Los pechos de Amelia se insinúan bajo el vestido en un evidente llamado de los pezones, inclinándose hacia él se coloca frente a su boca. Sus dedos yacen en la cabeza de Carlos, él echa su cabeza hacia atrás y advierte con la mirada cómplice un tímido recato; el brazo izquierdo la ciñe contra sí.
Encerrados en el deseo, se descubren como indispensable alimento. Ambos saben que el deseo no tiene dueño.
