Es así. Lo primero que piensas es que el destino es un simpático borde. Te ha mimado y te ha concedido más de lo que cabía esperar, al menos en mi caso, para después con una mueca cínica demostrarte que es el quien manda. Para lo bueno y lo malo. Si. Prefiero darle a él ese protagonismo en la incomprensible pregunta que todos nos hacemos ante un suceso negativo, ante una tragedia inesperada, ante una enfermedad incurable... ¿Por qué a mí? Cualquier otra espiritual explicación (religiosa o creyente de intervención divina) me resulta una aceptación insuficiente. ¿Por qué a mí?... no me extenderé mucho más, tan solo diré que porque entre otras cosas la vida se me pasaba sin percatarme.
Ahora vivo en plenitud cualquier instante de felicidad. Antes vagaba por este mundo preocupado y proyectando mi futuro, mirándome el ombligo como si de ahí fuera a salir mi fortuna, mi suerte, mi éxito. Ahora, cuando todo recobra su verdadera importancia, cuando los problemas se relativizan e interactúan con las cosas más simples y no por ello menos importantes, ahora es cuando descubres que la verdadera fortuna es el tiempo y que cada instante importa, que la suerte es algo que depende en buena medida de salir de casa todos los días sonriendo y que el éxito es que alguien te la devuelva y que además tengas quien te la acompañe de un apretón de manos, un abrazo o un beso. Yo desde estas líneas te mando el mío.
