; de preferencia, Modelo Especial, enfriada a menos dos grados centígrados, por favor. No más fría, porque se quema y amarga. Tampoco más caliente, porque me da la impresión de que estoy tomando orines. No; nunca he tomado orines, pero no necesitas mucha imaginación para saber que son tibios. Necesito refrescarme el gañote porque voy a hablar de largo y tendido, como cuando, no hace mucho, tu madre te contaba cuentos infantiles antes de irte a dormir y tú no querías que se terminaran porque te cagabas de miedo de que en la noche fuera el diablo y te arrastrara hasta las profundidades del infierno como justo castigo porque habías estado viéndole los calzones a tu compañerita de al lado cada vez que se descuidaba en la escuela. O, cuando habías estado espiando a tu hermana mientras se bañaba y se metía los dedos en su panochita, dizque para lavarse bien esa parte, como les había indicado la maestra, cuando bien sabemos que lo que hacía, era masturbarse porque había descubierto el placer del sexo. Pero tu madre había conseguido mantenerla a raya para que no cogiera y se mantuviera virgen hasta el matrimonio, amenazándola con el castigo del fuego eterno si hacía cosas pecaminosas, impropias de señoritas decentes; cosas propias de mujeres sucias y perversas. Y tú escuchabas todo, escondido detrás de la puerta, haciéndote pendejo, haciendo como que jugabas, mientras te imaginabas que eras tú quien le metía en su rajita, esa miseria que tienes entre las piernas.
¿Por qué te ruborizas? Ya ves que este es un pueblo chico en el que todo se sabe, aunque no andes preguntando, pues parece que ése es uno de los deportes preferidos de los vecinos: meterse en la vida privada de los demás. O inventar chingaderas, cuando no pueden saberlas porque ocurren a cubierto, en el interior de una habitación de cuatro paredes. Por eso te digo que no me obligues a hablar, porque yo sé muchas cosas. No por nada dice el dicho que “más sabe el diablo por viejo, que por diablo”. Y yo soy un perro viejo; un viejo lobo de mar que ha navegado por todos los mares de la vida. Y he sobrevivido. Quizás, no más sabio, pero sí con más conocimientos de la vida y con más capacidad de comprensión y de tolerancia. Tal vez tú, dentro de tu ignorancia, puedes creer que, conocimiento y sabiduría es lo mismo; pero yo te aseguro que no es así. Si no entiendes la diferencia, te convendría volver a la escuela o tomar un curso de filosofía, o estudiar Ciencias de la Felicidad con alguien que sepa de la materia, como el Dr. Mihály Csíkszentmihályi. Pero ése es tu pedo; yo para nada pretendo darte lecciones de cómo vivir tu miserable vida ni de cómo superar tus miedos y hacerte mejor persona, ya que, como dije antes, ése es un asunto enteramente tuyo. “Tuyito, tuyito”, diría Lucho Argaín. Pero, creo que me estoy desviando del tema, que es contarte la historia completa acerca de lo que me estás preguntando.
De modo, pues, que no me hagas hablar de más; no me obligues a decir más chingaderas. Ya te había dicho que soy un hombre malhablado; un hombre al que le gusta hablar mucho. Y tengo más de mil historias que contar en mi haber. Así que, ya sea por obligación o porque no tengas nada mejor que hacer en tu monótona y miserable vida, escúchame atentamente y toma nota de lo que te voy a contar. Sea como sea, te va a ser de más utilidad que pasarte la noche viendo videos pornográficos en YouTube. De ésos que te gusta ver y que te dejan con una sonrisa de idiota en la cara y con los calzoncillos mojados: videos de incestos y de transexuales. De ésos que tú crees que son casos reales, cuando en realidad se trata de actores pagados para tal fin. Videos que están hechos para entretener a la gente que no tiene nada que hacer o que, teniendo mucho qué hacer, no lo hacen y se pasan la vida perdiendo el tiempo y elucubrando pendejadas en sus mentes de simio. Y no te sorprendas de esto, pues está comprobado científicamente que los humanos compartimos el 97% de ADN con los chimpancés. ¿No me crees? Pues entonces investiga, documéntate. Y comprobarás que no sólo soy un vejestorio hablador, sino que, además, nunca digo nada de lo que no esté seguro. Si digo que la burra es parda, es porque tengo los pelos en la mano, no sólo por mis tenates.
