De mí quedan las palabras ásperas y la mirada filosa, esa que atraviesa las puertas y compuertas de cualquier pecho, esa mirada que parece indicar que siempre estoy molesta o que llevo dentro de mí mil demonios sueltos, pero la realidad es otra, es solo la expresión que pongo cuando me hundo en mis pensamientos y tengo miedo.
Pienso tanto, desde los miedos de un pequeño insecto hasta la manera de responder ante el miedo de un feroz león. También pienso en los sonidos de la lluvia golpeando el techo y como esta me recuerda tu voz, pienso en el fresco aroma de las plantas y en las espinas de la hermosa rosa, pienso, y tengo miedo.
Me quedé con un pequeño curso de ortografía y un sin fin de horas de pláticas entre el cuaderno, la tinta y yo, esas pláticas que debieron de darse en los días de gloria y en las noches que fueron el mejor desvelo. Pero no fue así, sin embargo, aún conservo aquel cuaderno que terminé de escribir frente al alba y que fue sellado con una sonrisa cuando me preguntaron en que pensaba y respondí “nada”.
Llevo un demonio en la mente y otro en el pecho; se siente todo apretado como cuando estabas tú, adentrando un espacio hostil que fue guerra y fue absolución, una caja llena de balas y unas tremendas ganas de unirse a la rebelión.
Te juro que me queda valor y ambas alas para seguir explorando y volando, estoy viva, más viva que antes, por cierto, aun ardo, aun quemo, aun lastimo y de paso, recuerdo que con mis demonios dentro, aun escribo.
Soy una chica sin sentido, sin fin preciso. Estoy tan cuerda que quisiera fusionar la belleza del cosmos, con el aleteo de un colibrí, porque aun vuelo, sin un destino fijo, pero vuelo.
