¿Un paquete chileno? Sí, ¿acaso no sabés lo que es? Se trata de un tipo de estafa. Imaginate que acabás de salir del cajero y vos y otra persona se encuentran en el piso un fajo grande que parece de billetes de $50,000. El otro te invita a una cafetería para repartir el dinero encontrado, pero como tiene afán, te dice que le des sólo $200,000. Te entusiasma la idea, ¿no? Le das la plata y te vas corriendo para tu casa a contar el dinero que hay en el fajo. Para tu sorpresa, sólo hay un billete verdadero en todo el fajo, el primero. Tu avaricia, tus ganas y tu picardía te han estafado. Te quedas estancado con lo de afuera, con los $50,000 y los recortes de periódico que imitaban, falsamente, ser billetes.
Ahora imaginate que el fajo de billetes soy yo. Que ves los $50,000 y pensás que detrás de esta fachada que ves hay más. Alguien, quizás vos mismo, te ha convencido de que me lleves a tu casa y te has quedado estancado conmigo. Con los pocos libros que me he leído, la salsa que escucho y ese pop británico de los cojones que tanto detestas. De la nada te ves rodeado por mi horrenda costumbre de ver series insulsas y consultar las redes sociales. Te quedaste estancado conmigo porque un día tuvimos una conversación, y pensaste que podría ofrecerte millones. Pensaste que conocía tus autores, tus músicos, tus directores de cine y tus pintores ¿pero quién conoce tanto?
Siento que estás atrapado, mentalmente suspendido en la mentira que te decís para convencerte de que soy digna de vos. Para no sentir vergüenza con los amigos. Yo, maldita sea, soy un puto paquete chileno. Soy una estafa; un billete de $50,000 seguido por pequeñas anécdotas en las que no sucede nada; en las que amanecer con vos todos los días parece ser mi única hazaña. Pero sé que en el fondo lo sabés.
No creas que no me he dado cuenta; ya no te molestás en preguntarme por tus escritores. Ya no me preguntás por músicos o directores. Ya, directamente, das por hecho que no sé ni mierda. De vez en cuando me preguntás, disimuladamente, si te admiro. Si soy consciente de esa distancia infinita que hay entre tus 50 años de lectura y yo. Y yo me hago la idiota, porque soy una estafa y las estafas no se auto-delatan.
¿De verdad me amás? Amame por favor como soy. No intentés imponerme tus modas intelectualoides. Amame sencilla que ya bastante me cuesta amarme a mí por estos días. También me está costando amarte a vos con tanta presunción poética, bolchevique y Sinatriana. Dejá de preguntarme por libros, noticias y el jazz. Hablame de cotilleos, de tus sueños, de tus preocupaciones y de tu felicidad. Dejá de hacerme responsable de todas las decisiones que tomás; hacete cargo, no jodás. Que estás viejo, y tanto sufrimiento no te va.