Acepto que me equivoqué. El problema ahora es que, no importa lo que haga ni a dónde vaya, absolutamente todo me recuerda a ti. Eres un buen hombre y no puedo creer que te dejé ir solo por mis caprichos. Lo que tanto anhelaba siempre lo tuve en frente y no quise darme cuenta; tuve que buscarte mil defectos para no enamorarme, aunque, en realidad, eso era lo más puro que tenías. Tus defectos me hacían entender por qué eras así conmigo y el porqué de tu comportamiento. La primera vez que te vi estaba súper nerviosa. Tus ojos color café, tu cabello oscuro y muy bien peinado, el aroma de tu perfume, tu camisa bien planchada... Jamás había sentido esos nervios. Desde el día uno sentí como si te conociera de tiempo atrás. Tu amabilidad y tu sinceridad me hicieron sentir tan cómoda que fue algo inexplicable; me diste la confianza para dormir a tu lado y, sin querer, fue el comienzo de algo hermoso. Al menos eso pensaba. Los días pasaron y nos fuimos volviendo confidentes y amigos. En poco tiempo te ganaste mi cariño. Me daba cuenta en cada una de nuestras salidas: todas eran diferentes, siempre me sorprendías con algo y, no sé cómo, pero siempre volvía a casa feliz y con una sonrisa. Cada 14 de febrero y en cada cumpleaños siempre me acordaba de ti. Por alguna razón extraña, cada vez que veía la luna, lo único que quería era hablarte, estar a tu lado y contarte mil cosas. Pasaron los años y siempre te tuve presente. La pregunta siempre era: ¿por qué tú?, si nunca fuimos nada, si siempre dejaste en claro lo que querías y yo también. Sin querer, jamás te olvidé. A todos les hablaba de ti, sobre todo porque cuando me topaba con alguien desconocido, solo miraban mi collar y decían: «¿Eres Fer, cierto?». Y cuando respondía que sí, me decían: «Lo sé porque nunca te quitas tu collar». Efectivamente, amaba ese collar de luna; sentía que gracias a él siempre estabas conmigo. Muy dentro de mí siempre supe que no seríamos nada, que solo podía admirarte de lejos, y así lo hice. Sé que no puedo disculparme a estas alturas porque te hice mucho daño, pero hay algo muy importante que no sabes y que me estuve guardando. Aunque sé que ya no tiene caso, decirlo me sirve para sanar el corazón: contigo aprendí a amarme, a cuidar de mí, a tener disciplina y a enfocarme en lo importante de mi vida, como mi familia. Aprendí a disfrutar cada día, a no tener miedo y a divertirme. Me recordaste quién era yo realmente y me hiciste sentir que podía hacer cualquier cosa para mejorar como persona. Me hiciste sentir protegida y, sobre todo, me devolviste la seguridad. Te amo porque gracias a ti aprendí cómo quiero ser amada y cómo quiero que la persona que esté a mi lado me haga sentir. Hoy, sentada frente al mar mientras anochece y veo la luna, me doy cuenta de que siempre fuiste tú. No importa con quién estuviera, siempre fuiste tú el que me hacía sentir cosas diferentes, como si fuera una niña de secundaria (sé que suena ridículo, ¿no?). No tuve que perderte para darme cuenta de lo que siento por ti, siempre lo supe, solo que me gusta autosabotearme. Lo único en lo que pensaba era en que tal vez merecías tener a tu propia familia de sangre. Aunque sé que los lazos de sangre no lo son todo, al menos para ti sí significaban mucho, y sentí que lo mejor que podía hacer era dejarte ir, como la primera vez. Fue un error pensar así, lo sé, pero lo que menos quería era perderte y, al final de cuentas, te perdí por mis malas actitudes, mis malas decisiones y, sobre todo, por mi miedo. Una parte de mí siempre quiso intentarlo y que funcionara, pero otra parte lo quería todo. No hay un solo día en que no piense en ti; es mi karma. El único detalle es que, no importa lo que haga, con quién esté o a dónde salga, siempre hay algo que me recuerda a ti. Te he visto de lejos y lo único que me queda por hacer es quedarme con todos los bonitos recuerdos que tuvimos. Sé que podré sanar la herida que yo misma provoqué, pero si tu pregunta es si en algún punto te llegué a amar, la respuesta siempre será sí, sí te amé y sí te amo.