Un día como los demás
me desperté con una extraña sensación no sabía quién era, ni en donde estaba, a dónde iba o a quien buscaba.
Confundido y sin razón, fui buscando respuesta a mi vida pero nada pude hallar.
Pasaron días, meses y hasta años. Y cansado ya estaba al ver que mis esfuerzos eran en vano y no había respuestas de mi existir; y entonces un grito desesperado se oyó en mi interior ¡que alguien me ayude! ¿alguien me puede decir quién soy? ¿a qué he venido a este mundo? exclamó mi corazón.
Después de un rato en soledad ya resignado, me puse a llorar al saber que no había hallado nada que me dijera mi identidad. Fue entonces cuando oí una voz que me dijo: ¿amigo porqué estas triste? mirate te ves cansado, dime en qué te puedo ayudar. Entonces le contesté: estoy perdido, no se quién soy, ni en donde estoy. Extendiendo su mano me dijo: ven te voy a llevar a un lugar para que puedas descansar ya que la noche está cerca y el día por terminar. Y me fui con él a una cabaña que está afuera de la ciudad donde el sonido de la naturaleza solo se puede escuchar. Al día siguiente cuando ya las aves comenzaban a cantar, me pude dar cuenta de algo que me parecía familiar: el olor de las flores y el silbido del viento, el sonido del río y todo lo demás. Viendo los retratos comencé a recordar y con lágrimas en los ojos, me di cuenta de una verdad: que ese hombre era mi Padre y que tiempo atrás me había alejado de su vida, porque quería vivir como los demás. Pero sin darme cuenta, poco a poco me fui olvidando de mi hogar.
Cuantas veces nos hemos preguntado ¿a qué he venido a este mundo? ¿cuál es mi propósito en esta vida? pero sin darnos cuenta, todo esto nos afecta ya que vamos caminando por un laberinto de preguntas que al final el hombre nunca te podrá contestar. Solo Dios es el único que te puede responder todas esas preguntas que cargas en el corazón. Solo deja que él te llene de su verdad y como ese hombre, encontrarás tu identidad.
