La noche despierta suspiros de caracolas,
el viento sopla el aliento del fonema.
La tarde había atizado cascabeles
y la absoluta piel derramaba tinta al poema.
Desde el amanecer ascéticos cantos de gallos
anunciaban largo día de abiertas corolas,
entre arrumacos nos delataban sonar de aretes
que a la piel tañían cual campanas de tibio espacio.
Majestuosidad de aromas anegaban miel en toda la casa
mientras mis ojos se enjugaban a tu mirar oferente.
En la humedad de tus pupilas nadaban hojas de papel
y tus negras pestañas en mí prosperaban flores de la acacia.
