Hoy sentí que todo mi mundo se derrumbaba,
que todo estaba perdido y que mi vida se apagaba;
pero la Diosa Fortuna, que nunca duerme y que da
en abundancia a los efímeros mortales, a mí me reservaba
la divinidad de la flor de tus montañas,
mismas que acaricié como el rocío de la mañana,
mientras extraía la miel de tu delicada piel perfumada.
A más de cien millas por hora, mi corazón se agitaba,
mi cuerpo excitado reclamaba el calor de tu piel
y mi boca absorbía tus pezones firmes y ardientes:
tus aureolas del color del crepúsculo matutino,
radiantes de luz;
evocación tangible de tu belleza de diosa,
recuerdo imborrable en mi memoria,
al igual que tu contoneo al caminar,
la profundidad de tu mirada,
la redondez de tus nalgas,
la perfección de tus piernas.
Eres mi amor, eres mi vida, eres mi musa…
eres mi todo;
partitura para ser ejecutada por mis manos y mi boca.
Eres mi Eva en mi Jardín del Edén:
mi mujer apasionada.
