Mi muy querida Eva:
Mientras suenan las once campanadas del reloj de la sala, se está marcando tu conversión en otra señora de las cuatro décadas, esa canción que tanto mal le ha hecho a tus pensamientos en los últimos meses.
Luego del tiempo que hemos pasado unidas, me parece estar viéndote sentada en el sillón del balcón, debajo de la lámpara de pared que compramos juntas, dispuesta a leer, cumpliendo todas las instrucciones que venían en el sobre que recibiste hoy domingo por la mañana, hace exactamente doce horas.
Hago esta afirmación porque la persona que debía entregar la carta es de mi máxima confianza. También puedo imaginar las lágrimas que salen de tus ojos.
Pensando en el regalo que deseaba hacerte, decidí que lo mejor era recordar tres momentos de nuestras vidas en común. O dos, pues la primera vez, siempre será la de no olvidar.
Han existido muchos, pero siempre recordaremos aquella puesta de sol cubriendo toda la entrada de la Bahía de La Habana y que me propusiste disfrutar desde los arrecifes que están casi al nivel del mar, a un costado del Morro.
Si bien estos dos fueron de satisfacción, el tercero fue el más terrible de mi vida, mientras rezaba por tu recuperación después del accidente de auto, cuando ya los médicos me habían informado de que sólo un milagro te podía hacer regresar. Y me dolió mucho, y nunca te lo dije. Y por suerte, los milagros existen.
Muchas veces pediste que te contara cómo habían sido mis relaciones anteriores y en qué momento decidí mi cambio en la vida.
Siempre evité la respuesta. Cambié la conversación. Recuerdo tu disgusto y los reproches diciéndome que no quería confiar en ti.
No hubo vez anterior, Eva.
Tú fuiste la primera y la única.
Lo sucedido aquel día de tu trigésimo cumpleaños lo dejo para que lo expliquen los psicólogos. Pudo haber sido venganza por lo que hicieran nuestros maridos. O aventura ante lo desconocido. Amor. O deseo.
O, simplemente, una mezcla de todo, pero yo misma, no me he podido explicar lo que sentí al tenerte entre mis brazos. Aunque, si lo pienso con detenimiento, nunca me ha interesado encontrar una explicación real. Como verás, no es eso lo peor que te he ocultado de mi vida.
Hoy hace tres meses que no nos vemos. Mientras lees esta carta, yo estaré sentada en el portal de la casa de mi familia en las afueras de Madrid. Hace tres días que llegué a España. Cuba ya es un capítulo pasado de mi vida. Nunca voy a regresar.
No puedo seguir escribiendo pues ya han llamado para la salida. Mi último recuerdo en La Habana fue para ti. Perdóname, pero, por favor, no me juzgues.
Te querré siempre,
Amanda