Por otro lado, quiero decirte que es mentira eso de que los hombres, entre más viejos, más sabios. No te creas esa chingadera. Si así fuera, yo ya habría inventado cosas de verdadera utilidad para la humanidad. Pero, ya ves que no es así. Así que, te puedo decir con conocimiento de causa, que eso es puro pedo. Entre más viejo, más pelón y más panzón. Eso te lo puedo asegurar. Y, te autorizo para que tomes esa frase y la subas a internet, a un sitio de poesía o de humanidades. Te recomiendo uno que se llama “Tu Breve Espacio”. Hay muchos otros, pero no puedo recomendártelos porque no los conozco. El administrador de ese sitio que te menciono es un psicólogo, un tal Edgar Martínez. Él te puede ayudar en todo lo que necesites. No sé cómo diablos se da tiempo para eso ni a qué hora duerme, pero te contesta, te pone atención y trata de resolverte tus dudas. De modo que, no dudes en contarle tus cuitas de amor y tus problemas sexuales. Seguro que él tiene una solución adecuada para tus problemas de erección. ¿Que tú no tienes problemas de erección? Discúlpame, pues; no quise decir que los tuvieras. Quise decir que, por si acaso los llegaras a tener.
Pues bien; di que esa frase es tuya: que tú la pensaste. Ya verás cuánta gente le va a dar “like” y va a opinar que eres un gran sabio, aunque no seas más que un pobre diablo jugando a ser poeta o escritor. Porque has de saber que hoy en día, con las ventajas que brinda la tecnología, muchos se creen lo que no son. Y muchos llegan a la fama de la manera más inverosímil y ridícula. Como el caso de los participantes de Big Brother, donde, aproximadamente durante tres meses, un grupo de idiotas desocupados, conviven dentro de una casa, totalmente aislados y con cámaras vigilándolos durante las veinticuatro horas del día. Sabes de qué estoy hablando, ¿verdad? No me hagas creer que tus devaneos nocturnos por internet no te dejan tiempo ni para enterarte de lo que sucede en el mundo exterior.
Pero, creo que ya estoy divagando otra vez y externando mis frustraciones personales. Será porque yo pertenezco a otra generación. Una generación en la que la gente era más sana y en la que solíamos jugar con juguetes de madera como el trompo y el yoyo. O con carritos de madera. O con canicas. Y ¡qué decir de la rayuela, las escondidas, andar en bicicleta y tantos otros juegos más de los que disfruté allá en mi lejana niñez! Tantos juegos bonitos, que la memoria ya no me alcanza para recordarlos todos. Pero, eso sí: todos, juegos sanos y bonitos. Pero, ¡tú qué vas a saber de eso! No; no sé ni para qué pierdo el tiempo contándote esto. Quizás porque a estas alturas, ya no hay mucha gente que esté dispuesta a escucharme. Pero tú sí, porque estás obligado. Tu trabajo te lo exige.
¿Ves lo que te digo, acerca de la forma en la que algunas personas saltan a la fama? Pero, esto que te estoy diciendo no forma parte de la verdadera historia que te voy a contar; es sólo como punto referencial, para que veas cómo la gente puede hacerse famosa: no por lo que hace de provecho ni por lo que aporta para el resto de la humanidad, sino sólo por el morbo de lo que hace; sea o no, de provecho para los demás. Yo mismo me vi envuelto en algo parecido, a raíz de mi encuentro con esa loca: me volví famoso; malamente famoso. Casi como los participantes de Big Brother. Pero, dejemos que ellos vivan su momento de gloria, patrocinado por los incautos, los desocupados y los despreocupados. Finalmente, le damos la razón a Darwin: no hemos dejado de ser monos, siguiendo al que tiene el plátano, con la diferencia de que ahora, “inteligentes”. Sí; ¡cómo no!