Un día cualquiera te podría haber dicho que te amo. Pero no de esos te amo que son fáciles de decir, porque cuanto más fácil es pronunciarlo más difícil es sentirlo. Cualquiera puede demostrarte su cariño, vida mía, en aquellos días en los que desplegabas tu tremenda dulzura, en esos instantes de paz en los que sosegabas al mundo con tu cordial sonrisa. Debería haberte dicho que te amo en esas mañanas remotas, cuando la ira te cegaba y ya no te asemejabas a un ángel de alas rosadas, sino que dabas a conocer tu esencia mortal, dejando entrever todos tus demonios. Debería entonces haberte estrechado fuerte contra mi pecho y demostrarte que te quería, en cualquiera de tus variantes, en la cúspide de tus cielos y en el abismo fogoso de tu infierno.
De cualquier manera esa eras tú y yo había jurado que apreciaría cada partícula ínfima de tu ser. Sin embargo no lo comprendía, cómo haberlo sabido entonces, desconociendo completamente la finitud de la existencia humana. Y así desperdiciamos besos y tantos abrazos, mi sueño desvanecido, en enojos sin sentido y en gritos que hoy me aturden. Hasta ayer solo me importaba ganar una discusión, hoy sería capaz de rendirme ante ti. Porque debería haberte dicho cuanto te amo cuando podías escucharme, debería haberte escrito esta carta cuando tenía la certeza de que la leerías, debería haberte regalado rosas cuando aún tenías la dicha de olerlas.
No, lo que más me duele no es saber que te he perdido o que ya no volverás a recostar tu cabeza en mi hombro, retumbando estrepitosamente en mi corazón, sino más el hecho de que en este momento mi mente no deje de sopesar, herida, en todos los malos recuerdos que no pude revertir. Quizás ya sea demasiado tarde, pero dejaré a las rosas y a mis palabras velando eternamente por ti.
