Llueve, y es tarde ya. Sobre los cristales empañados, se desliza una finísima capa líquida, congelando todo a su paso, con su gélido abrazo. Las calles, silenciosas, no muestran signos de vida, los árboles se mecen mustiamente, y se respira un aire melancólico y solitario. En mi habitación, el desastre es visible. En el suelo hay vidrios rotos, manchados de sangre, que minutos antes han cortado mis brazos. No hay luz, las sombras invaden cada rincón destrozado. No hay nada en orden. Mi cuerpo cansado yace sobre el suelo frío, entre restos de páginas sueltas, ropa desgarrada y objetos indistinguibles. Por mis venas fluye un veneno, el veneno de la muerte.
Esta idea se ha alojado en mi cerebro desde que tengo razón, mi mente no vislumbra futuro alguno en este torbellino de emociones y problemas. Sobre un estante que milagrosamente sigue en pie, observo lánguidamente las fotografías de un pasado doloroso y distante. Las paredes, sin decoración alguna, parecen venírseme encima. Cierro los ojos y unas lágrimas solitarias ruedan suavemente por mi rostro, quemándome.
No puedo contener mi desolación, rompo a llorar, el dolor es lo único que me queda, y estoy sola, abandonada, aislada de todo y de todos. Ahora mis sentidos no hallan respuesta a las preguntas insondables de mi corazón. Sólo sé que mi destino es morir, joven como una paloma, triste, mi alma vagabunda grita y desea descansar en paz.
Últimos instantes de lucidez. Mis oídos se deleitan en el final al oír la abrumadora lluvia golpeando las ventanas, el techo, mi corazón helado. Nada puede detenerme ahora, no hay solución posible, es un callejón sin salida, estoy atrapada en una vorágine de espanto y terror. Escalofríos recorren mi cuerpo inmóvil, recuerdo y evoco momentos antiguos en los que fui feliz, y se ven tan lejanos, tan inverosímiles, como si no hubiera yo vivido eso, y un demonio hubiera usurpado mi cuerpo y alma. No hay vuelta atrás, el veneno ya casi llega a mi corazón, y la parálisis me consume.
Mi último suspiro. Mi última mirada. Mi último pensamiento. Mi postrero aliento. Adiós vida. Adiós, maldita generación que ha frustrado lo que siempre quise ser. Mis sueños deshechos, mis anhelos heridos. Adiós. Incomprendida, rechazada. No me arrepiento de mis acciones. Este es mi final perfecto. No podía esperarse otra cosa. Mi alma, por fin libre, abandona este sucio cuerpo que no reconozco. Afuera, la lluvia ha cesado. Las nubes se apartan revelando un espléndido sol, y un hermoso arcoíris alegra la vista, manifestando un sinfín de mariposas, flores magníficas, aves remontando el vuelo, vida en su plenitud.
Llego a un lugar desconocido, pero es horrible… Veo a millares de almas, como la mía, sufrir un tormento inexplicable… Éste es mi lugar ahora. Creí dejar de lado la desgracia, y he encontrado algo peor, pero no es nada en comparación a mi existencia mortal. Traspaso las puertas abiertas del infierno, una visión abrumadora. El calor es insoportable. Los demonios me dan la bienvenida con sonrisas maléficas, y por fin me siento parte de algo, que me pertenece. Siempre debí estar en este paraíso infernal.
Me estremezco. Una sombra gigante se dirige hacia mí, y no puedo moverme, una fuerza invisible me mantiene fija en mi sitio, y me desespero. Se hace más y más grande, hasta devorarme y disolverme en sus fauces terribles. Siento un golpe que me quebranta, y luego, la oscuridad total, que me envuelve.
Éste lo escribí al día siguiente de tener una pesadilla, y está inspirado en lo que soñé (tengo sueños muy feos).
Colaboración de Lys Vicious
Chile